29/9/15

Riad Emerald

A media mañana, cuando creen que los huéspedes del riad ya se han ido a la calle y están solas, Rachida, Zohra y Hannae salen de la cocina y comienzan a conversar. En árabe marroquí y con voz aguda, transforman la quietud del patio en un gallinero. Las escucho desde mi cuarto, casi escondida, y aunque no entiendo nada, disfruto de su cotorreo. Hablan y limpian, y mientras limpian se descalzan, se desanudan las cofias, y finalmente se quitan las pulcras chilabas marrones que usan como uniforme. Las tres con esas calzas con estampados floreados que las mujeres musulmanas suelen usan bajo sus túnicas arremangadas hasta las rodillas, Zohra con camiseta y el corpiño extrañamente abrochado encima, baldean derrochando agua, inundan macetas, friegan todos los rincones. Escucho el agua que cae, el sonido de las escobas, sus voces y sus risas. Oh, madame María, me dicen cuando las descubro, y se tapan la boca repentinamente serias como pidiendo disculpas por su facha. Yo les digo que no importa, que soy solamente María y todas somos mujeres, entonces ellas se ríen, y empapadas, las caras rojas, el pelo revuelto, vuelven a sus escobas y baldes y retoman su precioso cotorreo.

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