27/9/12

Cuando lo único que importa en Bangkok es Myanmar

Me desperté en medio de la noche y no supe dónde estaba. Los relámpagos se metían en mi cuarto a través de las cortinas transparentes y la lluvia martillaba contra las ventanas. Dónde estoy... Me levanté, revolví mi mochila, me puse el antifaz para dormir de Qatar Airlines y volví a la cama.
Pensé: Este diluvio es Bangkok. Esta habitación está en el cuarto piso de Wendy's house. Volé hasta aquí desde Marruecos durante 20 horas. Estoy cansada y mareada.
En ésas estaba, intentando echar raíces en la Tierra, cuando caí en la cuenta de que a la mañana siguiente tenía que despertarme al alba: Mi meta no es Tailandia sino Myanmar, y debía estar en la Embajada para tramitar la visa lo más temprano posible. Así que dormí poco y las 6,30 estaba tomando el desayuno. Diez minutos más tarde viajo a la velocidad de la luz en el impoluto, inodoro e insonoro Skytrain que desde las alturas atraviesa buena parte de Bangkok. Hora pico, teléfonos encendidos, headphones conectados, make up celeste, tacos altos, polleras cortas y ajustadas, peinados raros. Voy desdoblada: Veo las silenciosas pantallas de TV incitando al consumo con espectaculares avisos de autos, relojes, tecnología y ropa de marca, la ciudad ordenada y sus torres futurísticas. Sin embargo, aún puedo oler el aroma a sardinas asadas que inunda a toda hora las calles blancas de Essaouira, aún puedo escuchar los llamados a la oración desde los minaretes y el graznido constante de las gaviotas, puedo ver las mujeres veladas, los hombres en chilabas, los oscuros callejones donde anidan innumerables gatos. ¿Dónde tengo mi alma? Me digo que si estoy en el Skytrain de Bangkok es porque mi única meta es lograr la visa para entrar a la ex Birmania.
Surasak, en esa estación me bajo. Camino 4 cuadras, son las 7 y media y ya hay gente, soy la novena en la fila. Tengo todo: el formulario que compré por 5 Baht en un kiosco, 2 fotos color, fotocopia de mi pasaporte, el ticket de mi vuelo a Myanmar para dentro de 2 días. De pronto me pesa el jet lag, me siento en la vereda y cierra los ojos, pasa una hora, la fila atrás de mí ya da vuelta a la esquina. A las 9 abren las puertas. Todo es simple y los empleados son muy amables, aunque a los italianos que están adelante mío no les darán la visa en el mismo día. Yo insisto, muestro mi ticket de avión, pago 1260 Baht y me dicen que a las 15,30 estará lista.
Decido ir a Chinatown, camino entre autopistas bordeando un río hasta que me doy cuenta de que me he equivocado: me he salido del mapa. Pregunto y nadie sabe indicarme cómo volver andando, aquí caminar más de quince minutos es como embarcarse en el Camino a Santiago de Compostela. Finalmente me subo en un bus amarillo supersónico. Me quedo en la zona de Silom, abandono las avenidas y me meto en los interminables mercados. Apretados, atiborrados y a la vez ordenados, camino hipnotizada entre mil puestos de comida, zapatos, artículos para el hogar y ropa. El olor de la comida thai me vuelva loca: Si pudiera comer con la nariz me alimentaría respirando. Entro a un Mc Donalds y uso el baño, después, en un puesto callejero, almuerzo una crab and tofu salad, tomo green tea helado, como piña y coco y mango recién cortados. Entre las torres el cielo se pone violeta-negro y diluvia. Faltan todavía dos horas para recoger mi visa. Me refugio en una librería y compro la Lonely Planet de Myanmar. A las 14,30 vuelvo a la Embajada. Ya hay 4 personas esperando. Uno de ellos es un periodista canadiense. Me cuenta que ya ha estado en Myanmar 2 veces, pero que no le bastan las noticias de los diarios: quiere volver para ver qué sucede con el arribo de la democracia después de tantos años de dictadura y encierro, quiere comprobar con sus ojos este momento histórico. Como él somos varios, si la fila a la mañana era larga, a las 3 de tarde y bajo el sol inclemente que ha vuelto a salir entre los nubarrones es interminable. Esta vez no hay orden: a las 15,30 la gente aprieta e intenta llegar de cualquier forma a los mostradores. Finalmente me toca a mí: primero me dan un pasaporte húngaro, después ¡sí!, mi pasaporte italiano. Chequeo: todo está en orden. Vuelvo a la estación de Surasak, tomo el Skytrain hasta el National Stadium y de ahí camino hasta Wendy's house. A las cinco de la tarde ceno chilli fried rice y me tomo una cerveza Chang helada. Me baño, y a pesar de que quiero escribir y leer, a las 7 estoy durmiendo.
Ahora son las 3 de la madrugada y estoy despierta desde la 1,30. Sí, padezco un tremendo jet lag, pero estoy feliz: tengo mi visa para entrar a Myanmar. Mi viaje a la ex Birmania está a punto de comenzar.

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