31/8/14

Senegaleses en Tánger

Salgo a caminar por Tánger y ya sé dónde me llevará mi deambular. Me distraigo con itinerarios nuevos, bordeo el mar desde lo alto de la Kasbah, tomo té de menta en el Café Hafa, bajo al Grand Souk, me pierdo en el Petit Souk. Y justo ahí, en la placita rodeada de nostálgicos cafés de arquitectura francesa donde los marroquíes se sientan a ver la vida pasar, me desvío y me voy por una callecita estrecha, un tanto oscura y desolada.
Descubrí la rue Mokhtar Ahardan hace dos o tres viajes a Tánger. Fue una tarde en que distraída erré el camino y me sumergí en otro mundo, un mundo marginal a metros de una de las zonas más tradicionales de Tánger. La calle está salpicada de casonas y hoteles otrora lujosos devenidos en pensiones de mala muerte. También hay pequeños sucuchos de barberos y restaurantes donde sólo entran hombres. Me di cuenta en seguida de que la calle era zona de inmigrantes subsaharianos. Aquí en Tánger siempre ha habido miles, generalmente acampando fuera de la ciudad a la espera de una patera que los cruce al otro lado del estrecho, hacia los que ellos creen que es la felicidad. Sin embargo, y posiblemente ante la desesperación de una espera que jamás acaba, han avanzado poco a poco a la ciudad, formando un pequeño gueto en un rincón de la medina. Humildes, callados, los subsaharianos de la rue Mokhtar Ahardan son sobre todo senegaleses. Se los distingue por su hermosa negrura, su vestir colorido, sus bellas mujeres de escotes generosos y sonrisa enorme. En mi último viaje a Tanger descubrí que en un espacio diminuto habían abierto un restaunte senegalés. Cuatro mesas comunitarias, manteles de plástico de colores, vajilla de plástico descartable, la cocina a la vista de todos. Pasé varias veces, miré todo lo que pude, me pregunté si podría entrar y me juré que volvería.
Lo dije: hoy deambulé hasta que mi alma no pudo más y me llevó a rastras a la Rue Mokhtar Ahardan. En el restaurante senegalés había tres mujeres, varios niñitos y cuatro hombres. Pregunté si podía entrar. Me preguntaron si era alemana o algo así y les dije que tenía el pelo rubio porque descendía de inmigrantes italianos que habían cruzado el mar hacia América en busca de una mejor vida. Entonces me dijeron que sí, y como mi francés es deplorable, entablé una conversación en italiano con Matar, un senegalés que pasó una larga temporada trabajando en el puerto de Génova. Me convidaron café. Me dieron a probar un plato típico llamado Thiebou Dyenn. Con los codos apoyados sobre la mesa, una mujer con un bebe en el regazo contó a Matar, para que me tradujera, que en Marruecos los segregaban. Somos negros, las mujeres no usamos velo, nos vestimos de colores, usamos ropa ajustada y nos gusta bailar. Le pregunté a la mujer si era feliz, y me dijo que por más que su marido tenía trabajo, aquí no se atrevía a sonreír.
Hablé largo y tendido con Matar. Su visión de la necesaria mezcla de sangres para el bien de la humanidad me pareció conmovedora. No hay nada como la diversidad para entender al otro, me dijo. Más allá de lo que creamos, más allá de cómo hayamos elegido vivir, si somos diversos, si hemos aprehendido diferentes culturas, filosofías, religiones y modos de vida, es natural entender y aceptar que el otro es distinto. Con su sencilla camisa roja y amarilla, su pantalón estampado y su viejo sombrerito de paja, Matar me miró e intuyendo que lo entendía, terminó: así es María, Europa y las grandes potencias miran de una sola manera, están aferrados a lo antiguo, pero no podrán detenerlo. El futuro ya es China, ya es India y ya es África.

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