26/12/12

En bus hacia la tierra de los 3300 templos

La manzana y las dos bananas que me dio la dulce Mama para el long journey, zapatillas en vez de ojotas y buzo y campera porque leí que los buses de Myanmar son como los colombianos: una heladera. La terminal de Yangon es un barrial pero el bus que hace la ruta a Bagan es de una modernidad sin igual. No sólo tiene asientos mullidos y reclinables sino que una azafata con un conjunto de longyi y blusa plateado cuida por el bienestar de lo pasajeros. Cómo me gusta esto, un asiento cómodo, una gran ventana por donde mirar y la expectativa de horas de no hacer nada.
Yangon desaparece y lo que se ve es campo verde y raso, sólo plantaciones de papa y alfalfa, y, cerca de los ríos, parcelas de arroz. Las primeras horas transcurren por la expressway que une Yangon con Mandalay, una carretera de cuatro carriles construida por los militares con peajes cada dos por tres. La expressway está vacía: resulta tan cara que nadie la usa, salvo los buses y los modernos autos, siempre oscuros, de los militares o de la elite -pequeña, pero muy rica- allegada a ellos. La carretera desierta, el saber que gran parte de ella fue construida manualmente por hombres condenados a trabajos forzados, el entorno sin pueblos ni casas, me dan la sensación de que viajo por la ex URSS, o por el país imaginario donde Orwell situó 1984. Es increíble que una carretera pueda impresionarme tanto, pero es así; más adelante, cuando piense en esta desolada cinta gris, en vez de parecerme un símbolo de modernidad, me parecerá el símbolo de un país desde hace décadas oprimido donde en vez de pensar en sus habitantes el gobierno gasta millones de dólares en una expressway que apenas se usa.

Todo cambia cuando nos desviamos en Meiktila hacia Bagan. El camino se estrecha, aparecen casas de madera sombreadas por árboles de flores rojas y enhiestas palmeras. En el campo trabajan a mano hombres y mujeres; veo carros tirados por enormes cebúes blancos, niños volviendo de la escuela. Ahora voy con la frente pegada al vidrio, fascinada. A la altura de un aldea muy humilde quedamos detenidos. En medio de la ruta se contorsiona un toro negro hecho de tela mientras 5 chicos y chicas tocan los platillos. Plim plim plim, y el toro negro (un chico subido sobre los hombros de otro, uno más simulando ser el lomo y las patas bajo el disfraz) baila que te baila. Cinco minutos después varios de ellos suben al bus a pedir monedas por la función. Mingala-ba, kiats? 
En el paisaje empiezan a aparecer templos. Lejos en un maizal, a orillas de un arroyo, al costado de un pueblo, en medio de los surcos abiertos. Son distintos a los templos dorados de Yangon, éstos están construidos con ladrillos y algunos tienen el techo redondeado pintado de blanco. La sensación es que la ciudad ha quedado lejos, que estoy en otro Myanmar. Durante la última parada antes de llegar a Bagan descubro algo que será el mayor de los manjares durante mis futuros viajes en bus: las enormes patas y muslos de pollo asado que las mujeres venden alrededor de los micros. El pollo está tibio, recién salido del horno y su carne es tan dura que parece de vaca. Lo como con las manos a la vera del camino mientras mis compañeros de viaje comen los sempiternos noodles. Durante el resto del trayecto la gente que viene desde Yangon comienza a bajar y suben campesinos. Con sus longyis gastados, muchos descalzos, acarrean bultos y herramientas para labrar la tierra. También suben maestras que acaban de terminar su trabajo, preciosas con sus uniformes verdiblancos.
Después de 7 horas de viaje, cuando ya el cielo está oscurecido, llegamos a la terminal de Nyaung U, el pueblito más importante de la gran zona que ocupa la antigua Bagan. Recuerdo esto: me bajé del bus y olí el perfume de una flor desconocida. Se escuchaba la tenue brisa entre las ramas de unos altísimos árboles que después supe eran tamarindos, se escuchaban grillos y el sonido precioso del rodar de las bicicletas. Hacía calor, un calor seco, tan distinto al de Yangon. Se me acercó el conductor de un rickshaw muy pequeñito, le dije que iría caminando hasta mi guest house y se rió. ¿Es lejos? le pregunté yo. Twenty minutes contestó. Así que me senté en la sillita de su rickshaw, el hombre ató mi mochila atrás de su asiento y partimos. En la noche silenciosa y perfumada escuchaba su respiración y el chirrido que hacía su vieja bicicleta.
Me dije, esto me va a gustar tanto que me voy a quedar aquí quién sabe hasta cuándo. Y así fue, me quedé mucho tiempo en Bagan.

4 comentarios:

Paco Piniella dijo...

Los autobuses son lugares curiosos en todos los países, recuerdo una experiencia entre Veracruz y Oaxaca con jaulas de gallos y música a tope, impresionante.
Bueno, que sigas viajando más y más en 2013.
Paco

El LoBo BoBo

Paco Piniella dijo...

Me has quitado de tu blogroll, jajajaja el LoBo BoBo se va a enfadar....

Historia de un caballero sin caballo dijo...

Me parece fascinante tu blog, !Sigue asi!

Camila dijo...

Esta bueno poder hacer viajes distintos a los que hago normalmente que suelen ser ir a la playa y nada mas. Por eso, me informo en internet sobre opciones de ciudades en lugares mas lejanos con culturas lejanas a la nuestra. Solo necesitaría obtener Pasajes Baratos.