28/1/16

Quince mil kilómetros no es nada

Miro a través de la ventana antigua y grande al fondo del pasillo y lo que veo es Bombay. Me paro ahí al atardecer, cuando la luz sobre Buenos Aires es medio gris azulada y en el cielo, allá arriba, inclinándome, sigue siendo dorada. Yo miro. Y escucho. Los zorzales y las palomas, a ésos los conozco, pero también arrullan la tarde pájaros desconocidos, exóticos, piando sin cesar. El Sudoeste sopla y levanta olas negras en el Río de la Plata, pero aquí, arremolinado entre paredones y medianeras, podría ser un viento asiático y venir del mar. Y trae olas calientes, historias africanas y otras que ruedan desde Omán, Yemen y Qatar. Un árbol de hojas enormes se hamaca levemente. Lo admiro muchísimo, porque medio torcido, curvilíneo, logró superar la sombra de los paredones hasta alcanzar la luz del sol. Tiene hojas viejas verde oscuro y hojas nuevas, verde tropical. Viene y va, viene y va. Miro a través de la ventana antigua al fondo del pasillo y huelo a cardamomo, coco y pescado. Hundo mis pies en el vapor blanco que cubre las calles de Colaba y en Leopold Café me ensucio los dedos pelando camarones asados. Me mojan lluvias iridiscentes, intermitentes. Sale el sol. Oscurece. El sonido brillante de un tuc-tuc. El melancólico llamado de una mezquita. Las campanitas de un templo hindú. Y ese olor. Ese olor penetrante, inenarrable, que siempre viene del mar. 

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