23/10/14

Diwali

Delhi, completamente adornada con guirnaldas de flores naranjas, se ha vaciado. Cuando caiga el sol la gente acudirá a los templos a venerar a Lakshmi, la diosa de la prosperidad y la salud, y con velas de manteca, lucecitas de colores y fuegos artificiales la invocarán.

Si en Holi se celebra la llegada de la esperanzadora primavera, y con ella el comienzo de la época de siembra y de mucho trabajo, en Diwali se festeja la llegada del tiempo de cosecha y el descanso que pronto traerá el invierno. Las dos fiestas son las más importantes del calendario hindú, una imposible sin la otra, la siembra y la cosecha, la vida y la muerte, el círculo eterno, Holi en marzo y Diwali en octubre.

Diwali ya se palpaba en pueblos y ciudades desde hacía semanas. Los bazares de Jaipur, en el Rajasthan, estaban más atiborrados que nunca y las calles de Amritsar, en el Punjab, estaban ocupadas por puestos donde se vendía de todo. Y es que en esta fiesta, como en una Nochebuena, la gente regala y recibe regalos.

Me asomo a la ventana de mi hotel y el panorama de la ciudad vacía es fascinante. Entre las altas torres que rodean Connaught Place ya se ven los primeros fuegos artificiales. Sin embargo mi cabeza está en otro lado. Me han contado que en las aldeas y pueblos rurales esta noche las mujeres dejarán las puertas de sus casas abiertas para que Lakshmi entre y las colme de abundancia. Veo las humildes casitas sin luz entre arrozales, las chozas de barro donde en una habitación duerme una familia entera. Veo a las mujeres que envueltas en saris amarillos trabajan de sol a sol en los campos de trigo; las veo ya en sus casas, encendiendo un pequeño fuego. Cocinan dhal y arroz en el suelo. Esta noche darán de comer a sus familias y después de lavar los trastos se quedarán solas. Entonces, con las puertas abiertas a la noche, se irán a dormir pensando que tal vez Lakshmi, esposa de Vishnu, les traiga un poquito de su hermosa e infinita abundancia.

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