27/9/15

La fiesta del cordero y la luna de sangre

Ibrahim (Abraham), fiel a lo que le pedía Dios, estaba a punto de sacrificar a su hijo Ismael cuando Dios lo detuvo y le indicó que reemplazara a Ismael por un cordero. La historia bíblica también aparece en el Corán y año tras año los musulmanes la recuerdan con una gran celebración, llamada Fiesta Grande o del Sacrificio.
Durante más de una semana navegué por un mundo que no parecía real. Atravesé el Alto Atlas, recorrí parte de la vieja ruta a Tumbuctú, pasé un par de días en el desierto y llegué muy al sur, a Taroudant. Pueblos conocidos, siempre dormidos, estaban convertidos en mercados atiborrados de gente donde se vendían corderos, manojos de alfalfa para engordarlos hasta el día de la matanza, mezclas de especias para sazonarlos y asarlos, dátiles de Zagora, pattiserie aromatizada con agua de azahar, y fruta y verdura lustrosa y zapatos y joyas doradas y gandoras y chilabas y kaftanes, todo nuevo, brillante, impoluto para festejar.
Las barberías no daban abasto, las mujeres estrenaban en pies y manos un nuevo decorado de henna, los burros y los autos bloqueaban las calles, y los corderos balaban en medio de las plazas, entre viejas cercas de adobe, amarrados como racimos en las esquinas. Una vez escogido uno, discutido su precio y pagado, los hombres se los llevaban en camiones, en motocicletas, en bicicletas, andando, cargados sobre sus hombros.
En Essaouira me tocó el día de la matanza. El largo ritual se lleva a cabo en el interior de las casas, pero en medio de las calles -vacías, las tiendas cerradas a cal y canto- se asaban las cabezas de los animales en grandes hogueras. Essaouira, blanca y azul, su puerto sorpresivamente quieto y silencioso, ahumaba volutas grises, con olor a carne y madera vieja desechada de los barcos.
Fue extraño no reconocer lo conocido, trasladarme siglos atrás, oír el crepitar del fuego en vez del graznido de las gaviotas, soñar con rituales antiguos que en realidad estaban sucediendo mientras dormía. Sin embargo me gustó porque todo me gusta, más que lo conocido lo nuevo desconocido.
Tanto miré, tanto soñé, que me abstraje del universo y no recordé la luna de sangre. La de hoy, la que sucederá en el cielo en una hora, luna llena eclipsada por la sombra de la Tierra. Cuando recordé, caminaba por Marrakech. Me di cuenta porque el cielo se puso repentinamente violeta. Se levantó viento, se arremolinó el polvo entre los puestos de comida de Jemaa el-Fnaa, desapareció el calor e hizo frío. Un frío extraño, la verdad.
Luna de sangre, luna eclipsada, ahora te espero mientras escribo en el patio del riad. El cielo está negro y entre las nubes te veo asomarte todavía blanca, como una perla enorme que aparece y desaparece sobre los minaretes de la ciudad.

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