22/6/18

El tiempo que pasa

Sucede que cuando vuelvo de India o Nepal me pregunto por qué vuelvo. Entonces me digo que con las horas, con los días, me acostumbraré a haber vuelto. Me quedo en silencio, practico la paciencia, limpio mi casa cerrada a cal y canto durante tres meses, lavo mi ropa y la acomodo prolijamente en el ropero. Y espero. Me acostumbraré a los ruidos, me digo. Me acostumbraré a la ciudad, a la gente, a tantísimo ruido. Pero mientras persevero en el intento, extraño. Extraño mucho, tanto. Y mis ojos, que hace un tiempo aprendieron a no lagrimean, se me empapan de sólo recordar.
No sé qué recuerdo. No son momentos, no son personas, no son paisajes, ni ríos, ni carreteras, ni trenes. Es una sensación. El aire perdido, esa luz, los olores, los colores. Todo eso que es siempre nuevo, mi deambular liviano, mis ropa étnica metida en una mochila, las historias mínimas, la indescriptible necesidad de escribir. 
El tiempo que pasa, me digo. Lo veo pasar y no es lineal. El tiempo dibuja círculos y me habla, cada vez más descarnado, desde el espejo. Cuántas veces me he ido y por qué siempre decido volver. Tomo aire y vuelo, me voy lejos. Luego me retraigo asustada y vuelvo. Tal vez, quizá, porque a algún lado nos han enseñado que hay que volver. Voy y vengo, voy y vengo, voy y vengo. Y nunca me decido, finalmente y de una vez por todas, a partir.

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