3/4/15

Otra nuevo adiós a India

Y en mi último día aquí, tuve un miedo repentino. Miedo incontrolable y paralizante de olvidarme de India. En vez de tomar el metro y atravesar oscuridades, contraté un tuc-tuc y me detuve en cada rotonda, en cada cruce de avenidas, en todos los semáforos. Entre negros caños de escape y ruidos sordos atravesé la ciudad hasta los viejos bazares de Chandni Chowk. Buscaba desesperadamente aferrarme a futuros recuerdos y poco a poco me apaciguaba: Allí estaba India, allí estaba todo. Old Delhi es la cocina del mundo, pensé mientras caminaba entre la marea humana, entre hindúes, musulmanes, sikhs y jainistas, entre los que compraban, los que vendían, los que pedían, entre gente de casta alta e intocables, entre los que a puro esfuerzo físico acarreaban bultos extraordinarios. Olí a papel en el bazar de los papeles, a sahumerio en los puestos de fruta, a aceite frito, a hierro caliente del tandori, a curry y a coco, a flores frescas y flores mustias, a dulces almibarados, a fuego y a madera, a sudor y orines, olí el olor de los seres humanos. Campanas en los templos, bocinas lejanas, el "chaló, chaló" de los conductores de rickshaws, el graznido de los cuervos, el sol velado por la bruma. Caminé y caminé sin rumbo, intentando mirar como ese lejano primer día, respirándolo todo. Y cuando estuve segura de que de India uno jamás se olvida, busqué las cúpulas de Jama Masjid, la gran mezquita. Eran las cinco y media y desde los minaretes llamaban a la oración. La cocina del mundo, volví a pensar, aquí se cuece la vida.

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