13/9/15

Khamsah ya no está

Conocí a Khamsah hace cuatro o cinco años, en la terracita llena de aire donde funciona el Bleu Kafe. En ese entonces Khamsah, que evidentemente era un recién llegado a Marrakech desde Senegal, no interactuaba con los clientes y, concentrado y en silencio, sólo se acercaba a las mesas para recoger los platos sucios. Pero había algo en él que lo hacía resplandecer. No sólo era su preciosa piel ébano, su altura y esbeltez, su ropa inmaculada y sus maneras elegantes. Era sobre todo su sonrisa enorme y constante, y su risa, que se le escapaba porque sí a pesar de su timidez.
Volví al Bleu Kafe a lo largo de los meses y los años. Un día Khamsah me saludó y me acompañó a mi mesa. Otro día me trajo el menú y tomó la orden de lo que comería. La siguiente vez hablamos. Supe su nombre y un poco de su historia. Khamsah senegalés, de una aldea cercana a Dakar. A los veinte años se puso en marcha en busca de una vida mejor. Pensaba cruzar a Europa, pero las vueltas del destino hicieron que se quedara en Marrakech. Tuvo la suerte de que lo contrataran para lavar platos, después aprendió, fue camarero, y terminó como encargado del Bleu Kafe.
Cuando volvía a verlo después de un tiempo y le preguntaba cómo estaba, Khamsah siempre me decía que era feliz. Me lo decía como si no existiese otra posibilidad, como si la felicidad en su vida fuera obvia. Y se reía con esa risa inolvidable. Preciosa. Única. Suya y de nadie más en este mundo. En mayo de este año me dio su teléfono para que lo llamara cada vez que quisiera reservar una mesa. Prolijamente me anotó su nombre y su celular en una tarjetita. Esa vez se me llenaron los ojos de lágrimas de orgullo por el ser humano, por Khamsah llegado de tan lejos sin nada, sólo con deseos de prosperar, y por Khamsah siempre feliz.
Hoy volví a Marrakech. Trabajé en el patio del riad toda la tarde y a la nochecita me fui a dar una vuelta. El cielo y las calles eran una fiesta. Entonces decidí ir a comer algo al Bleu Kafe. En la puerta me atendió un amable marroquí y pensé que tal vez Khamsah estaría en la terraza. Subí las escaleritas y no lo encontré. Todo estaba igual, la tarde llena de golondrinas, el color rosado de Marrakech, los minaretes de las mezquitas a la distancia. Pero Khamsah no estaba. Pregunté, pronuncié su nombre lo mejor que pude y nadie me entendió. Lo describí. El senegalés precioso de sonrisa enorme.
Comí en silencio mientras oscurecía, pensando que una historia había terminado. Y que otra, la que Khamsah habrá decidido escribir en otro lugar del mundo, había comenzado.
Me alegré por él, porque sé que a donde vaya lo acompañarán los buenos vientos, y brindé conmigo misma por los encuentros que aquí y allá me regala la vida.
Pero Khamsah ya no está.
Y estoy triste; Marrakech, mi Marrakech, no será la misma sin él.

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