25/11/11

En Cusco, crónica de un viaje iniciático

Aunque ya había viajado en solitario por algunos países europeos, el que considero mi viaje iniciático -disparador de tantos otros que vinieron luego- fue a Cusco, Perú, en agosto 2003. Esta crónica, escrita ni bien regresé a Buenos Aires y compuesta por 36 capítulos cortos (jamás pensada para publicarla poco a poco, en posts), está basada en los apuntes recogidos en mi diario de viaje (en esa época viajaba sin computadora) y en los innumerables e-mails escritos a mis amigos y familia. Después de los años que han pasado, he vuelto a leerla y descubro que me reconozco en esa persona deslumbrada con la vida y apasionada por lo desconocido. La publico tal cual la escribí, sin tocarle ni una coma; es una manera de respetar a esa mujer que, maravillada, comenzaba a descubrirse y a descubrir el mundo.

Corazón latinoamericano

El caótico aeropuerto en refacciones de Lima, la salida de mi conexión a Cuzco que se posponía sin explicación, las fantásticas y babilónicas discusiones entre los turistas y los empleados en el counter de LanPerú, y finalmente, después de 5 horas de espera, la cancelación de todos los vuelos hacia Cuzco, fueron el augurio de mi entrada a otra dimensión. No sé cómo recuperé mi mochila despachada, no sé cómo me metí muy dentro mío y me dije no escuches tu cansancio, no escuches tu frustración, no escuches tu preocupación por estar en una ciudad sabida peligrosa, ya tarde y con bastante efectivo escondido en un bolsillo del pantalón.
Con un taxista terriblemente dudoso me fui a Miraflores, porque me acordé de las descripciones de Vargas Llosa y supuse que ahí encontraría un hotel como la gente. No respiré mientras atravesábamos interminables barrios marginales; recién me relajé algo cuando el taxi rumbeó entre acantilados de tierra pelada y el imponente Pacífico. Miraflores era eso de allá que me señalaba el taxista: apenas unos pocos edificios desgarbados mirando al mar.
No di muchas vueltas; me metí en un hotel carísimo que resultó pésimo; no tenía calefacción, no andaban los teléfonos ni tampoco la conexión a internet. Un segundo antes de apagar la luz se me ocurrió que nadie en el mundo sabía dónde estaba. Pensé que debía preocuparme, pero no fue así. En cambio, extenuada, me dormí.
A las 4 de la madrugada del día siguiente atravesé con el mismo taxista ya no tan dudoso una Lima brumosa, oscura y desierta. El aeropuerto era un infierno. Mil personas, casi todos extranjeros, querían subirse en algún avión que los llevara a Cuzco. Nadie entendía nada, la confusión era total. Cuando ya me conformaba con irme en cualquier vuelo y a cualquier hora, escuché mi nombre por los altavoces. Me llamaban. Sin entender cómo ni por qué, una señorita LanPerú me hizo saltear la kilométrica cola de alemanes, italianos y yanquis y subir corriendo a un avión enorme que despegó a los 10 minutos... vacío. Sí, a bordo, incomprensiblemente, éramos sólo 20 personas.
Como en los mejores sueños, pude elegir dónde sentarme: me instalé en un sillón de la ‘business’ e instantáneamente me olvidé de Lima. El avión levantó vuelo, describimos una enorme curva sobre el Pacífico, y minutos después sobrevolábamos un increíble paisaje lunar. Las montañas emergían de un acolchado de nubes como copos de chocolate, sólo chocolate, puro chocolate, sin plantas, sin caminos, sin gente, sólo piedras color cacao pulidas, sombreadas e iluminadas por los rayos del sol. Más allá los picos se elevaron, se convirtieron en enormes nevados blancos y azules. Y luego, sin decir agua va, el avión se tiró en una picada inaudita y aterrizó en el pozo que es el aeropuerto de Cuzco, o más bien en el pozo que es Cuzco.
Los veinte pasajeros recorrimos felices la manga y aguardamos ansiosos junto a la cinta nuestro equipaje. Pero ya se sabe que nada en este mundo es perfecto: mi mochila había quedado en Lima y ningún señor o señorita LanPerú me supo decir cuándo iba a llegar.

Tés de coca

Recién eran las 8 de la mañana y hacía frío, aunque el sol brillaba purísimo, con una intensidad brutal. En el Corihuasi, el hostal donde el buen destino hizo que me alojara, me recibieron con una amabilidad inusitada y un té de coca. Bébete unas tazas, me recomendó Mónica, la encargada de la mañana, y el día de hoy tómatelo con mucha calma. Es que Cuzco está muy cerca del cielo, y en el cielo, hasta que uno se acostumbra, es difícil respirar.
Pero no pude conmigo misma y salí a caminar. Como siempre, exageré. No me di cuenta al principio; así como iba, barranca abajo por la calle Suecia, asombrada por lo que veía, mi corazón y los 3440 metros de altura me pasaron desapercibidos. Pero en la primera cuesta arriba -recuerdo que era la de Waynapata-, los pulmones casi se me salen por la boca. Qué les pasa, pregunté. Aminoré la marcha, me senté en la calle escalonada a esperar a que la sangre y la respiración se me apaciguaran, pero apenas logré que se controlaran un poco. Entonces miré a mi alrededor y me dije: lo que sucede es que esto es demasiado. Mucho aire, mucho cielo, y una ciudad que jamás, ni en sueños, me había imaginado.
Cuzco es un gastado color tierra, tejados desteñidos de tanto sol, iglesias coloniales construidas sobre templos incas, calles empedradas que suben angostas y bajan siempre hasta la plaza de Armas. Es gente de todo el mundo haciendo nada en los escalones de la Catedral, el acompasado caminar de cholos y mestizos vestidos con sus ropas de colores, las galeras blancas de sus mujeres, sus trenzas retintas, brillantes, rozándoles la cintura. Es el sonido de las campanas que suenan a cada rato sin que uno entienda el motivo, el delicioso hablar cuzqueño, salpicado constantemente de diminutivos, la gente amable que te dice 'amiga', y que curiosa como nadie te pregunta de dónde eres, que cómo es tu país, que qué se fabrica allá -sí, lo juro-, que si es lindo, que de qué trabajas, y –siempre, siempre, siempre-, si te gusta el Cuzco.
Esa primera mañana Cuzco no me gustó, me fascinó. Me porté bien con mi ritmo cardíaco y concienzudamente anduve lento. Sin rumbo y sin mapa –la guía que había comprado en Lima estaba en la mochila perdida-, subí hasta la iglesia de San Cristóbal y hasta el barrio de artesanos de San Blas, saqué en tres horas varios rollos de fotos y no sé cuántas digitales, y cuando andaba por la plaza de Armas buscando un lugar donde comer me topé con una procesión increíble.
Eran mujeres, todas mestizas, de distintas edades, vestidas algunas con trajes típicos. La que iba adelante acunaba una pequeñísima imagen de un santo entre los brazos; las demás la rodeaban, como protegiéndola. Atrás venía una banda de hombres tocando trompetas y tambores. Las mujeres avanzaban rápido por la mitad de la calle medio bailando, dibujando eses, enredadas en un loco carnavalito; los hombres, haciendo malabares con sus instrumentos, corrían sin dejar de tocar. Verlos era una delicia, a su paso la gente se reía; es que eran pura alegría. Olvidada de mi corazón acelerado, de mi respiración entrecortada y de la altura, los seguí apurada. Apuntaba con la cámara, miraba la reacción de la gente, el lío que armaban entre el tránsito de pronto interrumpido. En un momento me di cuenta que no tenía idea de dónde estaba. La procesión había salido del radio de la plaza y avanzaba hacia barrios mucho más populares. Llegamos a la estación de trenes y a mis costados empezaron a aparecer cholas con extraños sombreros y múltiples polleras, pequeños hombres con ‘chullos’, pantalones hasta las rodillas, ponchos y ojotas. Algunos apoyados contra la pared, otros acurrucados en el suelo, esperaban el tren cargados de grandes y variados atados a la espalda. Viejos, viejas, jóvenes, chicos, cada cual era una película para sentarse a mirar. La procesión seguía; pasó al lado de un gran galpón: el mercado. Dejé de correr, me olvidé de las mujeres y de la banda, y aunque me pregunté si allí sería bien vista, traté de apaciguar mi corazón, guardé la cámara y entré.
Sólo fue un instante, un fogonazo, un aluvión, un golpe a mis sentidos, el aroma del palo santo, de la comida, envolviéndome. Entonces sentí la sangre martillándome sin piedad en mis sienes. Me apoyé en una columna, pensé que la cabeza me iba a estallar. Cuzco era demasiado y yo iba apurada. Más lento, me dije, más lento, volví a repetir.
Atravesé la ciudad arrastrándome; como pude llegué al Corihuasi. Dos, tres, cuatro tés de coca, la primera charla entrecortada con Ernesto, el madrileño administrador del hostal que me decía que me tenía que calmar, y en dos horas otra vez pude respirar con cierto compás.
No tenía idea de la hora que era, pero de pronto oscureció. No comí, no me lavé los dientes, no me puse crema en la cara, no leí, y me fui a la cama vestida. Mi mochila seguía sin llegar.

Soroche

Soroche se le llama exactamente a eso que me estaba sucediendo, la revolución en mi cuerpo por la falta de oxígeno. No podía dormirme, no podía moverme, sin embargo como en sueños veía luces de colores, chispazos rojos, amarillos y violetas. Se expandían desde un punto en anillos concéntricos, como si fueran gordas gotas de témpera explotadas. Comenzaba el rojo, se agrandaba, llegaba a los límites de mi mente y luego comenzaba otro, el violeta, el amarillo, siempre igual. Así pasé buena parte de la noche, medio ida, medio asustada, medio hipnotizada.
A la mañana siguiente los latidos en las sienes se habían apaciguado; sólo eran un recuerdo en el centro de mi cabeza, como si allí me hubiera brotado un nuevo órgano, que se sentía extrañamente hueco, liviano y transparente.
Me quité la ropa, me di un baño caliente y volví a ponerme lo mismo que me había sacado. Descorrí las cortinas, todavía no era de día y sin embargo se escuchaban campanas repicando como si estuvieran locas. De pronto descubrí que tenía un hambre atroz. Subí al comedor, pregunté si podía tomar el desayuno y me dijeron que ya, claro, señorita. Desde el vamos hice todo muy lento, beber las dos tazas de té de coca, comer las tostadas y los huevos revueltos. A través de las ventanas comenzaba a amanecer y vi que se apagaban las luces en los cerros que rodean a la ciudad. En eso sonaron estruendos, petardos. Pregunté, me dijeron que sería alguna fiesta. Fiesta tan temprano, dudé. Sí, me contestaron, una fiesta de un santo, será, o de una virgen, será. Otra vez se volvieron locas las campanas. Otra vez se escucharon petardos, ‘camaretazos’, como les llaman acá.
Cuando me estaba yendo se me ocurrió preguntar la hora. Recién eran las 6 menos cuarto de la mañana.

El encuentro

Se llama Mario y es chamán. Lo conocí en Sacsayhuamán, después de recorrer las imponentes ruinas incas. Antes había llegado caminando desde Cuzco, recobrada del soroche, abrigada y con ropa limpia porque al fin había recuperado mi mochila. Mario apareció en el lugar indicado y en el momento indicado, pelo largo, renegrido y lacio atado con un cordón de colores, varios colgajos de cuarzo y plata y una gran cruz andina, la bella chacana. Nos presentó Josef, un guía de Sacsayhuamán que desde hacía un rato charlaba conmigo. No sé muy bien cómo, pero Josef en un momento desapareció y me fui a caminar con el chamán. Llegamos hasta el cementerio inca y nos detuvimos frente a los grandes anillos concéntricos que una vez tuvieron agua y sirvieron como enormes espejos astronómicos donde los sabios incas estudiaban las estrellas. Era el atardecer, quedaban muy pocos turistas, y de a poco Mario fue desgranando los secretos de su casta, del inconmensurable padre cielo y de la rica madre Pachamama.
Mario habla lento y te mira fijo. No aparta la mirada de tu mirada y te lee. Lo hace despacio, mezclando comentarios sobre las piedras, Inti, los Apus, el amor, el poder y la sabiduría, y sin que te des cuenta finalmente habla sólo de vos. Te cuenta de vos, te dice María, esto y aquello, y yo me sonrío, porque ya sé cómo es eso de que un extraño te desvista hasta el tuétano con sólo mirarte. También conozco la intimidad que se genera en esas situaciones, una comunión difícil de explicar, fuera del tiempo y del ritmo de todos los días, de la rutina. Mario me explica varias cosas, y a lo largo de lo que queda de la tarde experimento su saber.

El chamán tiene su “estudio" al pie del Sacsayhuamán, y hacia allí vamos. Tengo la oportunidad extraordinaria de entrar en una típica casa serrana cuzqueña, una construcción cuadrada de dos plantas con un gran patio de tierra central. La casa está inmaculadamente blanqueada y tiene todas las aberturas pintadas de azul turquesa, un color muy de aquí. Mario me explica que allí viven varias familias, aunque cuando atravesamos el patio no nos cruzamos con nadie, la casa parece vacía, deshabitada.
En su estudio el chamán tiene el mismo peyote o 'Mezcalito' que describió Castaneda en su Don Juan -libro que aunque leí más de una vez a último momento traje conmigo-, ayahuasca, datura y otras hierbas y raíces alucinógenas, piedras de todas clases, pieles de pumas y gatos monteses. Por la ventana ya se ve la luna sobre las montañas y yo me pregunto qué hago allí, trato de recordar cómo llegué hasta esa habitación blanca en medio del campo, guiada por un hombre que conocí sólo hace una hora. Pero todo está bien, Mario me habla, me muestra sus tallas en piedra y vuelve una y otra vez a hablar de María, que soy yo. Y se hace de noche, le digo que tengo que irme, que cómo volveré a Cuzco a esa hora y sola. Me dice que él me acompañará, pero que antes yo deberé acompañarlo a ver a sus niños, tres huérfanos que tiene a su cuidado.
Entonces nos vamos por la noche sin luces, Mario el chamán y yo. El camino es de tierra y piedras, cada tanto aparecen casuchas apenas iluminadas, perros, burros, una chola que camina con un bulto en la espalda, alguna gallina desvelada. LLegamos a un rancho minúsculo y Mario me invita a pasar. Adentro hay tres niños que en seguida me saludan buenas tardes señorita. Dos varones y una mujer. El mayor no tiene más de 12 años, la niña unos 9 y el más chico 6 ó 7. La prolijidad de la habitación es increíble. El piso de tierra está apisonado y barrido, las paredes desvestidas tienen sobre sus lados un camastro cubierto con una gran manta de colores, una cocina de leña, una mesa, un par de sillas y una insólita biblioteca llena de libros perfectamente ordenados. La chiquita está cociendo unos pantalones de uno de sus hermanos, los varones ahora escuchan atentamente las indicaciones de Mario. Les habla largamente en quechua, luego les dice en castellano que me acompañará hasta Cuzco y que regresará con comida. Los niños asienten, me dicen, al unísono, hasta luego señorita.

Volvemos a caminar por la calle de tierra, yo trastabillando con mis emociones y la oscuridad. Mario me cuenta que entre los huérfanos y él existe una especie de sociedad. Él los protege y ellos le son muy fieles. Así es, me dice, al dar siempre recibes. Después llegamos a la ruta, dos luces iluminan el asfalto, hacemos una seña, se detiene una combi descalabrada, Mario sube atrás y yo me instalo al lado del conductor.
La ruta baja entre precipicios hacia Cuzco; cada vez que el conductor ve un caminante le hace luces, aminora y le grita algo imposible de entender. Así funciona el transporte acá, el chofer es el que antes de que lo detengan invita a posibles pasajeros a subir. Llegamos a Cuzco con la combi llena. Nos bajamos en la avenida Sol y desde ahí nos tomamos un taxi hasta mi hostal. En la puerta del Corihuasi me despido de Mario. Ya sé dónde encontrarlo, a la mañana en la casita blanca, después del mediodía entre las piedras de Sacsayhuamán.

Todo ha sido muy fuerte, es demasiado pronto para saber si iré a verlo otra vez. No lo sé. No lo sé. Ya lo iré sabiendo, el tiempo me lo dirá.

Sola

Cusco -de ahora en adelante lo escribiré con ‘s’, en peruano- era un lucerío amarillo en la oscuridad. Hacía frío, me puse mi gorro nuevo de alpaca y dejé que el aire y la pendiente de la calle Suecia me llevaran hacia la plaza de Armas. En la esquina del hostal la niñita que desde la mañana vendía palitos con trozos de corazón asado seguía ahí, soplando sin cesar para que no se le apagara el brasero. Tenía la cara roja, los ojitos llenos de sueño, y a pesar de su cansancio me miró con una sonrisa tratando de vender un palito más.
Bajo los pórticos alrededor de la plaza los turistas deambulaban eligiendo un lugar donde cenar, esquivando a los mozos de los restaurantes que menús en mano trataban de seducirlos. Doblé en Procuradores y un racimo de personajes me salieron al encuentro: internet por un sol y medio la hora, 2 platos y postre por 15, un cuarzo engarzado en plata por 25, una postal por 20 céntimos.
Entré en ‘Chez Magui’ a comer una pizza. El lugar me lo había recomendado Ernesto y me gustó; al fondo calentaba el ambiente un gran horno de barro y sonaba bajito buena música. Me instalé en una de las largas mesas, pedí una napolitana y una cerveza Cusqueña y me dije que pocas veces en mi vida me había sentido tan feliz. Todo estaba resultando extraño, nuevo, sorprendente, pero como una gran contradicción yo parecía no sorprenderme por nada. Allí estaba, ahora conversando y riéndome con tres canadienses que se habían sentado a mi lado, sin planes, sin apuro, y sin vestigios de soroche. Tenía once días por delante para hacer lo que quisiera y como quisiera. La primera mañana me había enterado de que tendría que desistir de hacer el Camino del Inca hacia Machu Picchu porque todas las agencias tenían el cupo agotado hasta el mes siguiente, así que mi único plan concreto era tomarme el tren hasta Aguas Calientes, subir hasta la Ciudad Sagrada y regresar al día siguiente. Pero no sabía cuándo emprendería ese viaje, tampoco si iría a algún otro sitio. Tenía deseos antiguos que me azuzaban: irme a Puno y desde ahí cruzar a Copacabana, al otro lado del Titicaca, ya en Bolivia, o conocer Arequipa, la famosa ciudad blanca a los pies del volcán Misti. Pero en dos días habían surgido nuevos nombres, lugares de los que jamás había escuchado hablar: Paucartambo, un pueblo colonial al que se accede trepando hacia el noreste; el valle de Koñispata, antesala del bosque nuboso de Manu; la tropical y exhuberante región de Quillabamba; Choquequirao, la misteriosa ciudadela en el valle del Vilcabamba donde se refugiaron los incas después de la llegada de los españoles.
Las alternativas eran fascinantes, sin embargo por ahora yo sólo tenía ojos, piel y oídos para el lugar donde me hallaba. Cusco me tenía absorta, hipnotizada, deslumbrada. Ansiaba caminar la ciudad hasta desentrañarla, recorrer el Valle Sagrado, sus campos, sus pueblos, sus cerros. Esa noche, recién la segunda, me parecía imposible que alguna vez tuviera que dejar Cusco para ir hacia cualquier otro lado, y sospechaba que esa sensación estaba directamente ligada al hecho de que en el aeropuerto de Lima no había comprado una guía del Perú o de su región andina, sino, y sin pensarlo, una dedicada enteramente al departamento de Cusco. ¿Por qué sólo Cusco si yo había venido con la idea de moverme mucho? La pregunta me mareaba, sin embargo dejé de lado las deducciones y me dije que más que nunca tendría que entregarme a mi intuición. Parecía que ésa era una de las propuestas de este viaje, escuchar, escucharme. Tal vez por eso estaba sola, muy sola, aunque como nunca, y casi de una manera corpórea, me sentía acompañada. ¿Quién estaba a mi lado? ¿Mi otro yo? ¿Cusco? ¿Una presencia ancestral? La verdad es que no lo pensé demasiado. Eso era lo que estaba sucediendo: no estaba pensando, sólo estaba sintiendo, y así debía ser. Conversé un rato más con los canadienses, nos deseamos suerte y me fui.
Caminé hasta el final de la calle, entré en el mejor cíber que pude encontrar, probé los teclados de tres o cuatro computadoras, elegí el menos borroneado y durante dos horas escribí.

El Valle Sagrado



Los pastores a lo largo del Valle Sagrado de los Incas comen 'puspu', una mezcla de habitas y maíz tostado que acompañan con rocoto, una especie de ají rojo. Con eso pasan todo el día perdidos en las laderas de las montañas 'pasteando' sus vacas, sus ovejas o sus cerdos. El Valle Sagrado es el que atraviesa el río Vilcanota –también llamado Urubamba-, que en esta época corre limpio y cristalino, porque todavía no lo ensucian las lluvias que comienzan entre septiembre y octubre. Desde estas tierras fértiles se proveía de comida al imperio inca, y hoy al recorrerlo intuyo que la vida de los agricultores que lo habitan no ha cambiado mucho desde esa época.
La belleza del paisaje deja sin palabras, las montañas se cierran sobre el cauce del río recortadas por largos andenes incaicos y divididas en parcelas de maíz, quinua, cebada y papa. La carretera atraviesa pueblitos de adobe muy pobres y medio desmoronados. Las cholas caminan a la vera del camino con sus bultos, las guaguas juegan sobre el asfalto, los hombres bajan de algún lado con grandes manojos de pasto fresco cargados sobre sus espaldas. Se cruzan, sueltos, 'marianitos', como llaman a los burros en la región, y en las parcelas cultivadas los hombres y las mujeres trabajan a mano limpiando surcos, recogiendo frutos, labrando la tierra.
Salí temprano de Cusco con Edward, un taxista conocido de Mónica al que contraté por todo el día. La idea de viajar acompañada al principio me pareció absolutamente descabellada, pero después entendí que era la única manera de no depender de nadie, ni del horario incierto del escaso transporte público, ni del espantoso bus-charter especial para turistas. Así que me arriesgué.

Nuestro primer destino fue la antigua ciudad inca de Písac. Las impresionantes ruinas están alto sobre el pueblo, en una ladera que mira al valle. Subimos con el taxi hasta una explanada, le dije a Edward que no tenía ni idea de cuánto iba a demorar en regresar, me dijo ya, claro, aquí la espero, y feliz con tanta libertad me puse a caminar. La senda se fue alejando solitaria y agreste por la ceja de la montaña. Hacía mucho frío, a veces soplaba arrachado el viento, entonces se lo escuchaba silbar y el resto de las cosas desaparecía; otras, la quietud dejaba pasar sonidos que subían claros desde los caseríos. Hubo un momento en que escuché la melodía dulce de una quena. Me detuve y busqué de dónde venía. El panorama era enorme, desde allí arriba se veía un mundo: el río, el pueblo de Písac, ranchos dispersos, laderas y más montañas, el cielo. Estuve caminando una hora y media por esas soledades, sola. A cada rato me lo repetía, aguijoneándome, como si de alguna manera tuviera que reaccionar: estoy sola en el fin del mundo, estoy sola en otro mundo. Volví al auto aterida y medio mojada por la llovizna que había comenzado a caer.

Písac, como todos los pueblos del valle, es antiquísimo y se cae a pedazos. Está sucio y la gente parece vivir con lo mínimo indispensable, con el sólo propósito de subsistir. Su mercado, en la plaza frente a la iglesia y montado alrededor de un centenario y fantasmagórico árbol ‘pisonay’, es una mezcla de tradiciones milenarias y hippies que se han ido instalando en el lugar. Cientos de puestos ofrecen artesanías y tejidos de una belleza increíble, pero se me ocurre que jamás pueden alcanzar los posibles compradores para darles a todos los vendedores lo básico para comer. De todas maneras, la gente es amable, muy dulce, y cuando se da cuenta que realmente no vas a comprarle nada, se conforma con que le mientas que tal vez lo hagas mañana y se dedica a preguntar sobre tu país y tu trabajo.

Las costumbres en el valle no se han perdido, siguen casi intactas a pesar del tiempo que pasa. Edward me cuenta que todos los domingos bajan a Písac -anunciándose con el sonido del 'pututu', o caracol de mar-, los 'varaios', los jefes de las comunidades que viven alto en la montaña. Estas comunidades están formadas por 10 ó 15 familias y tienen la costumbre ancestral del 'ayni', el ayudarse mutuamente. O sea que entre ellos es normal que alguien trabaje para otro durante un tiempo; luego el que prestó ayuda podrá pedirle al ayudado que le 'devuelva su ayni' con algún favor. Parece ser que los días de ‘ayni’ son eventos que van más allá del trabajo. A cada rato se detienen todos a tomar chicha. Comienzan temprano con chicha, a media mañana interrumpen y vuelven a tomar, también al mediodía y otra vez a media tarde. Es muy común que durante los aynis terminen toditos muy borrachos, se ríe Edward.

Otra cosa es la coca. Cualquier tarea que se haga en el campo o en las chacras se hace invariablemente 'jaipando' coca. Los campesinos la mascan lentamente aderezándola con ‘llipta’ -un tipo de ceniza-, en unos bollos enormes que les deforman la cara. La coca es poderosa y misteriosa: quita el hambre, la sed, el frío y la fatiga, y predispone al hombre para otras cosas. Para qué cosas, le pregunto a Edward.
-Pues saca para afuera lo que ya uno tiene dentro. Si estás triste, te entristecerá aún más, si sueñas, ensoñarás, si miras profundo, verás tu destino, si estás alegre, tal vez cantarás.

El contador de historias

Edward nació y se crió en Quillabamba, un pueblo en la ceja de selva, a 8 horas de ómnibus desde Cusco. Quillabamba es la huerta que surte al departamento de Cusco de vegetales y frutas, y aunque en una época estuvo comunicada con la ciudad por tren, hace años un alud dañó las vías y ya nunca se volvieron a reparar. Edward tiene imborrables recuerdos de su tierra frondosa y tropical, aunque ama Cusco, a donde llegó a los seis años. Estudió en el glorioso Colegio de Ciencias, el ‘Cienciano’, glorioso porque un grupo de sus alumnos combatió en la guerra del Pacífico, y más glorioso aún porque en la actualidad no hay quien pueda parar a su equipo de fútbol, quinceavo en el ranking mundial.
Edward apareció en mi vida tranquilo, callado, muy amable. Ésa fue la primera impresión, y ya que íbamos a compartir todo un día dentro de su minúsculo taxi recorriendo el Valle Sagrado, agradecí al cielo que por largos momentos pareciera absolutamente mudo. En silencio salimos de Cusco, sin decir una palabra pasamos por las ruinas incas de Quenco, Puca Pucara y Tambomachay, y fue llegando a Písac que con la misma tranquilidad que emanaba al estar callado, se puso a hablar.

“Allí arriba está la Ñusta de Písac”, me dijo. “¿Quién?” pregunté yo, mirando para todos lados. Entonces detuvo el auto en la banquina y me señaló un gran peñasco que sobresalía de la montaña y que parecía mirar hacia el valle. “¿Ve esa gran roca, señorita? Ésa es la Ñusta... Ñusta significa princesa, y se cuenta que hubo un tiempo en que de tan bonita tuvo dos pretendientes. Písac por ese entonces no tenía puente para cruzar el Urubamba, así que su padre decidió que los dos candidatos compitieran por la mano de su hija construyendo uno. El que lo terminara más rápido, se quedaría con la Ñusta. Pero sucedió que en secreto ella amaba a uno de los pretendientes y el día que comenzó la contienda subió a ese cerro que usted ve a observar a su amado. Su enamorado era muy trabajador; piedra sobre piedra fue construyendo un puente seguro para que no se lo llevara el río. Sin embargo, por trabajar tan bien, se demoraba, mientras el otro harto lo aventajaba con un puente de ‘ichu’ que en quechua quiere decir paja. La princesita desde allá arriba vio un día cómo el pretendiente que no amaba ya había acabado el puente. Entonces comenzó a llorar y con su llanto sobrevino un grandísimo aguacero. El Urubamba, desbordado, arrasó con el puente, y la Ñusta, seca de lágrimas, se convirtió en piedra”.
Más allá de la tierna historia de amor, fue la deliciosa manera de contar de Edward lo que me fascinó. Escucharlo era maravilloso; había algo en su dulce cadencia que atrapaba a la vez que adormilaba, y daban ganas de pedirle que nunca dejara de hablar. A la leyenda de la Ñusta le siguió un largo silencio, luego y de forma intermitente a lo largo de las horas, Edward fue contestando mis preguntas sobre lo que veíamos, describiendo costumbres y contando más historias. Lo hacía siempre despacio, mechando palabras y frases enteras en quechua, las que después traducía. En mi cuaderno abierto sobre mis faldas yo anotaba todo lo que me contaba. Estaba agradecida y asombrada con el destino: jamás hubiera imaginado que mi taxista resultaría un innato cuentacuentos. Tampoco imaginé en ese momento en qué, o en quién se convertiría Edward con el tiempo.

Fiesta

La experiencia del día fue en Calca, un pueblo tan pobre y deteriorado que cuesta creer que todavía exista. En Calca había fiesta, cosa nada extraña, ya que en esta tierra se festeja por lo que sea todos los días. Pero en Calca la festividad era grande: se honraba a la 'Mamacha' -o virgen- Asunta. Uffff, cómo describir semejante película... Edward estacionó detrás del templo y allí se quedó esperándome. Yo me preparé para pasar lo más desapercibida posible, gorro hasta las orejas, campera verde enorme cerrada hasta el mentón, cámaras de fotos escondidas entre la ropa... y allá me fui, confieso que con un poco de susto. Es que en Calca la única forastera era yo.
Busqué el templo donde Edward me había dicho que estarían los bailarines que amenizan todas las fiestas, me perdí, me metí en el mercado más pobre del mundo, y del asombro no me animé a sacar ni una foto. Sabiendo que se me notaba mi impresión, traté de apartar los ojos de los manojos de pasto fresco que se vendían entreverados con los trozos de carne cruda, la fruta, la verdura, los huevos, las flores, las gallinas, las especies, los cerdos. Pero mi estado hipnótico se me escapaba sin contención por la mirada. No podía disimular. Como pude salí. Respiré aire puro y me dije que no iba a claudicar.
Cuando llegué a la plaza descubrí que todo el pueblo era un gran comedero. La calle principal estaba tapada de puestos cubiertos de hules azules donde se cocinaba en calderos y sobre braseros. Entre la diversidad de cholos y mestizos de piel más clara se veían indígenas que parecían no tener ni una gota de sangre blanca. Por sus ropas y sus sombreros se notaban sus diferentes etnias, aunque la piel los hermanaba, una piel como ninguna otra, hecha cuero negro, profundamente surcada por el aire, el tiempo y la tierra. Caminé despacio oliendo la mezcla del culantro y el humo del palo santo, el caldo de gallina, las sopas de maíz y las carnes especiadas, y de pronto vi que al final de la calle se levantaba un revuelo.
Contorsionándose como endemoniados, en fila y con una banda atrás, distinguí a un grupo de bailarines. Grotescas máscaras naranjas, música, movimientos exagerados, lentejuelas y papel picado venían directo hacia mí. El corazón me latía a mil. Me quedé quieta, saqué la cámara de entre mis ropas, enfoqué y comencé a disparar. Una, dos, tres, no podía parar. El grupo se aproximó más, la música sonó estridente y alegre. Ahora pasaban a mi lado. En eso, un bailarín se salió de la fila, se acercó hasta casi tocarme y agitó una culebra de felpa alrededor de mi cara. La alejaba, la arrimaba a mis ojos, y la víbora iba y venía, rozándome amenazadora como si estuviera viva. Durante segundos interminables contuve el aliento, sin saber qué hacer. Después, el hombre se alejó y enloquecido volvió a bailar.
Tuve la sensación de que ya nada me podía pasar. El episodio, corto pero escalofriante, fue como un bautismo de fuego, como si la gente de Calca hubiera querido probarme y ahora me permitiese pasar, mirar, curiosear.
Seguí caminando entre la multitud y llegué hasta la iglesia -simple, antigua y muy deteriorada- justo cuando otro grupo de bailarines con un atuendo rojo y oro, las cabezas envueltas en trapos negros y enmascarados, se disponía a entrar.
Según me explicó después Edward, los bailarines tienen un papel protagónico en las fiestas cusqueñas. Contemplarlos remite a celebraciones que ya uno ha visto o recuerda como en sueños haber visto, todas juntas, mezcladas, exacerbadas y reinventadas. Rituales antiquísimos y olvidados de la religión católica, el procesionar de las cofradías españolas en Semana Santa, festejos paganos del carnaval y costumbres ancestrales incas, confluyen en una ceremonia única, barroca, desbordante. El colorido, la música, los trajes, los movimientos, son un golpe tan profundo a los sentidos que al principio uno no piensa en nada y se pierde en un especie de caos; después, al observarlos detenidamente y por un tiempo, uno nota que dentro del grupo hay códigos, jerarquías y puestos establecidos, a los que seguramente no será fácil acceder.
Las cofradías tiene cada cual su uniforme o disfraz, su color, su estandarte, su máscara y su propósito, y desde la parodia y la metáfora, representan un gremio, una historia, una situación.
Fueron más o menos diez minutos de calma hasta que una voz dio una orden. Entonces los bailarines formaron de dos en dos y se arrodillaron: comenzaron a caminar arrodillados al compás de la banda que sonaba ya dentro de la iglesia. Desde la puerta miré. El templo estaba engalanado: velas encendidas, telas colgando del techo, las imágenes vestidas con sus mejores ropas.
No supe si estaría bien entrar, dudé, pregunté a una mujer que acurrucada en una esquina vendía flores. Entre mamacita, me dijo. Di unos pasos y me sumergí en la penumbra del templo. En los bancos, cholos rezaban con fervor y en voz alta, viejas desdentadas sentadas en el piso de ladrillos encendían una vela a un gran Cristo con faldón. Mientras, los bailarines, siempre arrodillados, llegaban a un costado del altar donde estaba la imagen de la Virgen Asunta. Me acerqué todo lo que pude.
De pronto se hizo silencio y de algún lado apareció un sacerdote con un aspecto extrañísimo. Estaba vestido como para oficiar misa, aunque su rostro estaba cubierto con una máscara idéntica a la de los bailarines. Tuve que mirar dos veces: en su mano llevaba un chicote de tres puntas. Con un ritmo tristísimo y muy bajito la banda volvió a tocar. Uno a uno, y siempre arrodillados, los bailarines fueron acercándose al cura. Entonces éste les levantaba el poncho del disfraz, y con especial ímpetu les daba tres latigazos en la espalda. Luego los bailarines se iban poniendo de pie. Todo transcurría despacio, como en cámara lenta, y en un punto, después de que uno de ellos recibiera sus latigazos, subió una mujer al altar. El sacerdote le dio el chicote y ésta también le pegó, luego el hombre se puso de pie y la abrazó. La mujer, después, como si nada, se retiró.
A todo esto, los que rezaban en la iglesia no se habían inmutado por la ceremonia. Sólo yo temblaba por lo que veía.
Los cófrades, una vez ‘iniciados’, ‘limpiados’ o ‘perdonados’, salieron de la iglesia ya de pie. Entonces la banda cambió el ritmo, sonaron estridentes las trompetas y empezó la fiesta. Bailando como locos, contorsionándose, hamacándose como si se hubieran tomado toda la chicha del mundo, los bailarines se abrieron paso entre la multitud.
Me subí al auto sin hablar. Edward me preguntó si había logrado ver algo; atiné a decirle que sí con un gesto. Recién al rato comencé a hablar.
-Edward, explícame qué he visto.
Le describí la ceremonia, le conté lo de los azotes. Entonces habló de la importancia de los bailarines, del significado de sus ropajes y de su danza, pero me confesó que no sabía qué había presenciado: jamás había visto algo igual.
-Juro que lo he visto, Edward. Fue tal cual como te lo cuento, caminaban arrodillados...
Tampoco el intrépido y viajado Ernesto pudo explicarse el significado de la ceremonia cuando se la conté a mi regreso al hostal. Se sonrió y me dijo, María, tú sí que tienes suerte. Edward todavía me acompañaba. Es interesante, muy interesante, repitió por segunda o tercera vez en el día. A lo largo del tiempo que después pasamos juntos, usó la frase cada vez que me vio anonadada, desconcertada o muy feliz.
-Es interesante, muy interesante...- decía sonriendo, asintiendo, como para sí.

Chicherías, cevicherías y picanterías

Salpicando el marrón de los pueblos y caseríos, se ven largos palos enganchados en puertas o ventanas donde flamean trapos rojos.
-¿Qué son esas banderitas, Edward?
-Son chicherías, María.
La chicha se fermenta del maíz, y de todas sus variedades, la más suave es la morada y la más fuerte es la de jora. El líquido se mete en un ‘tumín’, una olla de barro ‘grandaza’, enterrada hasta la mitad en la tierra. Se dice que para que la chicha se venda, todos los días hay que meter un dedo en la olla, y parece ser que hubo una época en que para que esto surtiera efecto, el dedo tenía que ser de un muerto.
Las chicherías de Cusco son muy distintas a las del campo. En los pueblos son humildes ranchos donde además de vivir gente, se fabrica y se vende chicha para llevar o para tomar en la calle; en la ciudad son instituciones más sofisticadas donde muchas cosas pasan. Se empieza a tomar desde cualquier hora, y a eso de las tres de la tarde en la mayoría de ellas se sirven ‘ectras’, un rejunte terriblemente picante que induce a tomar más y más. Una borrachera de chicha de jora es cosa seria, y según la tradición, no hay nada mejor para cortarla que un buen ceviche. Por eso las cevicherías, durante los fines de semana, están abiertas desde las 7 de la mañana.
Edward me recomendó una antigua chichería y una famosa cevichería en el centro de Cusco, aunque me aclaró que para comer no había nada como las picanterías.
En las picanterías se comen las delicias más tradicionales de la región, todas ellas muy condimentadas e increíblemente picantes. Ají amarillo, ají ‘mono’ -más pequeñito-, y el ‘rocoto’, rojo fuego y rey de los ajíes -sobretodo en su versión rellena-, son los protagonistas absolutos de las picanterías.
La cocina cusqueña es muy elaborada, y requiere tiempo y maña. Un buen plato no se hace así nomás, y muchas veces para lograrlo se lo comienza a preparar un día antes. Si bien hay varias comidas de lo más típicas, como el ‘timpu’ o puchero, el ‘chicharrón a la cuzqueña’, o el ‘chiri uchu’, una especie de salpicón que se sirve frío, la más notoria y extraña, por lo menos para mí, es el ‘cuy al horno’.
El cuy es el cuis, supongo que primo hermano del conejo y bastante parecido a la rata. El cuy es tímido y asustadizo, y se lo cría dentro de los ranchos en el campo. El animalito come todo lo que la mujercita de la casa deja caer de la cocina, y anda de aquí para allá como si fuera un perro faldero. De noche no se cansa de hacer el amor con su ‘coneja’, y parece ser que si uno por casualidad tiene que dormir en uno de esos ranchos no podrá pegar un ojo por el ruido que hacen. La intimidad entre los cuyes que habitan un rancho y la gente que allí vive es tal, que a los chicos del campo se los llama ‘coekirus’, ya que fueron engendrados delante de los animalitos.
El cuy al horno es un plato para grandes ocasiones, como por ejemplo el cumpleaños del dueño de la casa. Entonces, su mujercita elige uno de los que corretean bajo sus polleras, le retuerce el pescuezo, lo limpia, lo sazona y con grandes festejos se lo comen.
Yo comí de todo, probé todo. Pero la verdad es que a pesar de que me dijeron que era una exquisitez, me salteé el cuy...

Los huayruros

A Calca le siguieron caseríos dispersos; luego entramos en el pueblo de Urubamba, un entramado de callejuelas adoquinadas, rotas y poceadas por donde circulan velocísimos ‘mototaxis’, una combinación estrafalaria de moto y carrito techado donde se sientan hasta 2 pasajeros. La verdad es que eso será lo que siempre recordaré de Urubamba: los mototaxis azules, rojos y amarillos cargados de cholos y bártulos volando por las esquinas como si fueran una exhalación.
Desde Urubamba la vegetación se fue haciendo más densa, más tropical, las montañas más altas y el valle más cerrado. El Vilcanota seguía a nuestro lado, a veces manso, a veces alborotado entre grandes piedras blancas. A media tarde llegamos a ‘Ollanta’, como llaman a Ollantaytambo, un pueblo construido sobre muros ancestrales al pie de una impresionante ciudad-fortaleza inca, con callecitas angostas y el continuo rumor del agua que corre por sus acequias y canales. Ollanta es el último pueblo del Valle Sagrado y tiene un sabor especial: ya que el tren que va a Machu Picchu se detiene en su estación, confluyen allí turistas de todo el mundo y los nativos que bajan a abastecerse o a vender sus productos en el mercado.

Arrinconados contra un paredón, como un manojo de flores de colores, pude ver a miembros de los huayruros, una comunidad que se distingue del resto por sus espectaculares ropajes negros y rojos y porque guarda como pocas sus milenarias tradiciones. Los huayruros viven en la más absoluta soledad, perdidos en las laderas de las montañas que cierran Ollanta y casi todo lo que producen –lo básico, lo indispensable-, es para subsistir. Hablan sólo en quechua, y como grandes conocedores de su tierra, fueron los porteadores en las primeras expediciones a través del camino del Inca.
Los huayruros me conmovieron de una manera indecible, indescifrable. Los miré con el mayor disimulo todo lo que pude, queriendo captar su silenciosa intimidad, qué piensan, cómo son, cómo nos verán a nosotros, tan distintos. En el grupo había hombrecitos y mujercitas -las ‘huachachas’- muy jóvenes, lo que me sorprendió aun más, ya que lo más normal es que la gente joven reniegue de tradiciones e intente por todos los medios insertarse en ‘el mundo’.
Pero no, allí estaban ellos, tal vez dieciocho, veinte años, mirando la vida con una mansa mirada marrón oscura, diáfana de inocencia e ingenuidad.
Comenzó a lloviznar y a hacer frío; le dije a Edward que regresaba en un rato, me metí en un restaurante y devoré un plato gigante de tallarines con salsa de tomate. Antes había comido una banana y dos chocolates. Así es, de algún modo tenía que recuperar la energía que se me iba en tanta intensidad.

La niña Ruth

Ruth me sale al encuentro a la entrada de Chichero. Me ofrece fajas y muñequitos, me habla, y como no logra venderme nada me acompaña dando pasos cortitos y se convierte, motu propio, en mi guía. Habla y habla todo de memoria, me espera cuando me distraigo o saco fotos, me cuenta la historia de Chinchero, muy precisa me da fechas, datos, nombres. Ruth tiene tal vez doce, trece años, y no para de hablar. Todo lo sabe: La llevo a ver la serpiente en la piedra, me dice, por aquí se va a la ciudad inca, insiste. La niña Ruth quiere una moneda y se la ganará sea como sea. En la explanada de pasto donde las mujeres de Chichero venden los más increíbles tejidos de la región, a Ruth la espantan como si fuera un mosquito. Deja ya, le dicen, que con tanta cháchara distraes a los clientes. Ruth, diminuta, se aleja un poco, desaparece, y al rato la tengo otra vez pegada a mí. Mil seiscientos siete, ésa es la fecha en que se construyó la iglesia. Túpac Inca Yupanqui fue dueño de estas tierras, Mateo Pumacahua fue un caudillo rebelde, el nevado de Chicón mide 5530 metros. Se quita el mechón de pelo renegrido de la cara, se soba la nariz, me sigue sin darse por vencida. Ruth, le digo yo, qué serás cuando seas grande. Guía de turismo, me contesta, con brillo en sus ojitos negros. Le doy apenas un sol. Ruth sonríe, lo guarda entre su ropa, me dice adiós señorita María y se va a la entrada del pueblo, pequeña y tenaz, a esperar a otro que la mire, la escuche y finalmente le dé una moneda.

Susana y mi ‘awayu’

Qué tendrá Chinchero que me ha gustado tanto. Está alto altísimo, más que Cusco, a 3800 metros, en una pradera sobre el Valle Sagrado. Allí aparece tendido, tranquilo, piedras sobre piedras incas, viejo pero muy digno, girando alrededor de su plaza de pasto y de su maravillosa iglesia colonial. ¿Por qué Chinchero me ha emocionado así? Será la hora de la tarde, el color del cielo, las niñas recostadas sobre la tierra observando felices volar un cometa. O tal vez sus mujeres, sus incomparables tejidos, sus vestimentas coloridas, su hablar cansino, su mamacita cómpreme algo, que se mete hondo en el corazón.
Querría llevarme todos los ponchos y mantas a mi casa, pasar la mano por todos ellos, acaparar su textura, su vejez, su arte, su color. Sin embargo está escrito que me enamore de uno, de un aguayo increíble de fondo violeta que cuelga solitario de una pared terrosa. Lo miro y pienso es mío, lo quiero para mi casa, pregunto cuánto cuesta, regateo como me han dicho que se debe hacer. Susana lo ha hecho, me dice mami, un mes me ha llevado tejerlo. Y le creo. No me alcanza el dinero, Susana. Se lo llevo a Cusco, me dice. No, contesto, prometo que voy a volver. ¿Volverá a Chinchero, María?, me pregunta Susana, incrédula. Sí, Susana, volveré y te lo compraré, ya verás.

Edward me espera en la entrada del pueblo. Le he prestado mi guía de Cusco y la lee concentradamente. Me ve venir y se sonríe. Interesante, muy interesante, me dice.

Al atardecer entramos otra vez a Cusco. Lo hacemos por uno de sus barrios más antiguos, a través del Arco de Santa Ana y de su empinada cuesta.
Se hace de noche, y lo único que quiero es escribir.

Continuamente él

Lo recuerdo todo el tiempo. Cada vez con más asiduidad, aunque especialmente antes de dormir. Recuerdo lo que me dijo, cada uno de sus gestos, cada uno de sus pequeños ritos entre las piedras de Sacsayhuamán. Sé que es imposible que retenga el olor al aceite de palo santo con el que me unté la cara y las manos a manera de depuración, el mismo que Mario esparció en la tierra cuando nos metimos dentro de la cueva, sin embargo lo huelo como si todo mi ser estuviera impregnado, como si yo destilara el aroma por cada uno de mis poros. Respiro y el olor viene y va, viene y va, intenso y tenue, tenue e intenso, pero siempre está. También está la oscuridad, la de mi habitación transformada en cueva, mis ojos cerrados, su extraño cántico y la figura nítida del puma que se dibujó frente a mí. Roja, roja fuego en la más profunda negrura.
-Dime qué ves, María.
-Un animal, un gato, un puma.
-Eso es Cusco, el poder, ése soy yo, un puma.
-Me mira, está sobre mí, la cabeza roja con destellos verdes y amarillos.
-No abras los ojos María, no temas. Qué más ves.
-Sólo eso, el puma entre mis ojos, estampado en mi frente, sobre mí-. Mis manos entonces se me fueron a mi cara, me protegí, lo aparté.
-Ya, tranquila, ¿tienes miedo?
-No, no...
-Lo has visto, se ha presentado, tú eres fuerte, puedes aprender. Si estás dispuesta te enseñaré.
¿Quiero aprender? ¿Aprender qué? Lo que siento es una enorme fascinación, una inmensa curiosidad, la provocación del riesgo. No sé si soy yo, no sé quién soy, aunque soy conciente de que he pasado los límites de la seguridad. He entrado en un territorio donde soy vulnerable, físicamente vulnerable. ¿Cuál es el poder de Mario? No habrá experiencia emocional, espiritual o metafísica que me impresione, no con él, lo sé. Sin embargo me entrego, lo sigo entre las piedras, bajamos hasta el caserío blanco, se va haciendo de noche. Ahora lo pienso y un escalofrío me recorre entera. Pienso en lo que hubiera podido pasar. Así me suele suceder cuando algo fantástico me ha ocurrido. Comienzo a procesarlo un tiempo después; he comenzado a elaborarlo, a pensarlo, y más que recordar qué fue lo que sentí, me paraliza lo que siento ahora.

Mario, el chamán, me acompaña desde algún lado, continuamente. Me observa. Yo lo observo, también, y me digo que ya sabré qué hacer con él. ¿Querré que siga ahí, conmigo? No tengo que tener miedo, no ahora. No lo tuve allí, en la cueva, en su estudio, caminando la noche; por qué tenerlo ahora. Él es fuerte; me digo que yo también.

En la tierra

La fascinación es tan profunda que se me manifiesta en la boca. Agua la boca se me hace cuando pienso en el Cusco, y aunque sé perfectamente que la sensación es primaria, animal, reflejo de un básico instinto posesivo, quiero devorar todo su territorio. Podría decir más poéticamente que necesito hacerlo mío, rastrillar minuciosamente su mapa, recorrer sus carreteras, sus trochas y sus sendas, pero la idea es que cuente la verdad: tengo hambre de Cusco, y para saciarme necesito ver, palpar, olfatear, degustarlo como si fuera un banquete, lentamente, minuciosamente, entero.
Anoche Ernesto me llenó la cabeza con lugares a los que hoy imperiosamente necesitaba ir: la laguna de Huaypo, el pueblo fantasma de Maras, sus salineras de la época prehispánica, y más allá, el enigmático Moray.
-Vete a la aventura, María- se había reído Ernesto, -aunque tal vez no vuelvas- se siguió riendo.
Irse a la aventura para Ernesto es subirse a un colectivo con dirección al primer destino y luego aguardar a que venga otro para llegar al siguiente objetivo. En el ínterin pueden pasar varias cosas: que jamás venga otro colectivo, que de pronto vengan uno o más, pero nunca con dirección a ese lugar adonde uno quiere llegar, o que milagrosamente aparezca uno, pero tan abarrotado de gente que sea imposible subir.
Mientras tomaba el desayuno lo pensé. Me imaginé sentada a la vera del camino durante horas, esperando sin saber muy bien qué, entonces lo llamé a Edward y le dije que tenía un itinerario que quería hacer. Mediodía, le dije, sólo mediodía pero por caminos de tierra. Y recalqué eso, lo de los caminos de tierra. Ya, me dijo, voy para el hostal y me muestra en el mapa.
Le expliqué mi plan. Él, como siempre, calló un rato, me dijo que tendríamos que andar despacio, me preguntó si tantos soles me parecían bien y cuándo quería partir. Diez minutos después salíamos de Cusco por Sacsayhuamán.
Nuestro itinerario rumbeó hacia el oeste, los primeros kilómetros por la ruta que va hacia Lima. Llegamos al pueblo de Izcuchaca y Edward, en piloto automático, estacionó su auto en la puerta del mercado, convencido de que querría entrar. Sorpresivamente le dije que no. Como si hubiera perdido algo que necesitaba con urgencia recuperar, quería dejar atrás el asfalto, meterme en la tierra y llenarme los pies de polvo. Le dije: ya comencemos la aventura. Entonces dejamos atrás la plaza rodeada de viejos pisonays y buscamos entre las huertas y las últimas casas de Izcuchaca el camino hacia la laguna de Huaypo. El Tiko se zarandeó entre pozos y piedras, y por una ladera cubierta de eucaliptus comenzamos a ascender. Salía el sol entre las nubes, el camino estaba desierto, llegamos a una pradera pelada, luego comenzamos a descender. Habíamos salido del radio de la ciudad de Cusco, traspasado los picos que la cierran; ahora sí, a nuestros pies se extendía vasta, callada, antigua la tierra. Se recortaba en parcelas pardas, grises, marrones, medio rojizas, todavía seca y adormecida de invierno. Aparecieron humildes ranchos de adobe, marianitos sueltos, mestizos yendo y viniendo de alguna parte y más allá, una gran laguna azulada. Dije en voz alta qué belleza, y le pedí a Edward que se detuviera. La laguna de Huaypo resplandecía mansa, apacible, rodeada por la tierra labrada. Me bajé, me fui por un tosco surco abierto hasta la orilla. Respiré hondo, olí el barro, se volaron unas garzas muy blancas, se desperdigaron balando meeeeee unas ovejas. Me negué a subir al auto, le hice señas a Edward que avanzara y caminé. Enterraba los pies en la tierra suelta, trastabillaba, me arrodillaba, sacaba fotos, gozaba. Parecía que estaba sola, sólo yo, la laguna y la tierra, sin embargo en ese silencio había más cosas. Entre los juncos y con medio cuerpo en el agua remoloneaban unas enormes vacas, aquí y allá se veían pastores solitarios cuidando sus manadas. A veces eran niños, otras, mujercitas, cholas, hilando su lana tranquilas, sentadas como si nada en el polvo de las parcelas aradas.
Lejos se veían grupos de labradores que ya almorzaban. Comían su dieta y tomaban su chicha allí mismo, bajo el sol y entre los terrones secos, mientras sus bueyes, con las cabezas gachas, pacientes, esperaban.

Volví a subir al Tiko, el camino muy suave trepó y bajó. Llegábamos al final de la laguna cuando de pronto, y como si aparecieran de la nada, vimos a un grupo de niños muy pequeños con su maestra. Venían en fila haciendo equilibrio por un surco abierto; al fondo, como un marco, la laguna, los juncos y dos marianitos. Frena, le dije a Edward. Bajé con la cámara en mano.
-¡Hola!- saludé.
-¡Hola!- me dijo la maestra, y en seguida se dirigió a los chicos: -Saluden niños a la señorita...
-¡Hola!- gritaron los pequeñuelos al unísono.
-¿Qué han venido a hacer? ¿Están paseando?- pregunté.
-Sí- me contestó la maestra -Hemos venido a ver el reflejo de la luz en la laguna... Es que estamos estudiando el sol...
-Ya... Sus niños son hermosos. ¿Podría sacarles una foto?- pregunté.
-¡Pues claro!- contestó la maestra, mientras acomodaba a sus niños.
-Digan chi-cha- dije yo.
-¡Chi-cha! ¡Chi-cha!- gritaron los chicos, y saqué dos fotos, una con maestra y otra sin ella.
-Agradezcan a la señorita- dijo la maestra a los niños.
Y los niños me dijeron gracias, antes que yo pudiera explicarles que no, que no, que no, que la agradecida era yo. Luego la laguna de Huaypo y los niños quedaron atrás. Me di vuelta y allá estaban algunos todavía, saludando con las manitos en alto, diminutos y difusos en medio del terragal.

Pachamama

La conexión es con el más allá, el universo, lo divino, como uno quiera llamarlo. Eso es el cielo constante, el aire que se respira, presencias etéreas que me rozan, voces sin rostro que me hablan. Cusco es la altura infinita, lo que penetra por mi cabeza y baja certero hasta mi entendimiento aunque no lo entienda, pero también es la tierra dueña de mi cuerpo, mi sangre y mis huesos hechos de ella, una sensación que no es ni emocional ni mental, sino puramente física. La percibo sobre todo en el centro de la planta de mis pies, siento un hormigueo en el hueco bajo los empeines, como si en cualquier momento me fueran a crecer raíces, como si necesitara tener raíces por donde alimentarme, con que sostenerme. El cielo padre, allá arriba, envolviéndome desde que llegué, y ahora la tierra madre, Pachamama, pariéndome, nutriéndome bajo mis pies. En medio de los cerros, mis brazos estirados al cielo y mis pies en la tierra, soy un nexo entre Él y Ella, un humilde hijo, espíritu y carne, lo que nunca muere y tiende a elevarse, y lo que muere y se hunde y se pudre y luego transformado en otra cosa e imbuido de otro espíritu vuelve a nacer.

Aquí se siente con otra intensidad, se vibra a otra velocidad. Se escucha y se ve con el entendimiento y los sentidos exacerbados, multiplicados, amplificados. Sin embargo todo resuena como si alguna vez hubiera sido aprehendido y conocido, todo es natural y lógico y todo tiene un porqué, y si no lo tiene, por algo que debe permanecer oculto será. La gente que ha nacido acá lo sabe sin tener que aprenderlo, sin siquiera pensarlo: El cielo es lo inasible, lo inconmensurable, la máxima aspiración. La tierra en cambio es contundente, es el regazo y el abrazo, el pan, la risa y el llanto, el pasado, la añoranza, la memoria y la identidad.

Lejana


No hicimos caso al desvío hacia el pueblo de Maras. En vez de tomarlo, Edward continuó por una angosta trocha directo hacia el abismo. Atravesábamos una pampa amarillenta, altísima sobre las cumbres que encierran el Valle Sagrado, y a nuestro alrededor parecía no haber salida, sólo precipicios. Jamás había estado en una mina de sal, o salinera, como le llaman acá, pero por el momento lo único que me intrigaba era cómo y por dónde íbamos a bajar hasta allí. El Tiko avanzó un poco más y llegó al límite de la llanura, luego giró: en la cornisa de una profunda quebrada aparecía desdibujado y medio desmoronado un camino. Bajamos tambaleándonos a 5 kilómetros por hora. El paisaje era absolutamente irreal. Nos habíamos metido en un tajo de la montaña asombrosamente verde por donde venía un arroyo desbocado. Tres curvas más abajo y de pronto, al otro lado, ocupando buena parte de la abrupta ladera, pude ver la salinera.

Lo primero que se me ocurrió fue que un trozo de luna se había caído a la Tierra y que sus despojos blancos, como si fueran cuencos, se habían llenado de agua cristalina. Eso era lo que veía. Bajamos más, caracoleando, hasta que todo quedó atrás y el mundo fue una extraña y gigante colmena hecha de sal. Edward estacionó y me fui a caminar por los pasadizos blancos. Aun con anteojos negros y sombrero entrecerré los ojos: el sol brillaba y la sal enceguecía. Todo era blanco, tanto que parecía que el color se olía. Blanco sucio los estrechos caminitos de sal, blanco amarillento los paredones, blanco níveo las acequias por donde fluía el agua, blanco plateado el fondo de las 3000 pozas cubiertas de agua quieta.
En ese universo salado, soleado, extrañamente silencioso, trabajan hombres desde épocas prehispánicas. El tiempo ha pasado, mil cosas han sucedido, sin embargo los comuneros de Maras que ‘trabajan la sal’ la siguen extrayendo del mismo modo que 500 años atrás. Sin nada que les proteja la vista de tanto resplandor, descalzos y con el agua a los tobillos, la rastrillan lentamente con una tabla, la van seleccionando en montoncitos, luego la cargan a la espalda en grandes bolsas y la suben lento por los estrechos y empinados senderos hasta el desvencijado almacén.
Cuando ya me iba me crucé con un porteador de sal. Busqué el encuentro a propósito, lo quería ver. Venía doblado en dos por el peso de la bolsa, su cabeza cubierta por un sombrero de alas anchas y las piernas al aire, supuse que porque llevaba arremangado su pantalón. Recién cuando lo tuve a un paso me di cuenta de que usaba pollera: el porteador era una mujer. Me quedé helada, se me revolvieron las tripas y el corazón.
Y fue instantáneo y extraño. Nos miramos; por un instante sus ojos oscuros se metieron en los míos. Entonces recordé un cuento de Cortázar que leí hace mucho tiempo: Lejana. En la historia, Alina Reyes, mundana y con una vida confortable, se topa en su viaje de luna de miel -porque la busca, porque la ha estado soñando- con una mendiga. Se miran las dos, se abrazan las dos, y cambian de lugar, la pordiosera se va vestida de Alina y Alina Reyes se queda aterida de frío en un puente sobre el Danubio, en Budapest.
La porteadora siguió su camino. Yo me quedé inmóvil en la senda de sal, el abismo blanco de la salinera cayéndose a mis pies. No era que los ojos de la mujer me hubieran hecho recordar un cuento, era algo mucho más fuerte. Tenía la loca certeza de que ella y la mendiga de Lejana eran la misma persona. Al leer la historia años atrás, yo había visto su cara. Atiné a preguntarme qué era más asombroso, recordarla, reconocerla, encontrarla.

Fui subiendo muy despacio hacia donde estaba Edward. Lo veía allá arriba, esperándome. Viajo por un mundo donde todo puede ser, me dije. Y volví a darme cuenta que, como una gran contradicción, yo seguía sin sorprenderme de nada.

La memoria de Maras

Como de un sueño, salimos del tajo en la montaña y atravesamos la llanura amarillenta en sentido inverso. Íbamos hacia el pueblo de Maras y su silueta ya desde lejos impresionaba: se lo adivinaba muerto, reseco, abandonado al sol y al viento. En Maras el adobe de los muros se ha deshecho, los tejados se han hundido, los aleros se han derrumbado. Los frentes carcomidos de las casas están más abajo del nivel del suelo, como si lo único que hubiera crecido con el tiempo fuera la tierra de las calles y un enorme olvido. Maras parece una antigua escenografía desbaratada, de la que sólo quedan 134 increíbles portadas de piedra y viejas puertas clausuradas. El resto es aire, vacío.

La historia de Maras es triste. Siglos atrás, el pueblo fue rico gracias a las salineras. Los ‘mistis’, los terratenientes que presumían de blancos, eran dueños del lugar. En toda la América cobriza ha habido una brecha insalvable y despiadada entre los señores blancos y los indígenas, pero aquí en Maras, los mistis -tal vez porque ellos mismos dudaban de la pureza de su sangre-, fueron muy lejos con su afán colonialista y su fervor religioso: se propusieron borrar el pasado de su tierra. Sobre las piedras donde los indígenas hacían sus pagos a la Pachamama construyeron iglesias y ermitas, donde se adoraba al sol levantaron cruces, enterraron la antigua lengua, arrasaron con costumbres y tradiciones. Así vivió Maras por un largo tiempo, rica, bella y engañada. Después las salineras dejaron de ser negocio. Los mistis empobrecieron, se fueron o se murieron, y quedaron los indígenas, sin memoria, sin identidad. La decadencia entonces fue brutal.
Todo esto lo supe por una arqueóloga cusqueña que levantamos en el camino de vuelta del enigmático Moray, un extraño y sofisticado vivero de andenes concéntricos donde los incas experimentaban con plantas y aclimataban cultivos. El único acceso a Moray -un camino bellísimo y solitario que atraviesa campos sembrados-, pasa por Maras, así que durante el regreso me fui enterando de su historia. La arqueóloga hablaba con tristeza, aunque con cierta esperanza comentó que desde hace poco funciona en Maras un centro de reeducación, donde se enseña a los indígenas a fabricar artesanías según las costumbres de sus antepasados. El propósito es reinsertarlos en la sociedad dándoles algo de lo que puedan sentirse orgullosos y que les permita, mediante la venta de sus productos, vivir mejor.
“Qué extraña la vida, ¿no?”, terminó la arqueóloga, “una vez los obligaron a olvidar; de lo que se trata ahora es que logren recordar”.

Otra vez Chinchero

Fui en busca de mi aguayo violeta. En el lugar no estaba Susana, pero ni bien la nombré, el hombre que me atendía me preguntó si yo era María. Me pidió que esperase un ratito, salió corriendo, y en seguida, roja por la carrera, apareció Susana. La cara se le desfiguraba por la sorpresa.
-Señorita María, señorita María, ha venido...
-Te dije Susana que iba a volver...
Pagué los 120 soles sin regatear. Feliz, abrazada a mi manta, bajé por la cuesta y me subí al Tiko.
-Mira Edward qué maravilla.
-Ya... Interesante... muy interesante...

Edward y yo

Él era mi taxista, yo su pasajera. Así fue siempre, sin embargo, con el tiempo la relación se estrechó y se convirtió en mucho más que eso. ¿Cuándo fue que pasó? Tal vez fue volviendo de nuestro largo viaje al Valle Sagrado, cuando en seguida de darme una respuesta Edward hilvanó su primera pregunta. Al principio eran preguntas generales. Me hablaba de las fiestas en los pueblos y me preguntaba sobre cómo se festejaba en Argentina, me describía algún plato típico cusqueño y quería saber qué se comía en mi país, me contaba sobre las tradiciones indígenas y me pedía que le hablara sobre los antiguos habitantes de mi tierra. Así, hasta que ya llegando a Cusco me preguntó algo más personal.
-Y usted, María, ¿cómo es que anda solita?
-Yo no ando sola, Edward, ando contigo- me reí.
-Ya... pero se ha venido sin compañía...
-Es que soy periodista y estoy acostumbrada.
-Ya... pero ¿así le gusta?
-Me gusta estar sola y me gusta estar bien acompañada. Pero fíjate, Edward, que si yo hubiera venido con alguien no tendríamos esta conversación. Tal vez ni nos hubiéramos conocido, y a mí me encanta haberte encontrado. Estoy aprendiendo mucho contigo.
-Yo también aprendo con usted, María.
Creo que más o menos así fue esa primera conversación. Luego, a lo largo de los siguientes viajes hubo otras. Edward siempre las iniciaba preguntando, tan natural y espontáneo como cuando traducía una palabra del quechua o contaba una de sus maravillosas historias. Así fue como dentro del minúsculo Tiko se generó un clima muy especial. No eran sólo las conversaciones lo que fluía fácil entre los dos, sino el hecho de estar juntos. Las horas se iban sin que nos diéramos cuenta; a veces yo pasaba mucho tiempo enfrascada en el paisaje sin decir una palabra, otras tomaba mi cuaderno y escribía ensimismada; entonces Edward sólo manejaba. Pero de pronto yo comentaba algo que me sorprendía, le hacía varias preguntas una atrás de la otra, le pedía que se detuviera para sacar una foto y que luego él me sacara una a mí, ya que en medio del terragal de la laguna de Huaypo le había enseñado a manejar mis cámaras. ¡Ahora Edward!, le gritaba yo poniéndome en pose, y él me decía ya María, y se reía.
Generalmente después de esos momentos livianos como el viento venían sus preguntas más personales. En qué consistía mi trabajo, dónde había aprendido yo a escribir, y sobre todo, qué cosas escribía. Eso le intrigaba; una y otra vez, de distintas maneras, volvía al tema.
-Escribo lo que tú me cuentas.
-¿Eso escribe?
-Eso y algunas cosas más. Lo que veo, lo que escucho, lo que siento.
-Como en un libro.
-Como cuando tú hablas. Yo cuento escribiendo, tú cuentas hablando. Tú no lo notas, Edward, pero cuentas divinamente. Sabes contar. Serías un excelente guía de turismo.
-A veces lo he pensado, pero no he estudiado.
-Bueno, estudiar es importante, pero no es todo. Tú has nacido con el fabuloso don de contar. Eso no se aprende en ninguna universidad.
-Ya... ¿usted cree?
-Sí, yo creo-, le decía. Edward entonces se quedaba pensativo.
Había otra pregunta que continuamente iba y venía, seguramente porque no le conformaba mi respuesta. A toda costa quería saber si siempre había sido así de aventurera y valiente. Eso me hacía reír.
-¿Por qué piensas que soy valiente?
-Porque es mujer y anda sola. Aquí eso no es corriente.
-Bueno, te diré que yo no me doy cuenta de cómo soy. Hago lo que me gusta, nada más. En todo caso tengo un increíble ángel guardián. Tú porque no lo ves. Sabes, en este momento va muy atento sentado en el asiento de atrás.
-Ya, María-, se sonreía.

Al final de ese segundo día yo ya sabía que Edward había trabajado transportando pescado a Arequipa y verdura a Lima, y que había pasado una temporada en Machu Picchu contratado por el INIA, el Instituto Nacional de Investigación Agrícola. Sabía también que tenía 33 años, que era muy curioso y dormilón, que le gustaba salir de noche y vestirse bien, que quería aparentar más años para conquistar mujeres jóvenes, porque según él a las muy jóvenes les gustaban los hombres de más edad.
Él sabía de mí que cuando a la tarde volvía a Cusco me metía en un cíber a escribir, que a toda hora comía chocolates, que de noche estaba tan cansada que lo único que hacía era dormir, que trabajaba en España pero que mi casa estaba en Argentina, que hablaba en inglés, que hacía deportes, que vivía como una gitana, un poco allá y otro poco acá, y que en dos días cumplía años.
-¿Su cumpleaños? Interesante, muy interesante...
-Sí, venir a Cusco ha sido mi regalo. Fíjate qué buen regalo. Pero dime Edward, ¿tú no tienes hambre? No hemos comido nada. ¿Quieres una banana?
-Ya, y usted ¿quiere ‘inchik’?
-Ya, qué buena combinación, banana y maní.

Así volvíamos a Cusco ese atardecer, de a ratos hablando, de a ratos en silencio, y cada tanto riéndonos. Yo estaba tan cómoda que no me daba cuenta de lo hondo que Edward se me estaba metiendo en el corazón.

Desde dentro

Tampoco voy a pensar en él, me digo que ya no tengo que pensar en él. Mario fue eso que fue, el momento, la experiencia y la forma exacta en que la viví, extrañamente desdoblada, como si en mí corrieran en paralelo la confianza y la desconfianza, la entrega y el control.
Basta ya, no pensaré más, no recordaré más, no sentiré su mano de hombre en mi pecho, mi súbita alarma, el brusco despertar.
-Me tengo que ir.
Estaba tendida sobre el camastro de su estudio, mi cabeza apuntando hacia la ventana por donde asomaba un pedazo de luna. Mario, sentado en la cabecera, desde hacía rato dibujaba formas sobre mi frente, sobre mis sienes, rezaba Padrenuestros, invocaba extraños nombres en quechua. Y de pronto su mano bajó a mi pecho, un poco más abajo de mi garganta, directamente sobre mi piel. Me levanté, dije me tengo que ir.
-María...
-Me tengo que ir. Se ha hecho de noche. Cómo volveré a Cusco.
-Qué pasa. No quieres aprender.
-Ya veré qué quiero. Pero es suficiente por hoy.
-Ha sido mi mano en tu pecho, no confías.
-Ha sido un día muy fuerte. He llegado a Cusco ayer. Anoche casi muero por el soroche. Y hoy te conozco a ti. Ya veré, ya veré qué quiero hacer. Cómo me voy.
-Te acompañaré. Primero iremos a ver a mis niños...
Salimos al patio de tierra. El caserío seguía vacío. No había ni una sola luz, sólo brillaba la luna. Respiré aliviada el frío de la noche.

No voy a pensar en él. No tendré miedo. No tengo por qué.
Vete Mario, chamán, hombre, puma. Aléjate, hasta aquí llegas. Aquí estoy yo.

De noche

Han pasado algunos días, no sé cuántos. Así ando desde que llegué a Cusco, sin saber en qué día o a qué hora vivo. Sigo perdidamente enamorada de este lugar, de su gente, de su ritmo, de tener que elegir entre sólo dos mudas de ropa cuando me visto a la mañana. Me resisto a partir. Es como estar atrapada, como si fuerzas invisibles me retuvieran, ayudadas por una parte de mí. Me dicen, para qué irte, si estás tan bien aquí. Yo les digo que tienen razón, que en realidad lo que más quiero es quedarme, aunque no sepa bien por qué.
Pero otra parte de mí me apura, me provoca. ¿Viniste hasta acá y no seguirás hasta Bolivia? ¿No conocerás Copacabana? ¿Te perderás el Titicaca, Puno? ¿No irás a Arequipa?. En Puno está nevando, así que es fácil encontrar una excusa para no ir. Pero Arequipa...
La gente también influye. Me cuenta sus rutas maratónicas y se queda mirándome con extrañeza, incrédula de que no aproveche el viaje para viajar todavía más. ¿Pero dónde está escrito que deba moverme tanto? Un viaje no es lo que se ve, es lo que se siente, me repito continuamente, un viaje no es lo que se ve, es lo que se siente...
Sin embargo, para apaciguarme y quedar bien con Dios y María Santísima, elaboré un plan y en LanPerú cambié y saqué billetes, cosa que no pueda hacer marcha atrás: al volver de Machu Picchu me quedaré un par de días más en Cusco, los suficientes para terminar de ver todo lo que todavía quiero ver, y luego me tomaré un avión a Arequipa. Desde allí volaré directo a Lima. O sea que iré a algún lado más. El viaje no será sólo trece días en Cusco -y obviamente Machu Picchu-, sino ‘fui a Cusco y Arequipa’, lo que suena mejor.
Tengo la tonta sensación de que he vuelto a ser persona, me parezco a los demás: estoy organizada, tengo fechas y horarios de vuelo, tengo un destino marcado.
No puedo negar que el irme a Arequipa me entusiasme, pero algo extraño me sucede. Muy en el fondo una voz me dice que quizá mi entusiasmo no sea real.

Mañana temprano parto a Machu Picchu, y eso sí me llena de genuina ansiedad. Tengo mi boleto para el primer tren que sale de la estación de San Pedro, ya preparé mi mochila chica con lo mínimo indispensable, ya pedí en el hostal que me despierten a las 5 de la mañana.

Cené en Kusikuy, un restaurante barato y agradable que está sobre la misma calle Suecia, a eso de las siete. El restaurante estaba vacío, así que mientras comía el kabshi de habas y el pollo asado, me dio conversación Luciano, su dueño. Como muchos otros cusqueños, Luciano se fue del Perú cuando Sendero Luminoso sembraba de terror estas tierras. Anduvo por Argentina, por el norte y por el sur, y durante un año y medio se quedó en El Bolsón, donde se mantuvo vendiendo artesanías. Luciano es pintor, estudió arte aquí, en Cusco, y como todo artista que se precie tuvo que montar un restaurante para sobrevivir.
Podría haberme quedado unas horas con él hablando de lo que fuera, o escuchando a Gotan Proyect, que como si viniera de otro planeta sonaba también en Kusikuy. Pero mañana me voy a Machu Picchu, y antes de las grandes ocasiones me gusta guardarme, meterme muy adentro en mi cueva.
Esta noche ni siquiera voy a escribir.

En el Backpacker

El tren sale de Cusco hacia Machu Picchu haciendo zig zags. Esto es, hace un trecho hacia adelante, cambia de vía y va marcha atrás. Así 6 veces, hasta que sale del pozo donde está metida la ciudad. En este tramo que dura 30 minutos uno recorre su periferia y ve pura miseria, una suciedad casi insoportable, un deterioro que preferiría no mirar.
Son las seis de la mañana y adentro del tren Backpacker que costó ida y vuelta 60 USS está helando. Todos vamos tiritando, con guantes, gorros, camperas y bufandas. Una vez que llegamos a cierta altura, el tren al fin embala y toma cierto ritmo, un traqueteo constante que hace pensar que ahora sí, ya fuera del pozo, comenzamos a avanzar.
A pesar de que hace días que estoy acá, es la primera vez que me enfrento a tantos turistas. Lo admito: en Cusco, rumbo a Machu Picchu, existe el turismo masivo. En el vagón soy la única sudamericana. Agosto es el mes de los yanquis, de los japoneses y de los europeos, sobretodo italianos y españoles, que como si estuvieran en Marbella no se despegan ni un minuto de sus celulares. Prima la gente joven y de mediana edad, y aunque entre los viajeros hay algunos muy personales y atractivos, son otros los que insólitamente acaparan toda mi atención.
Vienen en grupo, con guías bilingües o, quién sabe, hasta trilingües por si las moscas, y tienen cada uno de sus movimientos absolutamente planeados, organizados y controlados. Sus equipos te pasman: ropa que se adapta instantáneamente a los cambios climáticos, cámaras y videos de última generación, mochilas aerodinámicas y relojes con GPS incorporado. Así, protegidos de la lluvia, del castellano, de los mosquitos, de la vida y hasta de los mismos peruanos, han llegado a estos confines. Será que está de moda ser aventurero, me digo, así que disfrazado de cápsula hay que viajar hacia el Perú. No importa que uno venga como si fuera a Disney, que haga todo en tres días, que llegue a Machu Picchu en el tren de las 12 y regrese a Cusco en el de las 17, total habrá tiempo para sacar fotos, filmar y poder mostrar a la vuelta que uno estuvo acá.
Me enojo, no puedo conmigo misma ni con lo que veo, y elevo una protesta muda al cielo. Me las agarro con la televisión, con la sociedad de consumo y el dinero. Termino pensando que el mundo está loco o yo estoy loca, una de dos, aunque no por mucho tiempo, la verdad. Más vale me las paso asomada por la ventana cuando al fin puedo destrabar el vidrio, cara al viento, cámara en mano. Voy en el último vagón y me encanta ver la locomotora humeando blanco en las curvas. La miro, la escucho pitar continuamente y le saco fotos. Vamos siempre al lado del Vilcanota, encajonados al otro lado por un terraplén, un pueblo o verdes sembradíos. Los niños saludan al tren que pasa, las vacas huyen espantadas, otra curva, mi cara al viento y el tren, brillante y azul, vuelve a pitar.

Todo es hermoso y armónico hasta que dejamos bastante atrás Ollantaytambo. Entonces el tren se detiene. Aparece el guardia que controló los boletos y que hace un rato nos vendió té de coca, torta y galletitas. Muy formal anuncia que hemos despejado la vía para darle paso al Backpacker que viene de Machu Picchu. Pero los minutos pasan y nada sucede. Un corrillo se arma en una punta del vagón; los guardias deliberan. Uno toma la palabra y vuelve a anunciar: ha habido un desmoronamiento y las vías han quedado bloqueadas. Nos pide paciencia y luego traduce al inglés: People, please pacience, please pacience. La gente no se mueve de sus lugares y no atina a decir nada, desconcertada. Vuelven a pasar los minutos, se cumple media hora, cuarenta minutos, entonces el mismo guardia, ahora munido de un megáfono, comienza a hablar. Esta vez ni siquiera explica en castellano, en cambio arremete directamente en su desopilante inglés: Misses and sirs, big big rock on the trail. The train no run. People of train from Machu Picchu come this train. We go to other train. Misses and sirs, we walk. Stand up, walk. 
La gente se mira entre sí, dudando si ha entendido bien. Pero los guardias son prácticos y hacen gestos con la mano para que todos nos levantemos y salgamos del tren. La escena es simplemente fabulosa. Por las vías viene el contingente del Backpacker de Machu Picchu. Pelos rubio oro bajo el sol, mochilas enormes, algunos desubicados hasta con grandes valijas Samsonite con rueditas. No se sabe bien cuánto han caminando, pero se los ve cansados. Para que no nos mezclemos, los guardias los hacen subir a unos viejos vagones de carga, entonces nosotros, en ordenada fila india, y a la voz de Come, people! comenzamos a andar.
Vamos un rato por la vía, después trepamos a la montaña por un sendero de burros. Los guardias corren de un lado a otro, manteniendo el orden. Slowly, slowly, dicen. La senda se pone cada vez más complicada, ahora bordeamos desde muy arriba el Urubamba. El río hace tanto ruido que los guardias tienen que gritar. La gente se muere de calor, de las mochilas salen cremas para el sol, sombreros y anteojos negros. A cada rato nos detenemos, no sabemos por qué. Finalmente llegamos al punto más alto, desde ahí ya se ven otra vez las vías y el otro tren. La gente suspira entre los pajonales, espanta mosquitos, moscas y hasta un par de vacas, que atraídas por semejantes extraterrestres se han acercado a husmear. Después, lentamente comenzamos a bajar.
Los primeros de la larga fila van subiendo al tren. Slowly, misses, slowly sirs, insisten los valientes guardias. Subimos todos en un tren mucho más pequeño que el que nos traía. Nos amontonamos como podemos; yo termino sentada en el suelo. Desde ahí veo cómo cambia el paisaje. La montaña se vuelve tupida selva, sólo la estrecha lonja de tierra entre el río y las vías aparece habitada y cultivada. El valle se hace más angosto, la vegetación se cierra como una cortina verde y ya no deja ver el cielo; el río, apretado, corre en estampida cristalina sobre enormes piedras blancas. El tren avanza lento, una y otra vez vuelve a pitar.

A pesar del señor que mueve en el aire su celular en busca de señal, creo que todos en el tren están conmovidos. Yo siento que me ido muy lejos, siento que estoy llegando al fin del mundo.

Realismo mágico

Abarrotada, desordenada, amontonada y fea, aunque de tan fea, increíblemente pintoresca, Aguas Calientes -rebautizada, aunque nunca llamada Machu Picchu- no parece de verdad ni para siempre, sino, más vale, estar escrita en un novela. Es que Aguas Calientes es inverosímil, estrafalaria y sorprendente, como suelen ser los sueños, las buenas historias y los hormigueros.
Por empezar éste es un pueblo comunicado con el resto del mundo sólo por el ferrocarril. Sí, menos la fruta y la verdura, que vienen desde las tierras cultivadas pegadas al Urubamba cargadas a las espaldas de los campesinos, y el pan, horneado en el pueblo, la gente, el repelente para mosquitos, los remedios, las sábanas, los vidrios, el cemento, el maquillaje, los zapatos, los perfiles de hierro, los colchones y hasta los animales llegan en tren. Aguas Calientes se inventó y creció por necesidad sobre un campamento minero perdido en las montañas hace ya unas décadas y ni su planta urbana ni su emplazamiento fueron jamás autorizados o planeados. Dónde pedir permiso y para qué, se habrá preguntado la gente, que aventurera o desamparada, y en gran mezcolanza, iba llegando y estableciéndose, atraída por el comercio que generaban los primeros viajeros a Machu Picchu. Así que el pueblo se fue haciendo a su antojo, como mejor le vino en gana, alrededor de lo que más le importaba, que era las vías del tren. Llegó un momento en que por allí no pudo continuar porque se hubiera caído al río, entonces comenzó a irse con su arquitectura diversa y elemental, siempre ‘a medio terminar’, por una calle hacia arriba, hasta donde la montaña y la selva lo dejaron avanzar.

A ese increíble rincón del mundo llegó nuestro Backpacker, en vez de a las once, a las dos y media de la tarde. Alrededor de las vías la confusión era total. No importaba si hacia Cusco o hacia Aguas Calientes, nadie sabía si los trenes iban a salir, si iban a volver, si iban a regresar. Los turistas encapsulados que habían ido por el día a visitar Machu Picchu tal vez se tuvieran que quedar, los que volvían a Cusco después de varios días quizá también se tuvieran que quedar.
Qué maravilloso caos, pensé fascinada, y me fui a buscar un hostal, cualquier hostal.

Las alturas

Esa noche en Aguas Calientes soñé que rompía mi pasaporte. El sueño era clarísimo: lo tenía entre mis manos junto a otros papeles, lo partía en dos y lo tiraba a la basura. Ufff, qué habrá sido eso, pensé. Dormía entre sábanas que probablemente habían cobijado a otros sin pasar por la lavandería, pero no importaba, venía preparaba para una cosa así y me había metido en la cama vestida.
Aunque dormía profundamente, soñaba, escuchaba y también recordaba. Sí, estaba en un lugar donde todo era posible. Me acuerdo que un gallo no paraba de cantar y que cada tanto oía gente que pasaba bajo mi ventana hablando en distintos idiomas. Sabía que en plena madrugada se habían puesto en movimiento para alcanzar Machu Picchu antes que saliera el sol. Entre sueños me levanté una o dos veces, corrí las cortinas y vi que las estrellas todavía brillaban. Tal vez dormí un poco más, tal vez volví a soñar, pero de pronto me dije que era hora de ponerme en marcha yo también. Ya estaba lista cuando la india que hacía de mucama del hostal vino medio dormida a avisarme que eran las 5.
Afuera todavía era de noche y la calle estaba desierta. Bajé hasta el río, y junto con otros que emprendían la misma aventura, me puse a caminar en infinitos y agotadores zig zags por la montaña oscura hasta llegar al acceso de Machu Picchu. El corazón me latía acelerado de cansancio y excitación: el gran momento había llegado. Traspasé la entrada, y unos pasos más allá, velada todavía por lo que quedaba de la noche y protegida por el imponente Huayna Picchu, apareció la fabulosa ciudad de los incas.
Se abrían infinitos senderos; siguiendo mi instinto caminé hacia arriba. Otra vez se bifurcaron los caminos, seguí subiendo hasta el último andén. Ahí me senté. Como yo, había varios que esperaban en silencio el despertar del día. Cómo explicar la sensación. Desaparecieron las últimas estrellas y el cielo se puso violeta, luego azul, un azul desteñido. Aunque todavía estábamos en penumbras, las golondrinas ya revoloteaban rozando los andenes más altos. Se escucharon más pájaros, sonidos que subían desde la espesura, y hacia el este el filo de las montañas se puso primero rojo fuego, luego amarillo dorado. El sol se elevó, la cumbre del Huayna Picchu se iluminó.
Lo más fácil en ese momento era esconder la mirada y la emoción detrás de una cámara de fotos, disparar a cuatro manos con la excusa de no perder el increíble instante, pero ni eso pude hacer; es que veía todo difuso porque no podía parar de llorar. Supongo que a muchos les habrá pasado lo mismo, algo más o algo menos, pero lo cierto es que todos los que estábamos allá arriba comulgábamos un mismo pan.
El cielo rápido clareó, los rayos del sol entraron de lleno en la ciudad sagrada, mientras las montañas lejanas desaparecían en una bruma lechosa. No había ni una sola nube, tampoco había rocío. En las alturas el día sería perfecto. No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, por suerte ya sin llorar, hipnotizada por lo que veía. En un momento me dio hambre y me comí unas bananas que me había traído en la mochila. No tenía idea de qué hora sería, tal vez las 9 o las 10, porque la gente comenzó a llegar. Los veía pululando muy abajo, como hormigas de colores entre las ruinas de Machu Picchu. Por suerte las hordas no suben, no se les ocurre mirar desde arriba, sino que asisten a larguísimas clases de historia de arte dadas por sus guías.
A mí no me daban ganas de bajar. Para qué, me decía, qué mejor que verlo todo desde acá. El sol comenzó a calentar, me dio una modorra infinita, me acosté sobre mi mochila y me quedé medio dormida. Cuando me desperté decidí finalmente bajar y recorrer la ciudad. Bordeé los andenes donde pastaban un par de alpacas y llamas, bajé interminables escalones de piedra, me metí entre las ruinas y las caminé. Sí, la ciudad inca es impresionante, única, asombrosa. Pero me di cuenta que no me interesaba en absoluto recorrerla entera; lo que me fascinaba era estar arriba, mirarlo todo desde las alturas. Así que comencé a subir otra vez. Volví a mi sitio, a ése que temprano había elegido, apoyé la espalda contra una gran piedra y allí me quedé toda la mañana, haciendo absolutamente nada.
Al mediodía emprendí el camino hacia Inti Punko, o Puerta del Sol, el acceso a Machu Picchu por el Camino del Inca. Quería ver lo que ven los que vienen a pie, quería captar la emoción de los que llegan después de 3 días de caminata. Ascendí durante una hora por la ladera escalonada de la montaña, y en cada recodo las vistas del río, del valle y de la ciudad sagrada se hacían más impresionantes. Varias veces tuve que detenerme a respirar, tomar el agua que de su cantimplora me había cedido un extraño y personal guía cobrizo, y proponerme continuar. Es que me moría de calor. Pero llegué, y durante un rato estuve sentada con las piernas colgando sobre el fabuloso precipicio pensando en un par de personas muy queridas que hace unos años caminaron el camino. Aquí se habrán sentado mis dos hijos, me dije, y fue como sentirlos a mi lado.

Desde allí volví a Machu Picchu y muy lento hasta Aguas Calientes. Ya eran las 3 cuando me senté en un restaurante donde compartí mesa y enormes pizzas con varios que como yo acababan de bajar. Eran franceses y yo apenas balbuceo el francés, pero en ese momento nada importaba, nos unía algo mucho más fuerte que el idioma: el haber estado allá.

A las 5, bajo una llovizna azulada, subí al vagón F del atiborrado Backpacker. El ambiente había cambiado por completo, ya nada se parecía al tren de la mañana anterior. Había de todo, sí, pero los inmaculados encapsulados pasaban desapercibidos. En cambio, como si emanaran una luz especial, resplandecían los que estaban sucios, quemados por el sol, picoteados por los mosquitos, mal dormidos y semiagotados.
Me miré y descubrí que yo estaba igual, y quizá por segunda o tercera vez en mi vida me gustó ser parte de la manada. Durante cuatro horas el tren traqueteó con su maravillosa carga de seres humanos. En mi vagón hubo momentos de silencio donde todos parecían dormitar, y otros en que en el ambiente estallaban las risas, una risas francas, distendidas, contagiosas.

Yo estuve bastante callada. No sé en que habré estado pensando, quizás en nada. Sólo tenía conciencia de la inmensa sensación de bienestar que se había apoderado de mí. ¿Me atreveré a decir que era paz? Sí, por qué no, lo que sentía era una extraordinaria e infinita paz.

Las alturas II

Escribo desde aquí arriba, mi espalda contra la piedra, el sol sobre mi cabeza y mi cuaderno apoyado sobre la mochila. Coronando lo que el universo me viene sugiriendo desde que llegué a Cusco, Machu Picchu me dice claramente que vaya más despacio. Por eso es que volví a mi sitio (lo digo con orgullo, como si realmente fuera mío, pensando en ese sitio que Castaneda por orden de Don Juan busca y tarda horas en hallar, a pesar de encontrarse en una habitación minúscula y vacía) decidida a quedarme quieta, o en todo caso a moverme mucho más lento. Bajé a recorrer sus ruinas y sin darme cuenta anduve como si caminara por el 2003. Y me cansé, mucho, a pesar de mi pasable estado físico. Acalorada, agitada y sin disfrutar nada, me preguntaba cómo fue que a los incas se les ocurrió colgar la ciudad de estas alturas inaccesibles, cómo no les resultaba agotador el ir y venir. El cansancio a veces me provoca eso, que no levante vuelo para mirar con perspectiva y que no se me ocurra que las cosas –hasta el caminar- se puedan encarar de mil maneras diferentes. Sumergida en esos pensamientos de pájaro rastrero subía a paso redoblado y esforzado una de las interminables escaleras de la ciudad cuando de pronto escuché nítidamente una pregunta: María, adónde vas.
Entonces me detuve. Giré, miré el incomparable paisaje que tenía a mis espaldas, tomé agua y me senté. Después, cuando mi respiración se normalizó, volví a caminar, más despacio, con la nueva idea de que Machu Picchu era cansador para mí, para mi ritmo acelerado, pero para los incas, quienes seguramente iban mucho más lento, ese 'más despacio mío’ que tanto me cuesta incorporar, era la pura normalidad.

Siempre me ha fascinado el insondable misterio que hay detrás de la necesidad de emprender un viaje. Un misterio enorme, de los más fabulosos y esenciales, cargado de simbolismos, difícil de desentrañar. Qué es lo que uno sale a buscar, qué es lo que uno quiere cambiar, de qué quiere uno alejarse, con quién quiere uno encontrarse, adónde quiere uno llegar. Las preguntas son miles y demoledoramente precisas, las respuestas, apenas unas pocas y siempre vagas. A veces pienso que en el fondo el verdadero viaje es no saber por qué se viaja, algo así como la búsqueda en su estado más puro, más primitivo: la búsqueda recién salida de la nada, la búsqueda por la búsqueda misma. Recuerdo a Paul Bowles y a su impresionante novela “El Cielo Protector”, la historia de un viaje que se ha instalado a fuego en mi memoria: ¿Qué buscaba Port en su viaje por África del Norte? ¿Lo sabía, le importaba saberlo? ¿Qué buscaba Kit en su deambular por el desierto?. El no saber desarma, desnuda y hasta puede enloquecer, pero también multiplica los caminos, amplía los horizontes hasta el infinito, eterniza el viaje y convierte al viajero en incansable aventurero.
Ahora mismo, sentada en las alturas frente al Huayna Picchu, lejos de todo lo conocido y sola, me pregunto de qué se trata mi viaje y tengo que admitir que no lo sé. Sé que me empujó esa parte desconocida de mí, ese ser que a veces me domina y que no conozco, en quien a pesar de todo confío, porque es más sabio que yo. Pero no puedo ponerlo en palabras, no puedo explicarlo: No sé por qué me puse en marcha, no lo sé con claridad. Sin embargo tengo la certeza de que esa inquietud inmensa, secreta, inconciente e irrefrenable que motiva el viaje se pone en evidencia una y otra vez a medida que se viaja. Es un instante, una situación, una imagen, el silencio, cualquier cosa que como un destello ilumina nuestra mente. Entonces uno descubre que si tal cosa lo impacta tanto es porque estaba buscándola, porque una ínfima parte del viaje era para eso: sin habernos preguntado nada, nos sale al encuentro una respuesta que anhelábamos.
Así me sucedió mientras comparaba el ritmo inca, su caminar, con mi idea de lo que significa avanzar. Allí había algo fundamental, algo que sin que lo supiera había venido a buscar. El universo, preparándome para este momento, me dio pistas claras desde que aterricé en Lima: El tiempo no cuenta, me dijo, no importa lo que demores en llegar, cancelan mi vuelo y arribo a Cusco un día más tarde. Paciencia, todo llega, y recién después de dos días recupero mi mochila perdida. No hay apuro, volvió a decirme, y mi tren queda varado durante tres horas por una gran roca en el camino.

Todo apunta a una sola gran verdad, vieja como el mundo y sin embargo revolucionaria: el tiempo no se pierde porque el tiempo no existe. Ahora sé que llegué a Machu Picchu para esto, Machu Picchu ES esta respuesta, la escuché entre sus piedras y desde aquí sigo escuchándola. Detenerse hace al camino como lo hace el caminar; quieto o en movimiento, el que viaja jamás deja de viajar.

Sábanas limpias

La llegada a Cusco fue igual de lenta que la salida: el tren ahora bajaba en zig zag hasta meterse en el ombligo del mundo. Ya era de noche y la locomotora abría la oscuridad con una luz potente, pitando sin cesar. Llegué todavía llena de paz pero muerta de hambre y con necesidad de un baño de dos horas. De camino al Corihuasi comí en lo de Luciano. Fue gracioso; al entrar me miró de arriba abajo y me dijo tú vienes de Machu Picchu. Me tomé una Cusqueña helada y devoré en 10 minutos un soberbio plato de spaghetti a la bolognesa, luego trepé por Suecia como si no estuviera cansada y exultante entré en el hostal. Me recibió Ernesto con una sorpresa alucinante: me trasladaron a la famosa habitación número 1, un lujo muy espacioso con viejos pisos de madera y enormes ventanales sobre los tejados de Cusco.
Me di un baño descomunal, apagué las luces, descorrí las cortinas, y me metí en la cama limpia. Con la cabeza en la almohada miré. Allí estaba Cusco, sus iglesias, su plaza de Armas, sus cerros iluminados. Sentí que había vuelto a casa. Me arrebujé entre las sábanas blancas y me dormí en seguida. Como otras veces sonaron petardos y campanas durante la madrugada. Los escuché, sí, pero sólo me hicieron recordar que estaba nuevamente en Cusco. Entonces giré en la cama, me volví a acomodar y seguí durmiendo hasta las 10 de la mañana.

Mi ángel guardián

Ernesto me lo había anticipado: salir sola y en colectivo era irse a la aventura. Sustraerme a semejante tentación me era imposible, así que esta mañana me fui a la estación de buses que van hacia el sureste por la ruta que conecta con Puno y Bolivia. Mi idea era ir hasta Andahuaylillas, a 55 kilómetros de Cusco, y desde allí comenzar a regresar parando en los sitios arqueológicos de Piquillacta y Tipón.
La 'estación', resultó ser un terreno baldío en los suburbios de la ciudad donde aguardaban tres o cuatro colectivos. Me preguntaron para dónde iba y me hicieron subir a un bus que estaba a medio llenar. Aquí los colectivos no tienen horarios muy establecidos; salen cuando ya dentro no cabe ni un alfiler. Me instalé en un asiento contra la ventana rodeada de personajes de toda índole y todas las edades.
Domingo, me dije súbitamente, no había caído en la cuenta de que era domingo, el día en que las familias van de aquí para allá a visitar a sus parientes. Cholas, cholos, mestizos cargados con paquetes y bolsas abarrotaban hasta la claustrofobia el aire encerrado del bus. Se olía a comida, a sudor antiguo, a tierra seca. Traté de abrir una ventana infructuosamente y me acordé lo que me había contado Edward: parece ser que estos colectivos son viejos camiones adaptados. El bus se llenó y no partía. La gente no se podía mover, y sin embargo, no sé cómo, seguían subiendo pasajeros. Más atrás, gritaba el conductor, favor de moverse para atrás... Bendije el hecho de estar sentada, aunque la mujercita que estaba a mi lado, además de su galera, su gordura y su aguayo atado a los hombros, llevaba un bulto inmenso y dos niños sobre sus faldas.
Finalmente partimos y los pueblos pegados a la periferia de la ciudad comenzaron a sucederse, pobres y tristes. Iba hacia una región poco turística del Cusco, y no podía creer el estado del asfalto de la ruta y cómo manejaba el conductor. El ómnibus se zarandeaba de un lado al otro y si los pasajeros no se caían era porque de tan apretados, entre ellos se sostenían. Yo miraba alucinada, como si la escena no fuera absolutamente cotidiana y usual, sino un espectáculo montado para mí.
Los buses tienen infinidad de paradas, así que frenan continuamente. Cuando un pasajero quiere bajar da unos gritos cortos y secos, nadie se mueve simplemente porque nadie puede, y como sea éste llega a la puerta. El problema es que cuando alguien desciende también sube más gente.
Ahora el bus amenazaba con estallar, y algunas voces dispersas se quejaron tímidamente al chofer.
-Basta, que ya basta.
-Basta, que no cargue más gente...
-Basta, que no somos ganado...
Pero el conductor no hacía caso, de alguna manera hay que recaudar dinero: el pasaje cuesta tres soles si vas sentado y sólo dos si vas parado.
Entre montañas bajas, la ruta bordeó a un irreconocible Vilcanota, muy distinto al cristalino que surca el Valle Sagrado. Aquí corre manso y tranquilo, desdibujado entre tierras grisáceas y enturbiado de barro. Los pueblos, a medida que se alejan de la ciudad, ya no son tan míseros, y aunque se los ve más dignos, siguen siendo muy humildes. Como en todas partes son de adobe, y si se sostienen es gracias a la santa providencia. Aunque la región es prominentemente agrícola, cada pueblo se caracteriza por la fabricación de algún producto. San Jerónimo es famoso por sus chicherías, Sailla está abarrotada de puestos de venta de ‘chicharrón’, Oropesa es un pueblo de reconocidos y antiguos hornos panaderos, la gente en las inmediaciones de la laguna de Huacarpay vive desde siempre medio metida en el lodo con el que fabrican tejas.
Cuando llegamos a Andahuaylillas dije a la chola que tenía a mi lado que allí me bajaba yo.
-Cómo hago para salir- le pregunté con desesperación.
-Vaya nomás, ande mamacita...
Entonces me puse de pie y la pasé a ella y a los dos críos literalmente por encima. Era la única turista en el colectivo y me sentí Gulliver en el país de los enanos: mi altura entre cholos y mestizos es fenomenal. Choqué mi cabeza contra el techo porque no encontré lugar dónde apoyar mis pies y avancé en puntillas; apreté, apreté más, me apretaron. La puerta del bus me pareció inalcanzable.
-Grite, mamacita- me dijo un hombrecito hablándome desde abajo.
-¡Andahuaylillas! ¡Yo me bajo acá!

Sin entender cómo, al fin logré descender y quedé a la vera de la ruta. No tuve tiempo de reponerme; lo que vi me dejó muda: la policía estaba multando a un gran taxi que había metido a varios –a muchos- adentro del baúl. Sí, no alucino ni exagero. Ahí estaban, con la puerta del baúl abierta pero todavía inmóviles y amontonados, viejos, mujeres, niños y bultos. Andahuaylillas era eso, es decir, una cuadra de casas de adobe sobre la ruta desolada, la policía, los hacinados dentro del baúl que seguían estáticos con las piernas enredadas y los brazos crispados, y una calle empedrada y vacía que se iba hacia adentro. Eso fue lo que más me impresionó, la soledad, el polvo, el color marrón, la calle sin árboles reverberando al sol. Recordé a Rulfo; Andahuaylillas parecía el pueblo de Pedro Páramo o cualquier otro pueblo muerto de El Llano en Llamas. ¿Dónde se había metido la gente? Me dio un poco de miedo. Me pregunté si no me habría pasado de los límites, me propuse tener cuidado. Invocando a mi ángel guardián y deseando ser transparente, metí todo mi pelo dentro de mi sombrero, me tapé con mi enorme campera verde y pregunté a uno de los policías dónde estaba la iglesia, que eso era lo que había venido a ver.
-Cinco cuadras, amiga.
-Para dónde.
-Pues para allá, amiga.

Allá era la nada, el sol en la calle desierta. Caminé recto, no me crucé con nadie. Entonces giré en una esquina y encontré la plaza, grande y polvorienta, rodeada de enormes pisonays. Los árboles me estremecieron. Líquenes y parásitos amarillentos colgaban desde sus ramas como si fueran barbas de un viejo centenario y decrépito. Frente a la plaza estaba la increíble iglesia de San Pedro de Andahuaylillas, un tesoro de principios del siglo XVII, con grandes frescos de la renombrada escuela cusqueña, el techo artesonado completamente pintado con colores fabulosos, imágenes con resabios indígenas y españoles de la época de la conquista e imponentes altares fileteados en oro. Todo a punto de desmoronarse, desgajado, descascarado, mutilado, pero aun bellísimo. Aldahuaylillas era eso y la poca gente que al fin había descubierto alrededor de la plaza vendiendo artesanías.
Y ahora me tenía que ir. Me pregunté cómo. Caminé otra vez hasta la ruta, y tal y como lo había descrito Ernesto, me enteré por un viejo sentado contra una pared que hasta un par de horas no pasaría otro bus.
-Tal vez sí, amiga, o tal vez no, cómo saberlo...

Vi un taxi asombrosamente descalabrado -un Tiko como el de Edward-, y lo paré. El taxi era el único del pueblo, eso me dijo el conductor cuando le pedí que me llevara hasta Piquillacta y luego a Tipón. Me explicó que sólo podía llegar hasta Oropesa, ya que no tenía autorización para ir más allá. Ya, le dije, de acuerdo. Cargamos un chorrito de nafta –apenas 5 soles-, y partimos. El taxista iba bien, conducía bien, lo cual era un milagro, así que me relajé y disfruté de la ruta. Pasamos por Piquillacta, las ruinas de una ciudad preinca perteneciente a la cultura Wari, cuyos altísimos muros o ‘kallankas’ resultan impresionantes. Luego continuamos hacia Oropesa. La ruta comenzó a trepar y me entretuve con el paisaje. Una vez arriba, a nuestros pies apareció una larguísima y zigzagueante pendiente, entonces, petrificada, vi que el conductor se lanzaba cuesta abajo y... APAGABA EL MOTOR. Dios, Dios, Dios.
No hablé, me pregunté qué hacer, qué decir, qué estaba haciendo allí. Pensé rápido: ¿qué es mejor?. Gritar, enojarme, llorar. No hice nada porque no podía hacer nada, mi poder de reacción y mi voz habían desaparecido. Entonces volví a invocar a mi ángel. Me lo imaginé blanco, enorme, cubriéndome con sus fabulosas y poderosas alas. Por favor, por favor protegeme, protegeme...
A todo esto, no podía apartar los ojos de la ruta; estaba hipnotizada. El desvencijado auto bajaba rápido sin hacer ni un solo ruido, como si volara, controlado sólo por el pie del taxista en el freno. La cuesta no terminaba nunca, las curvas se sucedían, yo transpiraba y pensaba que si salía de ésa nadie me iba a creer.
Llegué sana y salva a Oropesa y aunque me avergüence confesarlo pagué al conductor lo convenido y no dije ni mu.
Absolutamente alelada di una vuelta por la plaza del pueblo. El aroma de la leña con la que se hornea el pan de Oropesa desde hace una eternidad me trajo poco a poco a la realidad. Después fui hasta la ruta nuevamente, crucé hasta donde estaban los taxis y pregunté si alguien podía llevarme hasta Tipón. Yo, me dijo un hombre muy mayor.
-¿Tiene SOAT?- le pregunté ridículamente y sin vueltas, ya con el habla recuperada. Sabía por Edward que en Perú el seguro contra accidentes es una garantía de que un auto está más o menos en condiciones. Tanto me había hablado del asunto que instantáneamente había recordado su nombre.
-Pues claro, tengo SOAT y licencia para conducir- me contestó el hombre, como si esto fuera extraordinario y yo tuviera que estar agradecida.
-Me llevará despacio porque no me siento bien, ¿sabe?- le mentí.
-Ya amiga, como usted mande.
Todavía pasmada recorrí las ruinas de Tipón. Me tomé mi tiempo: me senté en el pasto durante un largo rato a escuchar el maravilloso rumor del agua que baja por sus canales y acequias y el efecto fue muy reparador. Con el mismo taxi volví hasta la ruta dispuesta a esperar y quiso Dios que al rato nomás viniera un colectivo. Lo paré en medio del asfalto, haciéndole gestos exagerados con los brazos en alto. El bus parecía el mismo que me había llevado hasta Andahuaylillas; es más, tuve la impresión que dentro iba la mujercita que me había tocado de vecina de asiento y la misma gente abarrotada. No me importó. Subí, empujé, me apretaron y apreté.
Llegué a Cusco a las 5 de la tarde. Recién cuando me bajé del colectivo y pisé tierra conocida me animé a pensar que la aventura no había estado nada mal.

El mercado de San Pedro

Entre los infinitos olores prima el palo santo. Se lo huele blancuzco y fresco, cortado en trocitos, y quemándose en negras volutas para espantar a los malos espíritus. Atrás, como siempre, se siente la mezcla fuerte del orégano, la páprika, el romero, el anís, la menta negra, la cúrcuma, la manzanilla, el culantro, la pasuchaca, la muña, las hojas de graviola y yacón.
Miro hacia los rincones; sé que las hierbas medicinales y aromáticas, los condimentos y ciertas plantas mágicas las comercian las vendedoras ambulantes acuclilladas en el suelo. En seguida la veo.
La chola ha anidado entre bolsas de arpillera, y sobre su aguayo raído ofrece polvos azafranados y rojizos, manojos secos color musgo, flores marchitas, atados de ramas frescas. La mujer parece vieja como el mundo. Tiene la cara partida por mil arrugas, los ojos casi cerrados, acuosos y enrojecidos, sin embargo su pelo sigue retinto, trenzado en dos hasta la cintura. Apenas unas canas se le escapan de su galera mugrienta. Su ropa está ajada, lavada por la lluvia infinidad de veces, desteñida y acartonada de tanto sol. Bajo sus faldas asoman sus pies pequeñitos; negras de barro reciente y antiguo las ojotas, las uñas y la piel. Me agacho y le compro una bolsita de palo santo. Sé que así podré entablar una breve conversación.
-Amiga, ¿qué es esto?- le pregunto, señalando al azar un cuenco lleno de hojitas.
-‘Manayupa’ es.
-¿Y para qué sirve?
-Para depurar la sangre, amiga.
-¿Y esto?
-‘Piki Pichana’, para las calenturas es.
-¿Y esto otro?
-‘Wilka’, para descubrir secretos es.

El mercado de San Pedro es una atiborrada y multicolor caja de Pandora donde cualquier cosa se puede hallar y tantas otras pueden suceder. La primera vez que volví después del soroche, había tenido la impresión de que el desorden era total, sin embargo al recorrer sus pasillos fui descubriendo que sólo los vendedores ambulantes están en cualquier lugar; los puestos, en cambio, están bien organizados y separados por sección según lo que ofrezcan. Ese día caminaba por ahí con las emociones enardecidas, y aunque trataba de distinguir una cosa de la otra, ponerles nombre o adjetivo, tenía la sensación de que los colores, los olores, los sonidos, las mercancías y la gente no podían separarse, sino que sin piedad ni atenuantes eran una avalancha que se me venía encima.
En el mercado todo es fuerte, estridente, puro: no hay nada suave ni desteñido.
Los colores chillan como si estuvieran vivos.
Los sonidos son precisos, cristalinos, aquí el ruido granulado de los pallares cayendo en las balanzas de metal, allá las voces de las mujeres ofreciendo con la misma cantinela un juguito fresco.
Los aromas son tan intensos que con los ojos cerrados uno sabe en qué sección anda:
Chocolates, huele a chocolates. Negros, secos, fabricados con cacao del Cusco.
Pan, ahora es pan. De trigo y de maíz, en hogazas chatas y pequeñas como pan árabe o en grandes y tiernas tortas.
Flores, aún con los ojos cerrados se ven y se sienten: racimos de flores que parecen silvestres, recién arrancadas del campo.
Quesos, de pronto huele a leche y a sal, a quesos de vaca, de oveja, blandos, semiduros y fuertes.
Carnes, su olor se distingue crudo y frío, aquí la carne de vaca, allá la de oveja, la de cerdo, la de gallina.
La fruta rica, jugosa, y madura hace agua la boca: maracuyá, papaya, fresas, bananas, uvas, piñas, naranjas...
Ahora el olor es penetrante y es a tierra húmeda, y viene de los largos cajones de madera repletos de papas en sus innumerables variedades, camotes, makas, ollukos, quinua, kiwicha, yuka, zanahorias, ajos y cebollas.

Eso es sólo lo comestible o perecedero; en el mercado hay mucho más. En un corredor oscuro cuelgan a la altura de los ojos innumerables faldas de colores, de las típicas que llevan las mujercitas. Debajo de ellas, metidas en sus sucuchos, se ven modistas cosiendo silenciosas en vetustas máquinas de coser. Amontonados en un pasadizo estrecho que bordea la calle Desamparados trabajan remendones zurciendo y arreglando sombreros, zapatos y pantalones. Al lado, un sastre sentado en un banquito se afana sobre una chaqueta llena de hilvanes. En los siguientes puestos hay telas, vestidos, ropa para hombre, velas, canastos, enormes bolsas de hule, sombreros, tejidos, zapatos, ojotas y chullos.
Todo eso que vi, olí, escuché y percibí esa primera vez hubiera bastado para alimentar mis sentidos por unos cuántos días, sin embargo hubo algo que lo sobrepasó y que instantáneamente se convirtió en un pequeño desafío: fue cuando descubrí que en la parte central del mercado de San Pedro hay dos zonas donde funcionan comedores. Mi sorpresa fue total. Dije guau, me quedé parada mirando alucinada y ya no pude pensar en otra cosa que sentarme y comer allí yo también.

Para cerciorarme de lo que pretendía hacer, al volver de Maras le había preguntado a Edward qué tal era la comida del mercado.
-Usted quiere comer allí, ¿verdad?- Edward ya comenzaba a adivinarme el pensamiento.
-Sí.
-Pues se come rico.
-¿Y puedo ir sola?
-Antes no; ahora sí que puede.
-¿Por qué? He estado yendo sola...
-Antes los ladrones la hubieran empujado al suelo y arrancado la mochila y las cámaras de un tirón.
-Ya... Pero ya no...
-Ahora puede ir tranquila. Verá que se come sabroso.
Me bastaba su respuesta. Los días fueron pasando, y hoy volví justo al mediodía.

Los largos bancos a lo largo de los mostradores de azulejos blancos estaban atiborrados de comensales, gente de todo tipo que en silencio engullía el menú del día, grandes platos de caldo de gallina o de escabeche de verduras. Del otro lado de la mesada, cada cual apretada en su estrecho cubículo, trabajaban concentradas las cocineras. Las ollas humeaban vapores sabrosos, un nuevo cliente se acercaba, preguntaba, pedía permiso, los que comían le hacían un lugar en el banco y éste se sentaba. Entonces la cocinera tomaba un plato hondo de la pila que tenía a un costado, metía un gran cucharón en la olla y servía un caldo caliente que chorreaba aroma a culantro y pedazos de zanahorias, tomates, ajíes, arvejas, coliflor, cebollas, y papas. Después el comensal elegía de una cazuela qué trozo de gallina hervida quería, y la cocinera, con la mano y en el caldo se lo servía.
Ya había observado el proceso tres o cuatro veces desde lejos y casi me lo sabía de memoria. Sólo faltaba tomar coraje y avanzar. Elegí al azar un sitio a lo largo del mostrador; pedí permiso, la gente sentada en el banco se movió y me hizo un hueco. Ahí estaba yo, al fin, enfrentada a la cocinera, que en ese momento también comía. Así me atendió, cuchara en mano y la boca llena. Me preguntó si quería un plato de 5 soles o el de 2,50. El más caro era enorme, así que le pedí el más chico. Entonces la vi hacer lo mismo que había observado de lejos, esta vez para mí: llenó un plato con caldo, le agregó escabeche y luego me acercó la cazuela de gallina.
Qué te gusta mami, me dijo mientras se limpiaba la boca con el delantal. Me sirvió con la mano una gran pechuga, se sonrió y volvió a masticar. Luego comimos en silencio; mis vecinos, la cocinera y yo. Estaba todo sabroso y caliente, y a pesar del culantro que suele tapar cualquier aroma, a las verduras se les sentía un gusto indefinido que resultaba exquisito.
Saqué unas fotos de los platos, se las mostré en la pantalla a la cocinera y a uno que estaba a mi lado. Se rieron; dijeron que al escabeche y a la gallina se los veía muy bien. Después me despedí, compré un trozo de chocolate negro y duro, me abrigué con mi gorro de alpaca y mis guantes y salí al día gris, satisfecha con la comida y conmigo misma.

Hoy hace mucho frío, dicen que en el camino del Inca está nevando. Yo estoy aquí, frente a la mejor -o menos mala- computadora del cíber donde suelo escribir. Estoy medio helada, la adolescente que tengo al lado habla en voz alta y se ríe mientras chatea, un hombre grita en alemán intentando hacer una llamada internacional, suena estridente y mal sintonizada una salsa o una cumbia, y a cada rato vienen vahos nauseabundos del fondo del local. Pero igual me las me las arreglo. Tecleo rápido para que no se me congelen los dedos, me concentro para no escuchar y me he subido el cuello alto de mi sweater hasta más arriba de la nariz para oler sólo mi olor.
Mañana es mi cumpleaños y mi último día en Cusco. No tengo idea qué voy a hacer. Creo que justamente eso, y el haber comido en el mercado, es lo que me hace sentir tan feliz.

Lechón asado, ‘cañazo’ y mi cumpleaños

Festejé mi día almorzando lechón asado en un antiguo horno de barro. Dicen algunos que para que salga tan rico y crocante hay quien le echa un poco de orín, pero yo eso no me lo creí. Huarocondo está en la fértil pampa de Anta y es famoso por sus lechones. Ahí llegué con mi amigo Edward, después de recorrer un camino de burros entre caseríos de adobe semiderruidos y solitarias plantaciones de quinua y papa.
Habíamos comenzado nuestro periplo mascando coca, una vez que dejamos atrás Cusco. Era algo que yo tenía pendiente, así que antes de salir de la ciudad habíamos pasado por una tienducha cerca del mercado de San Pedro y comprado una bolsita por 2 soles. Edward me iba enseñando, primero una hojita, sosténgala con los labios y arránquele el cabito. Ya... empiece a mascarla, verá si le gusta como sabe. Ahora otra, la junta con la que ya tiene y comienza a formar un bollo. Agregue otra más cuando guste, despacio, siempre despacio.
-Edward, estoy tragando pedacitos de hoja- Me era imposible formar un bollo; las hojas se me deshacían y se me estaban yendo directo al estómago. Su sabor me hacía acordar al mate amargo.
-Masque más suave... no muerda, masque...- me decía Edward, y yo me preguntaba cuál era la diferencia.
Al final, más o menos, lo logré. Formé un pequeño bollo de diez o quince hojitas, y las mantuve en mi boca cerca de una hora. No sé qué efecto esperaba, pero me quejé a Edward diciéndole que no me pasaba nada, que me sentía igual a siempre, con la única diferencia de que tenía la punta de la lengua dormida. Ya, se reía Edward, es que usted siempre va apurada. A la coca hay que darle su tiempo...
Así, con la bolsa de coca sobre mis faldas, llegamos a Zurite, un pueblo rodeado por los más colosales andenes incas. Los cerros aterrazados de Zurite están trabajados en parte por el INIA, y uno puede hacerse una mínima idea de lo que debe haber sido el paisaje agrícola cuando el imperio inca estaba en su esplendor. Es que los andenes son los más anchos del Perú, y las paredes que los dividen tienen un tamaño y una longitud descomunales. Subimos por una senda pedregosa hasta una antigua hacienda donde hoy funciona la estación del INIA y me bajé a sacar fotos de los andenes sembrados. Lloviznaba finito, me fui por el borde de piedra hasta que el abismo no me dejó continuar. Frente a mí se extendía un extraño paisaje: el agua se había desbordado de las acequias y corría libre por una parcela donde se quemaba un rastrojo.
La visión era fantasmagórica, algo así como mirar la gestación del mundo, la batalla de los elementos; la tierra silenciosa humeaba, el agua corría rumorosa y el fuego en desorden crepitaba.
Luego comenzó a llover más fuerte, volví al auto y continuamos hacia Huarocondo, siempre bordeando el paredón de un enorme andén. El camino se puso muy malo, tanto, que pensé que por complacerme Edward se quedaría sin su taxi. A cada rato le decía no, Edward, no sigas, que nos hundiremos para siempre en ese agujero. Y él, muy tranquilo, me contestaba que ya, que todo se lograba despacio, y entonces a cinco por hora avanzaba entre pozos, piedras y charcos.

Al entrar en Huarocondo desembocamos en la gran plaza desierta. No se movía ni una hoja, ni siquiera los perros se acercaron al auto a husmear. El pueblo parecía todavía dormido, sin embargo el olorcito a madera quemada y a carne asada lo invadía todo. Eran recién las 12, pero la idea de pronto me tentó. ¿Por qué no? Edward, le dije, hoy es mi cumpleaños, vamos a festejar. Me bajé del auto y el mundo empezó a funcionar. No sé de dónde aparecieron varias mujercitas que al unísono comenzaron a gritar.
-Mamacita, lechón rico, rico, aquí, aquí...
Pregunté si la carne estaba recién asada.
-Recién hecho, mamacita, todavía en el horno.
-A ver, dónde está el horno, a ver, quiero ver.
Entonces una de las mujeres, con tal de vender, me imploró mamacita, vente conmigo dentro de la casa y te muestro. La chola corría dando pasitos cortos, miraba para atrás queriendo cerciorarse de que realmente me había convencido. Allá fui.
¿Qué cómo es una casa de Huarocondo por dentro? Oscura, muy oscura, las paredes y el piso marrones, una mesa desportillada, dos sillas desvencijadas, puertas abiertas de par en par a pesar del frío, varios catres con pellones de oveja y atrás un patio donde picotean gallinas, remolonea un gato, corretean chanchitos, duerme un viejo eterno y humea un gran horno centenario.
La chola todavía no estaba segura de haberse ganado sus cinco soles, así que no dejaba ni un segundo de hablar. Mamacita, mira. Con un palo largo quitó la chapa de la puerta del horno y con un gancho de alambre sacó el lechón. Cortó rápido un trozo, con la mano me lo dio. La carne se me deshizo en la boca, deliciosa, un manjar. Ya, le dije, deme un plato para dos. Feliz, con el cuchillo en alto y junto a su lechón la mujercita posó para una foto.
Nos instalamos a comer en una especie de almacén al frente de la casa mirando a la plaza, que otra vez estaba desierta y mojada por la llovizna. El lechón de Huarocondo está adobado con comino, ají amarillo, ajo y pimienta, y se come con los dedos, ensuciándoselos y engrasándoselos sin vergüenza, un bocado y luego pan, otro bocado y más pan. Uhmmm, qué cosa tan deliciosa... El plato solitario sobre el hule en medio de la mesa era mi increíble y sofisticado banquete de cumpleaños. Había que registrar el momento, así que le pregunté a la chola si se animaba a sacarnos una foto. Se rió tapándose la boca con una mano. Que cómo mamacita. Me limpié los dedos y le expliqué. Verla parada en el vano de la puerta, la plaza al fondo y a contraluz, con la gran Cannon en sus manos fue algo único, indescriptible...
El gran plato se iba vaciando y a mí me dio sed.
-¿Qué tomamos Edward?
-Pues luego del lechón sienta bien un 'Bajamar'
-¿Qué es eso?
-Un ‘cañazo’, aguardiente de caña de azúcar es. Sirve de bajativo. Se toma una copita nomás, y de un trago.
Edward me señaló un botellón de vidrio transparente que estaba encima del mostrador. Dentro se veían ramas, flores, hojitas. El líquido que las cubría parecía agua. Era mi cumple: probemos, dije. El alcohol quemó en mi garganta y me llenó los ojos de lágrimas. Inmediatamente sentí calor. Me limpié los dedos por última vez, me despedí de la mujercita como si fuéramos amigas de toda la vida y reanudamos la marcha.

El camino siguió de tierra hasta la ruta asfaltada que entra a Chichero. Qué cosa, pensé, siempre estoy dando vueltas alrededor de Chinchero... Me acordé de Ruth y de Susana, me pregunté qué estarían haciendo; Ruth, seguramente hablando, Susana, probablemente tejiendo...
Desde allí buscamos el acceso a la laguna de Piuray. El día se ponía cada vez más frío, el cielo estaba violeta, la lluvia iba y venía. Por el camino polvoriento que bordea la gran laguna nos cruzábamos con gente que caminaba de pueblo en pueblo, con pastores que volvían a sus ranchos con sus rebaños. Iban mojándose, arrebujados bajo sus sombreros y sus mantas de colores.
La laguna de Piuray es bellísima. Está metida en un pozo, rodeada de cerros bajos, sembrada y arada hasta sus orillas. La recorrimos entera, en un gran círculo bordeando el agua, hasta su último poblado. Luego comenzamos a regresar.

Edward y yo, otra vez

Es la única foto que tengo con Edward. Allí estamos, con un trozo de lechón en la mano, los labios brillantes de grasa, la risa entornándonos los ojos. Mirábamos a la mujercita con mi cámara en sus manos y eso a mí me causaba todavía más risa y más felicidad. Era mi cumpleaños, una fecha que no es para nada importante hasta que llega, hasta que es, y uno piensa que ese día hace tantos años nació.
Sé que no pensaba en eso, en todo lo que uno puede pensar a partir de semejante idea, pero me resultaba fascinante darme cuenta que estaba festejando mi cumpleaños de esta manera, sin maquillaje, sin peluquería, con la misma ropa que usaba desde hacía diez u once días, perdida en medio de los cerros, incomunicada, comiendo un lechón que tal vez tenía orines, y con Edward, que a primera vista era sólo mi taxista. La sensación era suprema y ahora que vuelvo a mirar la foto, la descubro instalada en mi cara. Me veo linda, me veo feliz.
A Edward también se lo ve bien. Medio tímido como siempre, parece que ocupara poco lugar, por más que milagrosamente la mujercita haya logrado centrarnos en la foto. Tiene puesto un sweater negro con una inscripción en el pecho, y le adivino sus jeans flojos y sus zapatillas de marca; es que la mujercita nos ubicó en medio de la imagen pero nos cortó las piernas y los pies. En vez de eso se ve el techo de tablones y un increíble afiche de un chanchito rosa con un moño al cuello pegado alto en la pared.
La foto fue justo antes del brindis con el Bajamar: cuando la mujercita nos sirvió el cañazo, Edward carraspeó, miró al suelo primero y luego me enfrentó. Dijo solemne, ‘brindo por su cumpleaños de usted’. Chocamos los vasos con ruido y nos tomamos el contenido de un trago. Después se puso de pie y me dio un beso en la mejilla.
Lo que importa es el instante, ese segundo que respiramos, que vivimos, en donde estamos. Lejos había gente que seguramente se había acordado de mí, gente a la que yo quiero con el alma y que constantemente también recordaba. Pero en ese momento él era el que estaba a mi lado. Edward era esa persona, única y especial, tan cercana, que estaba conmigo el día de mi cumpleaños.
Recuerdo que una pregunta cruzó mi mente. ¿Con quién hubiera pasado ese día si el destino no me lo hubiera puesto en mi camino? Había conocido gente, gente de todas partes, aunque especialmente peruanos. Con varios había compartido buenos momentos, algunos me habían contado episodios de sus vidas, con otros me había reído. Sin embargo, supuse que hubiera preferido estar sola, y también supuse que no me hubiese importado. Pero la vida no es una suposición, es hoy, y hoy estaba con Edward.
Un escalofrío me recorrió la piel: la sola idea de estar sin él me llenó de espanto.

No hablamos mucho después del almuerzo; más vale -Edward maravillado con mi cámara digital, yo con la Cannon- sacamos fotos a todo lo que encontramos alrededor de la laguna de Piuray. Parecíamos dos chicos; no quedó ni un marianito, ni una garza, ni un rancho, ni una chola, ni un reflejo del sol en la laguna sin fotografiar, y yo llegué a pensar que semejante entusiasmo creativo -por lo menos a mí- me venía del efecto retardado de la coca sumado al del cañazo. De las fotos mejor ni hablar, en su mayoría las tuve que tirar y deletear: lloviznaba, había poca luz y salieron muy mal.
Cuando llegamos al Corihuasi, Edward me preguntó a qué hora del día siguiente era mi vuelo a Arequipa. Así era, al día siguiente a las 10 de la mañana me iba de Cusco.
-Yo la llevo al aeropuerto. La paso a buscar a 8. ¿Le parece bien?
-Ya Edward, mañana nos vemos.
Nos despedimos con un beso.

Amarrada

Cusco amaneció desaparecida entre nubes bajas y lluvia y me dije que mi vuelo jamás iba a salir. De todas maneras subí al comedor ya con mi mochila lista. Era mi último desayuno en Cusco, y pensé que era extraño que la ciudad me despidiera así. Por las ventanas no se veía nada, la cerrazón era total.
A las 8 en punto llegó Edward, me despedí de Mónica, de los chicos del hostal, y volví a dejar cariños para Ernesto, de quien me había despedido la noche anterior. Me subí al Tiko, trepamos hasta el final de la calle Suecia y volvimos a bajar por Plateros. Bordeamos la plaza de Armas, a esa hora vacía, y tomamos la avenida Sol. Yo iba callada, confundida, seguía pensando que no podía irme así. No escuchaba campanas, no habían sonado camaretazos: Cusco parecía otra, estaba ida, ausente, aletargada. Edward, como otras veces, me observaba. Lo había hecho siempre, discreto y respetuoso desde el primer día, y a mí, lejos de incomodarme, me había hecho sentir cuidada, en un punto protegida. Pero esta vez la sensación era diferente, su mirada me pesaba, el silencio entre los dos se escuchaba, parecía que había algo que decir. Me estaba yendo de Cusco, ya no habría Edward y yo, desaparecería la intimidad del Tiko, las comidas compartidas, las preguntas, las conversaciones, las risas.
Opté por cualquier banalidad, hablé de la lluvia, del frío, de la curiosidad que me despertaba Arequipa. Así llegamos al aeropuerto. Edward cargó con mi mochila y me acompañó al counter de LanPerú.
-Ya, María...- Edward me hablaba con las manos en los bolsillos de sus jeans flojos, mirando al piso.
-Ya, Edward... ¡Me voy!- dije con una sonrisa forzada.
-Se me va para Arequipa...
-Sí, algún día me tenía que ir... Pero ha sido tan lindo, todo me ha gustado tanto... Tú lo sabes...
-Ya María, lo sé.
-Y he disfrutado mucho contigo. Todo hubiera sido diferente sin ti... ¡Tú eres Cusco!
-Ya...- Edward seguía mirando hacia abajo, como buscando algo. Pensé que no diría nada más, pero de pronto su actitud cambió y me miró de frente.
-He aprendido mucho con usted, María. Mucho- me dijo serio.
-Yo también contigo.
Se hizo un silencio largo; entonces nos sonreímos y nos abrazamos. No sé quién abrazó primero, lo cierto es que nos abrazamos fuerte y luego al separarnos nos quedamos tomados de la mano.
-Encárguele a su ángel guardián que la cuide mucho.
-Ya, Edward, se lo digo. Cuídate mucho tú también.
-Ya.
-Chau Edward- le dije soltándome de su mano.
-Chau María- se despidió él.
La señorita LanPerú controló mi ticket y me anunció que el vuelo estaba un poco atrasado. Despaché la mochila y me dirigí a la puerta Nº 2. Mientras subía las escaleras calculé que Edward ya debía haberse ido, sin embargo no giré la cabeza, preferí no mirar atrás.

Después de tres horas de espera en la atiborrada sala de embarque, anunciaron por los altavoces que por razones clímaticas todos los vuelos programados para ese día habían sido cancelados. Pensé varias cosas a la vez, un cúmulo de ideas contradictorias me bombardearon, y tal vez como un escape de tanto desorden mental, fui práctica, llamé al Corihuasi y me aseguré de que me reservaran una habitación para esa noche. No me iría de Cusco y no me sorprendía, de antemano lo había intuido. La ciudad me tenía amarrada, lo sentía, ahora lo confirmaba, aunque no tenía claro si realmente estaba preocupada por eso, si estaba asustada, si tenía dudas de que me iría alguna vez. ¿Qué estaba pasando conmigo? Era difícil explicármelo, era difícil saber cómo hacerlo, pero en el fondo sabía que la única solución era entregar el control, relajarme, olvidarme de que existía la palabra obstáculo, entender que no había impedimentos, sino sólo momentos precisos.
Porque de eso se trataba: me iría de Cusco cuando Cusco lo decidiera, cuando llegara el momento indicado. Más que aceptar esto, yo nada podía hacer.
De todas maneras el día se me fue en trámites en Lan Perú y Taca, que después de tres días de temporal y vuelos cancelados eran un verdadero caos. Ya no había lugares disponibles en los vuelos a Arequipa hasta varios días después, y la única forma de ir hasta allí era en bus -12 horas de viaje-, la mañana siguiente. Lo pensé mientras caminaba por la avenida Sol bajo la llovizna helada. No del todo convencida fui a última hora hasta la terminal y compré un pasaje. Traté de infundirme confianza diciéndome que el destino no me daba opciones. De algún modo tenía que llegar a Arequipa: mi vuelo a Lima partía desde allí.

El cielo

Pensé en varias cosas a la vez, sí, aunque por sobre todas ellas pronuncié su nombre, dije nítidamente Edward, y supe que él nunca se enteraría que no me había ido de Cusco.
Entre tanta confusión, tenía la certeza de que si había un secreto motivo por el que debía quedarme no era porque entre él y yo hubiera algo pendiente, algo que de alguna manera debía continuar. Pero era muy diferente no volver a verlo porque me iba de Cusco que permanecer en Cusco con su ausencia.
Me dieron ganas de llorar. Miré a mi alrededor como quien mira un escenario; la gente desorientada y de mal humor hacía largas colas para recoger sus equipajes, las señoritas LanPerú trataban infructuosamente de calmar a los frustrados pasajeros ofreciéndoles un ridículo refrigerio. Tuve la sensación de que asistía desde lejos a un espectáculo conocido; pensé: el maravilloso caos otra vez. Ahí estaba, mirando sin mirar a la multitud, cuando de repente vi a quienes realmente estaba mirando, vi a Edward, me vi a mí.

Súbitamente la sala de embarque se convirtió en un cielo tachonado de estrellas. Era la noche, o no, no importaba el momento, el cielo en sus profundidades siempre es azul añil y las estrellas plateadas. Titilaban, algunas con más o menos fulgor. No había sonidos, el silencio era absoluto, sólo el silencio que destilaba semejante cielo. Y atravesando esa inmensidad punteada de pronto comenzaron a acercarse en su trayecto dos estrellas fugaces. No se sabía de dónde venían ni tampoco hacia dónde iban, pero se aproximaban como si se atrajeran, como si desde el principio de los tiempos se buscasen. El encuentro duró un instante, y si no se rozaron fue porque la fuerza de la gravedad las mantuvo fieles a sus órbitas. Pero se acercaron todo lo que pudieron, se sintieron y se brindaron de lleno una a la otra su luz, tanto que por un segundo pareció que una nueva y poderosa estrella había nacido en el cielo.
Después comenzaron a separarse, continuaron su rumbo inalterable y desconocido, se alejaron, cada vez más, cada vez más, cada vez más...
Todo había sido muy rápido e intenso, el cielo azul añil tachonado de luces seguía en silencio, aunque en el fondo se escuchaba un ruido sordo, el que hacen las estrellas fugaces en su viaje cósmico. El sonido era maravilloso y hacía acordar a las cañitas voladoras de Año Nuevo o Navidad: ffffffffffffffffffffffffffffffffffff...

Volví a pronunciar su nombre, dije Edward muy bajito y supe que así debía ser, que así estaba bien.

La ciudad eterna

Elena tiene los ojos de un celeste pálido, el cuerpo grande, la piel blanca como la leche y el pelo teñido color carbón. Me llamó la atención en seguida, ni bien entró a Kusikuy vestida enteramente de negro. Parecía extranjera pero no una turista, aunque tampoco peruana, y mucho menos de Cusco. Pero Luciano salió detrás de la barra y fue a recibirla ni bien la vio entrar, se saludaron con un beso y en el más puro español cusqueño conversaron un rato sobre cosas bastante cotidianas. Era evidente que Elena vivía allí. La observé mientras esperaba a que me trajeran la comida. Tenía la voz grave y hablaba lento, y por más que estaba vestida de manera sencilla, se notaba a la legua que su ropa era de muy buena calidad.
Elena se sentó en la mesa al lado mío, Luciano volvió a sus quehaceres, y las dos quedamos solas en el restaurante todavía vacío. Empezamos a hablar cuando me trajeron el primer plato del menú y yo pregunté al mozo qué cosa era aquello. Me vio escribir el nombre y la descripción del plato en mi cuaderno, entonces con su cerveza en la mano se dirigió a mí.
-¿Escribes todo, verdad?- me preguntó afirmando.
-Sí, más o menos, casi todo.
-¿Eres periodista, o algo así?
Contesté que sí y cerré el cuaderno.
-Tendrás mucho para escribir en Cusco...
-No puedo parar- me reí yo.
-O sea que Cusco te ha atrapado...
-Así es, tanto que en este momento tendría que estar en Arequipa y sigo acá.
Elena no se sorprendió ni me preguntó el porqué, en cambio mirando al vacío me dijo que eso era muy normal.
-Cusco te rechaza o te atrapa. Desde el primer momento lo odias o lo amas, te quieres ir o te quieres para siempre quedar. No hay términos medios. Cusco es muy fuerte, es un espejo donde uno se mira aunque no quiera, y eso a algunos los seduce, a otros les da pavor.
-Pues yo creo que me ha amarrado- le dije con una sonrisa de resignación.
-Ya, tendrás que tener paciencia, ya verás qué hacer. Todo lleva su tiempo, y a veces cierto dolor: llegar a Cusco, e irse de Cusco- Elena apartó los ojos del vacío y me miró. Se sonrió.
-Me llamo Elena- dijo, y me estiró la mano.
-Soy María, un placer.
Entre las dos se entabló una conversación muy especial. Hablábamos como si nada de lo que pudiéramos contar necesitara una explicación previa o posterior, como si nos conociéramos desde siempre, entendiéndonos.

Elena nació y se educó en Cusco, y es hija de padre polaco y madre yugoeslava. Está casada y tiene tres hijos ya grandes dispersos por el mundo. Durante treinta años vivió en el extranjero y hace 6 que decidió volver, aunque en vez de establecerse en la ciudad, compró tierras en Urubamba y allí se construyó su casa.
-Soy Piscis, y como el salmón he vuelto al río donde nací para morir- me dijo.
Elena me contó varias historias, entre ellas la de su admirado abuelo, un renombrado biólogo polaco que se enamoró del Cusco y dedicó su vida a clasificar especies autóctonas. Si ahora no recuerdo exactamente algunos de los datos que me dio es porque mientras la escuchaba ni se me ocurrió apuntarlos. En cambio me había trasladado en el tiempo y alucinada me imaginaba cómo habría sido la vida de un polaco en los Andes peruanos a principios del siglo XX.
Evidentemente, Elena se había criado en un ambiente muy especial, rodeada de gente muy culta, interesante, muy personal. Tenía varias anécdotas relacionadas con eminentes doctores y estudiosos –en su mayoría europeos- que habían pasado por su casa cuando era una niña, historias que en realidad tenían siempre un único y excluyente protagonista: Cusco.
Así es; Elena contaba su vida, y como si fueran la misma cosa, como si desde siempre estuvieran encadenados, hablaba de Cusco.
-Lo habrás notado María. Cusco tiene una energía especial. ¿Sabes tú cuál es su origen? Los arqueólogos hablan de la antigüedad de las piedras, los historiadores cuentan sobre una gran civilización, pero nadie puede terminar de explicarse qué es eso que emana Cusco, de dónde proviene, si del cielo, de la tierra o de la gente que una vez la habitó. Y no hablo de los incas...
Después de esas palabras siguió la más impresionante de sus historias:
“Una vez, cuando yo era joven, llegaron a Cusco personas muy preparadas, eruditas, de ésas que por sobre todas las cosas buscan la verdad. Se habían deteriorado los muros de contención de los ríos Saphy y Tullumayo, que canalizados corren por debajo de la ciudad. Los científicos vinieron a aportar sus conocimientos para solucionar el problema y de paso investigar en los antiguos cimientos de la ciudad. Entonces se metieron en las profundidades de la tierra y sí, comprobaron eso que dicen los arqueólogos y que todos sabemos: que Cusco está construida sobre una ciudad inca. Pero esto no fue nada. Los estudiosos investigaron más y descubrieron que debajo de la ciudad inca había otra ciudad. Bajaron más, y allí encontraron una ciudad más antigua. Continuaron, y hallaron los restos de otra ciudad todavía más remota. Así, otra y luego otra, hasta que de tan hondo no pudieron excavar más. Nadie cuenta esto, es un gran secreto, simplemente porque admitirlo es reconocer que Cusco siempre existió. Imagínate María... La idea es inadmisible para este mundo ordenado, lleno de leyes, dominado por la razón. ¿Cómo se podría explicar el mundo una ciudad eterna, una ciudad que no tiene ni principio ni fin, una ciudad que es como el tiempo y el espacio?. Sólo unos pocos están preparados para captar el significado de esta verdad. El resto, presiente la eternidad de Cusco de una manera intensa sin llegar a dilucidar qué es. Y lo que no tiene nombre, lo inexplicable, o lo que no queremos ver, da mucho miedo, un miedo atroz”.
Elena se calló por un instante y la mirada se le fue otra vez al vacío. Después volvió a mirarme con sus ojazos de agua, me sonrió con ternura, y con voz como de secreto siguió:
“Cusco es lo inconmensurable, María, el ‘no tiempo’. Si aquí lo sientes, si lo entiendes, es probable que ya no puedas ir a ninguna otra parte. O que te vayas, pero que siempre necesites volver”.

Despedirme de Elena fue extraño; en el momento en que nos dijimos adiós supe que jamás podría olvidarla. Su fascinante historia de las ciudades enterradas debajo de Cusco retumbaba en mis oídos mientras subía la pendiente de Suecia hacia el Corihuasi.
La noche estaba oscura y lloviznaba, la calle estaba vacía. Dónde estarían las estrellas, dónde estaría la luna, dónde estaría Edward. Pensé en lo que había debajo de las piedras que pisaba, en la inmensidad del cielo, en las historias que se repetían, en los encuentros asombrosos, en ‘el una y otra vez’, en el tiempo girando en círculos.

Tuve conciencia del diminuto lugar que ocupaba en el espacio, me sentí una gota en un océano, un grano de arena en un arenal. Sin embargo, como nunca, me sentí parte del universo.

El miedo

Lo eludía, no lo nombraba, pero seguía constantemente pensando en él. Mario era una de las posibilidades de que no pudiera irme, que no lograra desprenderme, desamarrarme.
¿Me estaba equivocando? ¿Era el maldito miedo? ¿La necesidad de encontrarle una explicación a todo? Tal vez, ojalá. Pero esa noche decidí que ya basta; en vez de ahuyentarlo, lo recordé minuciosamente, lo traje a mi habitación, lo miré, lo encaré.
Subimos a la combi destartalada, se sentó atrás mío, en diagonal, yo al lado del conductor. Lo miré a veces. Él no me miraba, estaba ausente, perdido en sus pensamientos. Es sólo un hombre, me dije, no tiene ojos ni presencia de chamán. De pronto sentí culpa por haber huido, lástima por haberlo despojado en un segundo de sus atributos de brujo. Ahora sólo quedaba llegar al hotel, decidir cuánto le iba a pagar por sus servicios, despedirnos.
Nos bajamos de la combi, subimos a un taxi, llegamos al Corihuasi. Le pregunté si cincuenta soles eran suficientes.
-Lo que tú quieras darme estará bien.
-Gracias por todo, Mario.
-Éste es mi trabajo. Trato de hacerlo con seriedad. ¿Recordarás dónde encontrarme María? A la mañana en mi estudio, a la tarde cerca del cementerio de Sacsayhuamán. Ven a verme cuando quieras, te estaré esperando.
-Seguramente iré, seguramente iré. Ya veré. Hoy ha sido un día fuerte.
Me dio un beso y se fue cuesta arriba, emprendería el mismo camino a pie que yo había hecho a la tarde, por San Cristóbal y a través de las ruinas de Sacsayhuamán.
Me repetí ahora que Mario era sólo un hombre, miré detenidamente sus ojos, su cara imberbe, su pelo lacio, su camisa blanca, sus amuletos.

Entonces cerré los ojos, respiré hondo, muy profundo. Mario, dije en silencio por última vez, si has sido tú, desátame, desátame.
Tú eres fuerte, yo también.

Depuración

Por segunda vez me había despedido de Ernesto y de los que no vería al día siguiente y me había acostado temprano; quería estar descansada para el viaje kilométrico a Arequipa que me esperaba en la mañana. Me dormí en seguida, pero a la 1 de la madrugada un dolor punzante en el estómago me despertó y durante 12 horas creí que me moría. Vomité, mucho, sin parar, subió la fiebre, y a la madrugada atiné a levantar el teléfono y avisar a quien estaba del otro lado que me estaba muriendo. Me socorrieron, me trajeron té de manzanilla, sales hidratantes, todo en vano. A las 12 del mediodía seguía sin poder retener ni medio vaso de líquido y la temperatura se había ido a las nubes. Cuando ya el susto mío pasaba a ser enorme preocupación de todos, fui al baño por última vez y a los 10 minutos, por arte de magia, bajó la fiebre. Entonces, entre el mareo y la debilidad, tuve un momento de lucidez y recordé mi frustrado viaje en ómnibus: si no hacía algo perdería todos mis pasajes; no sólo el vuelo del próximo día a Lima desde Arequipa, sino el de Lima a Buenos Aires. Levanté el teléfono; con un hilo de voz hablé con Ernesto, por favor, has algo, le pedí.
Al rato una amabilísima empleada de una agencia de viajes entraba a mi habitación. Mi estado era fatal. Me di cuenta por su mirada. Le expliqué con bastante desesperación; entendió a la perfección.
Olvídate de Arequipa, le repetí no sé cuántas veces, aunque tenga que pagar algo más, a Cusco vine, desde Cusco me voy.

Después me quedé dormida, dormí durante 10 horas. Durante mi sueño, en algún momento abrí los ojos y tomé conciencia de la pesadilla por la que había pasado. Podía engañarme diciéndome que había sido una bruta indigestión, pero sabía que no era así. La sensación, más bien, era que había librado una batalla con la parte más negra de mí misma, la más recóndita y elemental, la que tiene miedo y prefiere huir aniquilándose, aniquilándome con sus armas letales y su terrible ferocidad. Con un alivio enorme constaté que una vez más la había dominado. Y tuve una premonición: supe que en la mañana iba a salir el sol. Ésa iba a ser la señal.
Cuando me desperté y me bajé de la cama noté que en 36 horas había adelgazado un par de kilos, que estaba medio débil, pero viva y sana. Lo primero que hice fue descorrer las cortinas. Sí, otra vez los cerros se recortaban nítidos contra el cielo azul; Cusco resplandecía después de la tormenta, Cusco ya no estaba enojada.
Como con el soroche, hice todo muy lento. Me bañé lento, me vestí despacio, terminé de cerrar mi mochila sin apuro. Luego subí al comedor, tomé un té de manzanilla y dos tostadas secas. Mónica se acercó a mi mesa y comentamos lo que me había pasado. Ah, dulzura, que nos asustaste a todos, me dijo con su modo entrañable. Después salí a la calle.
Como una recién nacida, junto al nuevo sol de Cusco, allí estaba, otra vez viva bajando por la calle Suecia hacia la plaza de Armas. Tenía tiempo para caminar por la ciudad hasta pasado el mediodía. Después iría al aeropuerto, y si no había problemas climáticos, ni técnicos, ni viento de cola, partiría para Lima con el ticket que milagrosamente me había conseguido la empleada de la agencia de viajes, y esa tarde para Buenos Aires. Si no, me quedaría allí hasta que Cusco decidiera.
Ya lo sabía, lo había asumido, aunque una voz en lo profundo de mí me decía que estábamos en armonía: al fin me había entregado, Cusco me dejaría partir.

En el aire

El avión despegó como una flecha hacia el cielo azul, esquivando los bordes montañosos del pozo donde está metida la ciudad. El día seguía límpido, no había ni una sola nube, y volví a extasiarme con el paisaje de los nevados azules y las montañas color chocolate. Después todo fue muy rápido: aterrizamos en Lima, no sin trabajo recuperé mi mochila y volví a despacharla en el vuelo de Taca que me llevaría a Buenos Aires. Apenas un rato más tarde estaba volando otra vez.
Ahí comenzó todo, cuando en medio del cielo ya oscuro me relajé y me di cuenta que me había ido de Cusco.
Entonces cerré los ojos y sentí lo que llevaba encima. Lo sentí todo, se me erizó la piel, y tuve pánico de que con el menor movimiento se me hiciera trizas, de que el mundo me lo rompiera en mil pedazos. Me desesperé: tenía que protegerlo. Inexplicablemente recordé la procesión detrás de la que me había ido el primer día en Cusco. Vi a la mujer que marchaba adelante acunando entre sus brazos y contra su regazo la pequeña estatuilla del santo. No había podido olvidarme de ella, ahora me daba cuenta. La imagen de su gesto protector me había acompañado permanentemente como un gran símbolo.

Sin pensar en lo que hacía la imité, me envolví en un abrazo apretado, me acurruqué en el asiento, me replegué sobre mí misma, cerré los ojos y me obligué a dormir; dormí todo el viaje.

Aquí, en algún lugar

No hablar, no atender el teléfono, no encender el celular, no escuchar música, no salir a la calle, no leer: sólo escribir. Eso hice hasta hoy, durante poco menos de un mes. Fue como no hacer ruido mientras un niño duerme, tener entre algodones un cristal finísimo, mantener los ojos apretados para continuar soñando.
Sólo escribiendo iba a preservar mi viaje, a preservar Cusco, así que allí me sumergí, muy hondo, muy sola, muy acompañada. Y ya está. Aquí está. Podré corregir alguna frase, párrafos enteros, incluso agregar algo que se me haya escapado, pero siento que Cusco está, que si yo no estoy allá lo tengo conmigo aquí.
Ahora estoy aliviada, o al menos eso creo. Puede que cuando suene el teléfono esta vez lo atienda, quizá ponga algo de música, salga cualquiera de estas noches con amigos. No sé. No sé cómo seré yo cuando no esté más en Cusco.

Tendré que tomar coraje, abrir los ojos y empezar a volver.

1 comentario:

Victor dijo...

Muy buen relato de la ciudad mágica de Cusco, ombligo del mundo, y de todos los vestigios de la cultura inca, estaba buscando algo de noticias de Cusco y encontré tu blogspot. Extraño mi ciudad ahora estoy en el extranjero espero pronto regresar. Saludos Maria.