30/6/13

Treinta años

Estabas vestida de hada y me peinabas. Hablabas sola, me deshacías la madeja de mi melena, me hacías peinados imposibles. Yo leía Crimen y Castigo, lo sé porque jamás olvidaré mi tamborilear sobre las tapas de ese libro. Crimen y Castigo sonaba como ningún otro libro y olía a chocolate.
Una cuchara de madera como varita mágica, un vestido mío que arrastrabas por el piso, la boca pintada a la perfección con uno de mis lápices de labios, convertías las tardes en fabulosos cuentos. Tus personajes vivían dentro del ropero de tu cuarto. Lo abrías y todos se desperdigaban por la casa. Subían las escaleras, se metían en la despensa o se escondían en el baño. Vos los buscabas, les hablabas, les dabas lecciones, los retabas y me peinabas.
Esas tardes en el campo eran maravillosas. Después del almuerzo tu hermano se iba al colegio con su delantal blanco y nos quedábamos solas. La chimenea prendida, el silencio del invierno, yo leía recostada en el sofá debajo del ventanal del living. Vos me peinabas con cuidado, me decías: ¿así de despacito está bien, mamá? Yo asentía mientras leía, y de pronto desaparecías con tu cuchara de madera - varita mágica dejándome toda despeinada. Por un rato largo deambulabas por la casa; desde el sofá te oía hablar con tus amigos habitantes de tu ropero. Después volvías, dejabas la varita mágica, y disfrazada de hada -tus labios rojos, un vestido mío arrastrando por el piso-, me peinabas.

4 comentarios:

el viajero impresionista dijo...

Son momentos de madre e hija, de eterna repetición en la memoria.

Muchas gracias por referenciar el blog. Saludos, María.

PD: Un libro que huele a chocolate, interesante.

Ses dijo...

Precioso. Ha pasado todo ante mis ojos, como si fuera una película. Muy bien narrado.

Paco Piniella dijo...

Se hacen mayores, son flechas que hemos lanzado a la vida con nuestros arcos. Pero la vida sigue y siguen ellos y sus hijos y los que vengan... Muy bonito María

Javier Adán dijo...

Muy bonito el relato.