27/7/10

Alentejo: el llano encantado

Más allá del mar, más allá de las montañas, más allá de un río. Desde siempre, todo lo que se describe como ‘más allá’ ha sido sinónimo de misterio, fantasía, e incierta lejanía. Alentejo significa allende el Tejo, o Tajo, y  por ende significa también tierra lejana. Quién sabe desde cuándo lleva ese nombre, lo cierto es que aún hoy la gran región centro-sur de Portugal exhala distancia, como si fuera un mundo remoto. Dividido en cinco subregiones, una de las cuales abarca un salvaje y deshabitado litoral, el Alentejo es, sin embargo, una única y profunda sensación. Tierra hecha de llanos sólo interrumpidos por alguna sierra, de dehesas donde crecen fantasmagóricos alcornocales, de aldeas blancas con destellos amarillos y azules, de infinitos trigales, de intensos cielos, soles abrasadores e indescriptibles atardeceres, no es su larga historia ni su geografía lo que impacta, sino su carácter callado, su secreta emoción.

Entre trigales y soledades hilvano aldeas guiada por la intuición. A lo lejos veo un castillo amurallado, olivos dispersos y blancas casitas manchando la ladera de la colina. La aldea se llama Arraiolos. La historia cuenta que hace cinco siglos llegaron al pueblo artesanas árabes expulsadas de Lisboa. Trajeron su arte y sus secretos, con los que todavía se crean espléndidas alfombras.
Luego llego a Viana do Alentejo. Desde la puerta de un bar miran pasar las horas dos alentejanos curtidos por los años y el sol, por las vacías calles empedradas andan niños en bicicleta. Los marcos de las ventanas y los zócalos de los muros relucen con un azul puro, los portales están pintados de furioso amarillo. El resto es cal, absoluta blancura.
Más allá el paisaje alentejano se cubre de viñedos. En el centro de tanto verde reluce Alvito, nuevamente casas y muros encalados, un claro trazado árabe, una plaza a donde mira el dormido Ayuntamiento. Alvito nació en el siglo XIII y creció en torno a su castillo, considerado como uno de los más singulares de Portugal por la variedad de estilos que se superpusieron a su arquitectura mudéjar.
Desde Alvito me voy hacia el Alentejo interior, el más perdido, el que duerme al lado del río Guadiana. Mourao es de un blanco manchado de albares y azules turquesas que trepan por los altos zócalos y puertas. Las callecitas están empedradas y suben como con fatiga hasta su alta fortaleza. Desde allí, las vistas del Guadiana embalsado en el enorme lago de Alqueva confunden al río con un mar tranquilo y al pueblo con una aldea costera. Algunos datos sirven para entender semejante espejo de agua: el de Alqueva es el embalse más grande de Europa, tiene 250 kilómetros cuadrados de superficie, 83 kilómetros de largo y 1160 kilómetros de perímetro. Tan grande es, que en sus aguas navegan grandes cruceros y veleros.

Pero si todo me gusta, si andar lentamente perdida por el Alentejo me tiene muda, Monsaraz me quita el aliento. La villa resplandece con una blancura infinita, recortándose entre la piedra oscura de sus murallas y el eterno azul del cielo alentejano. La belleza de Monsaraz es perfecta vista desde lejos, e inolvidable al traspasar sus murallas.
La alta ubicación de la villa, sus vistas del Guadiana y de la planicie quieta que lo rodea, hicieron que fuera habitada desde tiempos prehistóricos. Seguramente considerada mágica, la tierra que domina está salpicada de impresionantes menhires (el de Oureiro roza los 6 metros de altura), dólmenes, cromlechs y sepulturas colectivas.
Pero lo que uno admira, la colina amurallada encerrando al pueblecito apretado, nació en el alto medioevo y creció durante cinco siglos según sus dueños: judíos, moros, templarios, y órdenes eclesiásticas portuguesas.
Monsaraz transporta a otro mundo ni bien se atraviesa su puerta. No son solamente sus callejuelas grises contrastando con sus casitas blancas, las torres de sus siete iglesias, la espectacular y escenográfica Plaza Vieja con construcciones adosadas de distintas épocas balconeando sobre el Guadiana. El embrujo de Monsaraz está también en su silencio de otro tiempo, en su aire diáfano, en su gente tranquila, en los sonidos que suben por la ladera desde el lago de Alqueva y desde el campo amarillo, florecido de jaras.