27/9/14

La lentitud de los trópicos

El sol ardiente desde que amanece siempre velado por la bruma, el calor que nunca cesa, el olor del mar y de las lagunas y los ríos que rodean a Alleppey. Una brisa milagrosa mueve apenas las copas de los viejos árboles del jardín y se mete por las puertas abiertas de la centenaria y tan preciosa casa donde vivo. Dan a los cuatro puntos cardinales, así que durante un instante, al comedor, donde escribo, llega un suave remolino. Pero salgo y el aire tórrido moja mi piel, mi pelo y mi ropa. En canoa ayer me interné por infinitos campos de arroz bordeados por palmeras, y el ritmo con que remaba Chercan, el botero, y el sonido acompasado del remo en el agua oscura, y la calma, y el reflejo y la humedad que venían de los canales y del cielo me adormecieron. Entonces pensé: La lentitud de los trópicos.
La lentitud en el sur de India, como una lluvia invisible, empapa todas las cosas. Su cadencia se hace sentir en los llamados de las mezquitas, sorpresivamente impregnados de una dulzura infinita, y en los bellísimos cánticos siríacos tradicionales que por las tardes se entonan en las iglesias sirio – ortodoxas. También habita en esta casa construida hace cien años por un médico ayurveda. Mr Joseph, el encargado, me cuenta su historia y la de Alleppey muy pausadamente y bajito; Krishnan, el camarero, dice good morning y good evening como si recitara una poesía; las tres mujeres encargadas de la limpieza -saris de colores, piel oscura, diminutos pendientes de oro, el pelo retinto recogido en la nuca- aparecen y desaparecen sin que las escuche, porque van descalzas y limpian el polvo del piso con escobitas de plumas. La lentitud es silenciosa. Y sensual. Cómo será el amor aquí, fantaseo y me imagino. El amor con tiempo, sin tiempo, el amor lento.

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