18/11/12

Myanmar: Mingala-ba Rangoon

Me desenredo de las sábanas, abro los ojos, una luz lechosa se filtra a través de la ventanita de mi habitación. Es de día, pienso. Miro mi reloj: todavía no son las seis. Me lavo la cara, me visto, evito el precario ascensor de la guest house donde me hospedo y bajo por las escaleras. En el minúsculo comedor huele a fried noodles y a bananas. Las cuatro mesas están ocupadas, así que me siento a esperar en la salita donde está la televisión. Una señora mayor envuelta en un precioso longyi y con un tradicional tocado de flores blancas en su pelo negro se me acerca y me da una taza con agua caliente y un sobrecito de café instantáneo. La saludo con un mingala-ba (buenos días, la única palabra que sé decir en birmano) y ella, sus ojos desaparecidos bajo los pliegues de sus párpados, sonríe y me dice todo junto mingala-ba-good morning. En un inglés muy básico me pide que la llame Mama y me aclara es la abuela de la casa. Mama se sienta a mi lado, me mira con curiosidad y me pregunta cómo es viajar sola. A mí me gusta, le digo, si estuviera acompañada seguramente no estaríamos conversando. Y cómo es vivir en Yangon, le pregunto yo. Nací aquí, en Rangoon, me dice, vi muchas cosas y siempre fue difícil. Y ahora, ¿es mejor? vuelvo a preguntar, sabiendo que en Myanmar la mayor parte de la gente es reacia a responder preguntas que tengan que ver con la situación política del país. Es lo mismo, contesta en voz baja. Ahora nos dicen que vivimos en democracia porque hubo elecciones, pero nada ha cambiado, los generales siguen estando aquí. Mama vuelve a sonreír, me palmea suavemente la rodilla y me pregunta: You no husband? Children? Want noodles?

El calor es pegajoso, el aire, como empapado, moja mi ropa y mi piel. Además de la vida, tantas cosas suceden al mismo tiempo cuando uno viaja. Ahora, en la calle, soy consciente de la tremenda adrenalina que me genera el primer encuentro con personas de una cultura desconocida. No sé cómo me mirarán, si seré bienvenida o los incomodaré, si me observarán o pasaré desapercibida, si querrán hablarme o me evitarán, qué me dirán cuando les pregunte si puedo sacarles una foto.
Yangon recién amanecido ya es un hervidero de gente. Los light trucks y los tuk-tuk van colmados, los puestos ambulantes estrechan las calles, las mesas de los cafés están todas ocupadas. La actividad es intensa, sin embargo se percibe una extraña tranquilidad, un 'no apuro', como si la vida fluyera a un ritmo de otro tiempo. ¿Cuánto leí sobre Myanmar antes de viajar? Lo que pude, lo suficiente para desear estar acá. A media cuadra de mi guest house veo una vendedora de sandías con grandes rectángulos blancuzcos pintados en ambas mejillas. En un primer momento pienso que será una costumbre de una etnia en particular, con el correr de los días descubriré que casi todas las mujeres de Myanmar, adultas o niñas, untan su rostro con thanaka, una pasta hecha con la corteza de un árbol que sirve como protector solar y exótico make-up. Qué felicidad no saber nada, me digo, nada de nada a pesar de lo que leí, un paso y otro paso y sorprenderme, tener un mundo nuevo por descubrir.
Disparo con mi cámara queriendo captar lo tangible e intangible, lo que se ve y lo invisible. Me pierdo en la zona del mercado y no puedo creer dónde me he sumergido. Nada, no sé nada. Ni el nombre de las verduras ni el de los pescados, ni el del guiso que se cuece en grandes cacerolas de aluminio, ni el de las plantas que parecen raras algas, ni el de unos ¿moluscos? que se venden vivos. No sé en qué idioma habla la gente, no entiendo lo que dice. Nadie habla en inglés, los letreros están escritos en el redondeado alfabeto birmano, sin traducción. Los hombres mascan betel, la boca como una cueva oscura, los dientes teñidos de rojo sangre. Las mujeres, con longyis y blusas de colores, sonríen con el rostro embadurnado con thanaka y los ojos rasgados. Casi todas: no sonríen las musulmanas, cubiertas con sus tradicionales velos oscuros. Entre la mezcla de gente distingo también algunas mujeres con un bindi rojo en la frente. Son hindúes descendientes de inmigrantes llegados de la India hace décadas, cuando Myanmar se llamaba Birmania y era colonia británica; ésas tampoco sonríen, miran con ese mirar diáfano que casi da pudor porque deja al descubierto su alma. La calle por donde ando perdida bordea el mercado, una gran galpón de madera construido por los ingleses hace más de 100 años. Dentro, los vendedores son todos hombres. Casi en penumbras, iluminados por unas pocas bombitas que cuelgan desnudas desde lo alto del techo, los carniceros trozan carne y los polleros degüellan gallinas. La mayoría de los vendedores me saluda respetuosamente; algunos intentan decir unas palabras en inglés. What country? Ar-gen-ti-na... Far away your country? You budhist or muslim? Un hombre de unos 70 años, vestido a la occidental y dueño de un puesto de especias, me detiene y comienza a hablar, orgulloso de su buen inglés. Me cuenta que su familia llegó a Myanmar cuando él era niño desde Madras. No recuerda nada de la India, sólo el largo viaje en barco a través de la Bahía de Bengala. Cuénteme cómo era el barco. Oh, it was a big ship with white sails...
Cuando salgo del mercado miro por primera vez al cielo. Estoy a sólo tres cuadras de Sule Pagoda, el gran templo budista de techos dorados considerado centro neurálgico de la ciudad y los edificios que me rodean se caen a pedazos. Veo ruinosas casonas inglesas, deterioradas construcciones de la época socialista, mezquitas, una iglesia metodista, una sinagoga. Pienso: El 90 % de los 60 millones de habitantes de Myanmar practica el budismo, el 10 % restante esta compuesto por musulmanes, animistas y cristianos. El país tiene más de 100 etnias. Es uno de los países más pobres del mundo, sin embargo cuenta con extraordinarios recursos naturales. Un 1,5 % del PBI se destina a educación y salud. Cerca de la mitad del PBI se destina a las fuerzas armadas. Myanmar cuenta con 500.000 militares. También, aproximadamente, con la misma cantidad de monjes budistas. Datos, tengo un montón de datos, pero no sé nada. Son recién las 11 de la mañana, en un humilde y diminuto local atendido por indios me tomo un lassi tibio y me digo que si no me muero con esto no me muero con nada. Después voy hasta la entrada de Sule Pagoda, me acerco a la jaula donde un hombre tiene encerrados cientos de pajaritos, elijo uno, pago unos míseros kyats y el pajarito vuela libre otra vez, confundido al principio, pero embriagado en seguida con tanto cielo.

Los datos sobre estadísticas los extraje de UNICEF, BBC, Lonely Planet y Rough Guide.

2 comentarios:

Mercedes P dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
José dijo...

Seguramente el pajarillo lleva el alma de alguien que te tendrá siempre en su corazón.