24/3/15

McLeod Ganj

Los ríos desbordados por el agua del deshielo, el cielo azul, las montañas nevadas. Eso es lo que veo. El avioncito aterrizó en un aeropuerto desierto y esto es 500 km al norte de Delhi, en Dharamsala. Todo es raro. Siempre es raro. Vengo de dos meses de estar permanentemente con gente, controlando buses, trenes, aviones, restaurantes y reservas de hoteles. Vengo de dos meses de contar todo lo que sé, de ofrecer mi mirada. India que te amo, te entrego al otro de la mejor manera que me sale. Y de pronto en este avioncito estoy sola. Hablo con el sikh que tengo a mi lado, con una señora de Mumbai envuelta en un sari precioso. Sola, y sí, me late el corazón. Lo siento: bomba en mi cuerpo que arrastra sangre y me hace brillar los ojos. No sé dónde estoy y eso es lo mejor que me puede pasar en la vida. El conductor del taxi que no habla inglés, las plantaciones de té, el olor de los campos, la subida de 9 km desde Dharamsala hasta Mc Leod Ganj. Parece que trepo al cielo. Tanta nieve allá arriba, ahí donde el Dalai Lama y miles de emigrados tibetanos se han refugiado. El primer día es como un sueño, ando como siempre que llego a un lugar desconocido, sin mapa. Camino y miro, completamente perdida. Al atardecer me guardo en mi cuarto y escucho a los monos saltar entre las ramas de los cedros buscando un recoveco donde pasar la noche. Arman tremendo estrépito, hasta que se apaciguan y todo es silencio. Entonces ceno comida tibetana, tan deliciosa. Y duermo envuelta en el rumor de las montañas, sueño con ríos, la estufa encendida, una bolsa de agua caliente entre las sábanas.
McLeod Ganj se apretuja en una altísima ladera. Edificios de colores como colmenas arrebujados unos contra otros. Y las montañas de Dhauladhar rodeándolo todo, nevadas. Me esperaba sólo budistas tibetanos, pero aquí confluyen sikhs del cercano Punjab, férreos musulmanes de Cashmir, e hindúes seguidores de Durga. Atraídos por la compasión budista y la prosperidad de la comunidad, además hay mendigos llegados del Rajasthan y hombres y mujeres de Madhya Pradesh que trabajan en la construcción. Me han contado que aquí ganan 250 rupias por jornada laboral cuando en su tierra sólo cobran 110. De éstos últimos impresionan las mujeres. Vestidas con saris muy modestos y muchas veces con niñitos colgados de sus faldas, hacen el trabajo más duro, acarrean sobre sus cabezas ladrillos, bolsas de cal y arena. Otros que me tienen hipnotizada son los hombres con correas y sogas a los hombros apostados en las esquinas de la diminuta y caótica Main Square. La piel curtida por el sol, altos y delgados (con aspecto de afganos), esperan a que alguien los contrate como porteadores para subir cargas a las montañas.
Camino en las mañanas, bajo y subo durante horas por toscas escalinatas de piedra. Al descender, descubro valles minúsculos atravesados por ríos; al trepar, entre bosques de cedros, aparecen rododendros florecidos. No sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Tenía una cierta idea, pero decidí olvidarla y entregarme completamente al aquí y ahora. Será cuando sienta que tengo que partir, como cuando fui y soy serviajera. Y será simple y venturoso, adonde me lleve el camino.

1 comentario:

Paco Piniella dijo...

Ya decirte cosas como "qué bien escribes" y eso… no es novedad, jajaja
Buenos relatos donde ver imágenes en los textos.
Saludos viajeros.