13/9/12

En Fantasía

Esa noche, hace ya 7 años, a punto de embarcar
Esa noche, hace ya 7 años, a punto de
embarcar
Dicen que Buenos Aires nació y creció de espaldas al río. Es cierto, recién hace unos años los urbanistas tomaron conciencia de esta realidad y la ciudad, poco a poco, ha comenzado a asomarse a ese fabuloso mar chocolate que es el Río de la Plata.
Yo me crié en las afueras de Buenos Aires y el río fue una presencia cotidiana desde mi infancia. Desde las barrancas de San Isidro veía cómo a cada hora cambiaba de color, conocía cómo lo irritaba el viento del Sudeste y cómo lo vaciaba –dejando kilómetros de playa de barro- el cálido viento Norte.
Pero un día el río dejó de ser sólo una presencia cercana y se trasformó en un compañero. Fue cuando mi padre compró una lancha. Con él descubrí los infinitos e intrincados riachos que forman el espectacular Delta del río Paraná, con él me quedé varada mil veces, con él me perdí, con él aprendí a conducir.
Hubo un día en que empecé a salir sola. Sola en Fantasía, que así se llamaba la lancha. Me iba sin rumbo, anclaba en algún lugar reparado, nadaba en el agua marrón, tomaba sol y leía. Salía también con un par de amigos y uno de mis hermanos.
La primavera y comienzo del verano eran la gloria. En esa época el verde se convierte en jungla, las madreselvas, las glicinas y las rosas mosquetas se enredan a los árboles y parece que su perfume bajara del cielo. Yo tenía varios lugares favoritos: el Capitán, con sus casas de madera sobre pilotes, el Tropezón, una vieja posada donde se suicidó el gran poeta Lugones.
Pero nada igualaba a la Pizzería de Ale. Era cerca, apenas 20 minutos desde tierra firme, en el Canal Pajarito. Casa y muelle de maderas rústicas, Bob Marley sonando eternamente, lucecitas de colores, las mejores pizzas, y Ale, que emulaba a Greystoke, sobre todo en verano cuando andaba con un minúsculo taparrabo. Ale era un hippie de ley: paz, amor, y una plantación de marihuana escondida entre los árboles de naranjas. A lo de Ale íbamos a veces de día, aunque las noches eran una fiesta. De todas, hubo una inolvidable.

Dos amigos, mi hermano y yo en Fantasía. El río convertido en aceite, vacío, un calor pegajoso, el cielo sin estrellas, pura luna. En lo de Ale no había nadie y nos instalamos en una mesita en el muelle. “Stir it up”, pizza Margarita y cerveza. Mucha charla, discusiones y filosofía a la porteña. Y de pronto mi hermano dijo Qué calor, se quitó la remera, las zapatillas y se zambulló al río.
Me detendré un minuto: Hasta que no lo ha visto, nadie puede imaginar el color del agua de los canales y riachos del Delta. Es negro. Denso como chocolate amargo. Si le sumamos 4 metros de profundidad, una anchura de 40 metros, y la noche oscura, entonces tenemos una locura. Pero estábamos alegres y hacía calor. Atrás de mi hermano fueron mis dos amigos y Greystoke. Yo dudé. Hasta que mi hermano, después de nadar un rato, asomó la cabeza y anunció fastidiado que había perdido el reloj.
Dicen que la luna llena y tanto río expanden los sentidos. Debe ser así, porque me convertí en bruja. Sin pensarlo grité ¡Yo lo busco!, me quité las zapatillas y me zambullí de cabeza. No recuerdo mi trayecto bajo el agua. Tampoco vi nada: tenía los ojos bien cerrados. Pero me sumergí con un brazo extendido, y en el lejano fondo de barro, sin siquiera palparlo, di con algo que tomé con dos dedos. Volví a la superficie sin aire. Y con el reloj de mi hermano en la mano.
Sólo Greystoke, mirando a la luna, dijo María, loca, estás embrujada. Pero no hubo una palabra más. Sabiendo que nadie nos creería, hicimos un tácito pacto de silencio, y fuimos, hasta hoy, que lo cuento, dueños de un fantástico secreto.

1 comentario:

Paco Piniella dijo...

Más de unas gafas he perdido yo por caída al mar, pero lo peor fue cuando caí desde un buque mercante, hace más de treinta años, casi me mato, pero salí y la pude contar. La mar, esa misteriosa mujer.