15/3/11

El tan ansiado Océano Índico

Aquí en Maputo, capital de Mozambique, son las 10 de la noche, tardísimo, tanto como si fueran las 3 de la madrugada. Es que el huso horario de este país arrinconado en el extremo sudeste de África parece enloquecido: el sol sale muy temprano y a las 5 y media de la tarde es de noche cerrada. Hace unos cuántos días que estoy en Mozambique y ya he aprendido a estar lista para salir a enfrentar el día a las 6 de la mañana. Lo increíble es que a esa hora la luz no es lechosa, todavía impregnada de noche, sino que ya se refracta sobre todas las cosas, intensa, pura y caliente.
Mozambique es un país extraño no sólo por su huso horario. Los portugueses estuvieron aquí demasiados siglos y dejaron una huella inmensa. Es cierto que en el sur del país la gente iletrada -muchísima- habla Ronga o Shangaan y no entiende ni una gota de portugués, pero desde la música (la popular marrabenta), los cafés y sus terrazas, los clubs de jazz y la comida, hasta la arquitectura de Maputo, tienen algo notoriamente latino.
Otra cosa que distingue a Mozambique de otros países africanos es que a pesar de que la mayoría de su población practica el animismo, en el centro y sur del país -especialmente en las zonas urbanas- hay un alto porcentaje de cristianos. El norte alberga un gran concetración de musulmanes, pero aquí, en Maputo, ubicada en el extremo sur, éstos no son tantos; uno no los suele ver entre el gentío, sino, más bien, arracimados en sus propios barrios.

Más allá de sus particularidades, Mozambique es África hasta los tuétanos. La gente vive en caseríos construidos con esparto y ramas, la pobreza es inmensa, el HIV hace estragos, el promedio de vida ronda los 39 años, la población tiene poderosos jefes tribales y las mujeres -preciosas- usan capulanas y se envuelven la cabeza con un gran pañuelo llamado ntuzu.

Esta minimísima introducción a Mozambique es casi para reafirmar(me) que estoy aquí. Esto es una necesidad cuando los viajes surgen de un minuto para el otro. Un día me conformaba con leer a Le Clézio, a Coetzee y a Lessing sin tener la más remota idea de que en algún momento viajaría a la costa africana del Océano Índico, y a los tres días estaba en Mozambique. Aquí quisiera detenerme un segundo: ¿por qué se me había dado por leer sobre esta parte del mundo? ¿Fue intuición, una anticipación a los hechos, o fue mi poderoso inconciente cargado de deseo lo que provocó el viaje? No lo sé. Yo soñaba y fantaseaba con conocer Mauricio, porque de los escritores que nombré, Le Clézio me vuelve loca. Miraba el mapa y pensaba: el gran Índico, de Mauricio podría ir a Madagascar hacia el oeste y a Bombay hacia el noreste. Mi amada India entraba en mis sueños. Tengo que confesar que con Mozambique no fantaseaba, tal vez porque me conformaba con lo que sucedía alrededor de Mauricio.
Mi inconciente o mi intuición no tienen absoluta precisión geográfica, así que terminé aquí. En poquitos días y en el avión leí todo lo que encontré sobre el país e intenté aprender portugués. Algo logré, porque aunque hablo a dos por hora y se me escapan palabras en italiano, la gente no me pregunta si soy rusa.

Aunque aterricé en Maputo mi viaje no comenzó por la capital. Como si fuera lo primero que tenía que ver, en seguida me subí en una avioneta diminuta que atravesó la Bahía de Maputo y aterricé en Machangulo, una remota y salvaje península lamida por las olas. El Índico y la playa desolada, desde lo alto de una altísima duna, fue lo primero que vi. A pesar del jet lag y de mi cansancio se me erizó la piel. La arena me hizo recordar a la del Sahara al atardecer, gruesa, limpia, entre naranja y dorada. Las olas traían colores increíbles –turquesa, esmeralda, añil. Sentí el viento, olí el olor supremo del mar.
El Índico y en primavera. Vi ballenas dar saltos descomunales, tortugas gigantes que extenuadas llegan a la playa a desovar en esta época, barcos-factorías chinos que pescan sin permiso y arrasan con la fauna marina. Caminé durante horas, me crucé con mujeres locales que buscaban cangrejos, me bañé en el mar. Y a la tarde, desde lo alto de las dunas, pensaba en las fabulosas historias de Le Clézio. Miraba hacia el horizonte y me decía allá está Madagascar, luego Mauricio, y si sigo navegando llego a Bombay.
Sí, estando de viaje fantaseo con más viajes. El horizonte, lo que no veo, lo que no conozco, es mi meta. Eso es todo lo que deseo.

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