12/3/13

Madrugada en Pushkar

Son las cuatro y veinte de la mañana y me han despertado los gorriones. En la oscuridad de mi habitación, todavía medio dormida, recuerdo momentos de mi vida. El piar de los gorriones era cosa de todos los días. También los zorzales del verano. Viajar tiene esto: vivo todo por primera vez y al mismo tiempo rememoro. Por eso este estado tan particular, este especie de mareo continuo, este estar despierta al límite del sueño, este dormirme y soñar y volver a despertar entregada a tanta cosa que veo huelo escucho en este momento, o no sé si recuerdo.

Pushkar está lleno de gorriones. Aquí cantan desde los huecos de las enredaderas que trepan por el patio de la centenaria haveli donde vivo. Una haveli es una típica casa india, con paredes decoradas con preciosas pinturas, pesadas puertas de madera, enormes aldabas de bronce, patios y recovecos llenos de plantas y sillones-hamacas que cuelgan del techo donde recostarse a hacer nada. Como otras veces en que creí que había encontrado un nido perfecto, ni bien llegué decidí que me quedaría a vivir aquí. Me enamoré del patio, de las escaleritas de hierro que suben a mi cuarto, del candado a modo de cerradura, de los pisos de mármol, de la cama enorme con respaldo de madera, del techo abovedado con desteñidas pinturas de flores, de las frescas rosas granate que desde un viejo florero impregnan el aire con su perfume. Fui feliz, ah, y recordé todos esos lugares mágicos donde creí que me quedaría para siempre. Claro que ya me conozco; sé que éste será uno más: lo devoraré con mi sentidos, lo atesoraré en mi memoria y me iré.

Pero todavía estoy aquí, los gorriones siguen piando y no ha amanecido. Me pregunto cuando escucharé los primeros cánticos de lo templos de la minúscula ciudad. Son más de 400, algunos muy antiguos e impresionantes, otros más nuevos y humildes.

De un azul desteñido, escondido entre montañas bajas y arremolinado sobre un lago sagrado creado por Brahma, Pushkar es un hipnótico pueblo-santuario a donde llegan todos los días cientos de peregrinos hindúes. Una sola calle convertida en interminable bazar es el eje de la ciudad. Por allí circulan peregrinos con taparrabos blancos y enormes turbantes rojos, vacas sagradas, hippies de ojos azules, motos y hermosas mujeres Rajasthanis con espectaculares saris llenos de brillos. Una cuadra más allá, sobre el lago, el mundo cambia. A lo largo de 52 ghats los devotos se bañan, hacen ofrendas, oran, encienden velitas y palitos de incienso. Esto sucede durante todo el día: el agua que baña los ghats refleja los increíbles colores de los saris de las mujeres, la piel oscura de los hombres, los cuerpos magros de los sadhus. A la tarde, cuando el sol dora el agua quieta y los ghats se vacían, comienza el ritual de la música. Entonces a orillas del lago santo resuenan tambores.

Han dejado de piar los gorriones y escucho el zureo de palomas. Suenan lejanas las primeras campanitas de un templo. Son las 6 de la mañana, comienza el día.


3 comentarios:

Mónica Ávila dijo...

Bella Viajera, bellas palabras, bello sentir.

Ses dijo...

Parece un lugar maravilloso. Me encanta esa sensación que describes, en la que sabes que estás viviendo algo precioso y te vienen recuerdos. En ese estado de duermevela en el que todo está medio desdibujado.

Javier Adán dijo...

Que bonita descripción para un lugar entrañable.