Sobre mí

De chica creía que tenía dos vidas: la real y la que vivía a través de los libros. Lectora voraz -enfermiza, decía exasperado mi padre-, terminé enamorándome para siempre de las historias bien contadas y de la Palabra, tanto escrita como oral. No sé si la literatura me hizo curiosa o si comencé a leer para saciar mi curiosidad. Lo cierto es que eso que yo llamo tremenda hambruna es el motor que rige cada uno de mis pasos.

Ser curioso tiene sus peculiaridades. Uno está permanentemente buscando alimento y cuando lo encuentra lo devora con fruición. Sin embargo jamás se sacia; al contrario, cuantos más y novedosos son los alimentos, más hambre siente de sabores diversos. Uso esta metáfora basada en mis papilas gustativas porque de verdad me gusta comer. Pero aplica a cualquier clase de alimento, sea la lectura, el estudio, la investigación, o los viajes. La curiosidad es búsqueda, por lo tanto movimiento, sea intelectual, emocional y/o corporal.

Después de unos cuántos años de vida, de haber visto crecer a mis dos hijos, de haberme mudado un montón de veces, de haber cambiado de trabajo otras tantas, de atravesar crisis y de reinventarme, sé que el movimiento me lleva al éxtasis y la inmovilidad a un lugar parecido a la muerte. En este mundo donde se exalta el sedentarismo y la especialización, los curiosos y diversos, o nómades de alma, solemos no encajar. Al hablar de mis viajes en solitario, varias veces me han preguntado con un dejo de compasión: ¿de qué huís? Antes intentaba explicar. Ahora ya no, los que me hacen esa pregunta jamás entenderán que lo que yo más ansío es asombrarme, llenarme los ojos de colores nuevos, aprehender lo desconocido, saciar mi curiosidad y a la vez potenciarla. No huyo; busco. Y cuando lo que encuentro -sea lo que sea- me maravilla, necesito desesperadamente comunicarlo.