15/11/12

Un lenguaje nuevo para Myanmar

Durante el tiempo que estuve en Myanmar estuve desaparecida de mí. Fue algo paulatino, o quizá sucedió ni bien aterricé en Yangon e inconscientemente hice como que no pasaba nada. Lo cierto es que cuando quise encontrarme -creo que fue en Bagan- ya estaba muy lejos de mí, totalmente perdida. Fue por eso (lo sé ahora que ha pasado casi un mes desde que regresé) que durante los 25 días que viajé por la ex Birmania no pude escribir nada. Al principio lo intenté; fiel a mi estilo, recién cenada y bañada, ya guardada en mi habitación, armaba mi escritorio sobre mi cama. Entonces me proponía darle forma a las palabras y frases sueltas que había escrito en mi cuaderno durante el día. El esfuerzo era infructuoso, no sólo no me gustaba lo que escribía sino que no sabía qué ni cómo tenía que escribir. Yo no estoy más aquí, pensaba, todos los viajes son diferentes, pero éste me tiene hechizada. Así viajé de un lado a otro, con la sensación de que me iba abarrotando de sensaciones, anécdotas, voces e ideas, sin que yo, perdida, pudiera contarlas.
Durante el día estaba ocupada en devorar lo que veía; a las 6 de la tarde, cuando oscurecía, me opacaba y sentía el peso de mi ausencia. Esa sublime urgencia que me hace dejar todo para escribir y que me lleva a otra dimensión me había abandonado, y me preguntaba qué era ese estar callada sin hacer nada. Me entregué, no podía hacer otra cosa. En vez de escribir, metida en la cama y con la luz apagada, escuchaba los cánticos que, a veces durante toda la noche, resuenan en los pueblos desde los monasterios budistas. También escuchaba el croar de las ranas, el piar de unos pájaros nocturnos desconocidos muy parecidos a las golondrinas. Y pensaba en que no estaba pensando en nada.
Ahora empiezo a entender que Myanmar no tuvo nada que ver con mi desdoblamiento, con ese perderme y no encontrarme. Más bien creo que coincidió con el desmoronamiento de ciertas estructuras que ya no me interesan, con un contar que ya no me llena, con un mirar que quiere ampliarse para ver más en profundidad. Y es lógico: cuando se derrumba todo, hasta que se empieza a construir, no hay nada. El vacío me pasó estando de viaje. O, mejor dicho, el momento culminante de un largo proceso de cambio fue durante mi viaje a Myanmar.
Aclarado esto (sé que soy yo la que más necesita esta aclaración y es posiblemente prescindible para el que me lea), con un alivio tremendo y con el entusiasmo de estar frente a algo totalmente nuevo y por ende desconocido, voy a contar, paso a paso, mi extraordinario viaje a Myanmar.

3 comentarios:

el viajero impresionista dijo...

Extraordinario ha de ser, por fuerza, tras esa reflexión. Saludos.

Paco Piniella dijo...

Rehacer uno la vida no es solo necesario sino imprescindible, especialmente a medida que pasan los años. Saludos viajeros María

Merche Gallart dijo...

Que delicia leerte siempre Maria. Comprendo perfectamente esa sensacion. Hay etapas de cambio en nuestras vidas, a eso le llamo crecer como ser humano.Seguire tu desdoblamiento x la fascinante Myanmar.