15/9/10

La volanta azul (mi primer relato de viaje, 1992)

Recuerdo que hacía mucho, mucho frío. No encuentro en mi memoria otra mañana tan fría, tan intensamente blanca. El campo demoraba en sacudirse la manta de escarcha que lo cubría y los pájaros esperaban a que el sol calentara el aire para salir de sus nidos. Era una mañana transparente y profundamente quieta, de domingo de invierno. Recuerdo, casi lo escucho, el rechinar de las ruedas de la volanta sobre ese fondo de silencio. Trac-trac-trac... y las huellas eran dos cintas en el polvo húmedo del camino. ¿Cómo no acordarme de esa mañana? ¿Cómo no recordar aquel aire seco y duro que me hacía arder la nariz y entrecerrar los ojos? No me he olvidado de nada, no se ha borrado ni el más mínimo detalle... El vapor que exhalaba la yegua mora, su trote corto, que retumbaba solísimo entre los eucaliptus, la pura felicidad en nuestras caras heladas... Era que al fin, después de haber trabajado tanto, de haberlo soñado durante tardes enteras, estábamos en la volanta camino a La Cautiva.
La idea de arreglar la volanta se le había ocurrido a Miguel cuando la vio junto a otros cachivaches que había heredado papá no sé de quién. Estaba en un estado lamentable, viejísima, casi inservible. Pero era una novedad, una variación para nuestros galopes de siempre. Enseguida Miguel se puso a explicar cómo restaurarla  -unas tablas acá, tornillos allá, un poco de pintura- y nosotros, que mientras Miguel hablaba imaginamos la transformación, pensamos en un gran viaje, un viaje largo, hasta La Cautiva, y no pudimos quedarnos ya tranquilos pensando en la sorpresa de nuestros primos al vernos llegar en la volanta magnífica.
Habíamos trabajado todas las tardes desde fines del verano. Al principio teníamos todo el tiempo del mundo, pero en marzo volvimos a la escuela y apenas nos quedaban unas horas libres para encerrarnos en el galpón y dedicarnos a la volanta. Con el correr de los días, Santiago, que como todo hermano mayor era el más responsable, había tomado la dirección de los trabajos. Él y Miguel hacían las tareas más pesadas, pero que a mí me parecían las más divertidas: clavar, serruchar, encolar. Clarita y yo éramos las encargadas de ir y venir llevando y trayendo herramientas, y en honor a la verdad, a veces nos aburríamos bastante. Pero resignadas al privilegio de nuestros hermanos varones que podían ensuciarse con grasa o arruinarse la ropa con pintura, nos sentábamos a mirar pensando en el viaje, en la cara que pondrían nuestros primos al vernos llegar.
No recuerdo que hayamos pasado una tarde después de la escuela fuera del galpón, ni siquiera cuando los días se acortaron y empezó a hacer frío. Por aquel entonces, la volanta había vuelto a tener forma de volanta. Emparchada aquí y allá, la contemplábamos con ojo crítico desde distintos ángulos. A veces sentados sobre bolsas de semillas, otras parados sobre los fierros de los tractores, nosotros la juzgábamos dignísima. Clarita y yo, viendo que ya no faltaba tanto para que estuviera lista, repasábamos por enésima vez lo que llevaríamos en nuestro viaje. Habíamos decidido recubrir los asientos de la volanta con dos o tres peleras para hacerlos más mullidos, y en vista de que ya habían caído las primeras heladas fuertes, nos habíamos ingeniado para juntar cuanta cosa nos pudiéramos echar encima. Teníamos, como si nos fuéramos al Polo, ponchos para taparnos las piernas, guantes de lana y cuero, bufandas, gorros y sombreros y unos gabanes de la época de mi abuela medio apolillados que creíamos que abrigarían más que nuestras camperas de nylon. Fue un día de lluvia cuando votamos el color que le daríamos como toque final y por tres a uno se descartó el verde y se pintó de azul.
¿Qué diré de la última noche antes del viaje? La imagen se filtra en mi memoria como se filtraba la pálida luz de la escalera en nuestros dormitorios oscuros. Recuerdo las conversaciones de cuarto a cuarto, a los varones, que pretendían dormirse como si nada y a nosotras, dando vueltas y más vueltas en nuestras camas. Me llega en susurros la voz de Clarita: “...no puedo dormirme Ana... no puedo dormirme...”

Cuando nos levantamos todavía era de noche. El campo estaba sumido en el misterioso silencio que precede a la madrugada. Ya no chillaban las lechuzas y todavía no gritaban los teros. Afuera estaba helando, lo supimos porque el cielo era un pozo negro lleno de estrellas y el aire estaba quieto, congelado. A través de los vidrios empañados espío la cocina humeante. Intuyo el olor de las tostadas calientes y alcanzo a vernos. Ya listos, con los gorros y los gabanes puestos tomamos apurados el café con leche. Santiago parece más grande, Miguel está hecho un payaso, Clarita se pierde entre tanto abrigo y yo... yo era feliz.

Recuerdo que hacía mucho, mucho frío. No encuentro en mi memoria otra mañana tan fría, tan intensamente blanca. Abriendo el silencio con un surco profundo, el trac-trac-trac de la volanta parecía querer despertar al día. La yegua mora resoplaba bajito y su trote corto se perdía entre los eucaliptus. Santiago, Miguel, Clarita y yo nos apretujábamos debajo de los ponchos y soplábamos aliento caliente sobre las bufandas que cubrían nuestras bocas. El sol manchaba de naranja el Este y, enorme, comenzaba a subir por el cielo. Rumbeábamos por el camino que bordeaba las chacras, y sin movernos, apenas mirando aquí y allá, nos parecía descubrir paisajes nuevos. Era domingo, y en lo Donati se preparaban para carnear un cordero. Más allá, en lo de Tomé, la jauría de galgos cazadores todavía dormía y la vaca de Don Pedro mugía llamándolo. En la entrada de La Angelita nos cruzamos con el Chueco Re, gran domador. Era día de doma en Los Baguales y venía engalanado, más erguido que nunca en su tordillo oscuro. Nos saludó con un gesto y balbuceó un buenos días, y siguió al tranco, imponente, hasta que lo perdimos de vista en una vuelta del camino. De a poco, sin darnos cuenta, se fue poblando la mañana. La gente se preparaba para dominguear y nosotros y nuestra volanta eran motivo para la charla lenta, con frases que se perdían en el aire: “...Pero si son los chicos de Don Eloy... y andan solos... y el carro ése, es una volanta. ‘Ta linda...”
Desde el mediodía no prestamos más atención a lo que nos rodeaba. Ni siquiera nos distrajo un charco con cinco o seis flamencos o un tren que silbó a lo lejos. Sabíamos que allá adelante, muy cerca, estaba La Cautiva y esforzando la vista buscábamos ansiosos los primeros puestos, los galpones, el monte que de lejos parecía una gran ballena. Clarita ya no podía controlar su impaciencia y saltaba en la parte de atrás de la volanta. A cada rato preguntaba cuánto faltaba...
-¿Cuánto falta Ana? ¿Falta mucho Santiago?
-Un poco más Clarita, sólo un poco más...
De pronto Miguel apuntó hacia una arboleda lejana.
-¿No es aquél el monte?
-No, todavía no...
-Me parece que sí... ¡Sí!... ¡Ésa es La Cautiva! ¡Ya llegamos, ya llegamos! Vamos yegüita mora, vamos, vamos...

Los tilos de la entrada le cerraron el paso al sol. Mudos de emoción y con los corazones al galope, recorrimos la avenida sombría. Al fondo, el parque antiguo de La Cautiva resplandecía entre el verde del pasto de invierno y las rosas tardías. Lejos, bajo los árboles desnudos, montones de hojas secas se quemaban despacio cargando el aire con olor a fogata y el silencio era más silencio porque arrullaban las palomas. Nuestros primos, que jugaban en la galería de la casa, sintieron el trac-trac-trac de la volanta y corrieron a ver quién venía. Recuerdo, imposible olvidarlo, la sorpresa de sus caras. Boquiabiertos, asombrados, no podían dejar de mirarnos. En mi memoria resuenan sus gritos como aquel día: “¡Son los Eloy! ¡Son los Eloy! ¡Vengan todos! ¡Vienen en una volanta! ¡En una volanta azul! ¡Una volanta azul!

No hay comentarios: