10/5/12

Cincuenta días en Nepal (Segunda parte: Mi vida en Bhaktapur)

Llegué a Bhaktapur ya añorándola, tal vez porque de todas las ciudades que había visitado durante mi primer viaje a Nepal, Bhaktapur y su gente habían quedado grabados en mi corazón. Venía cansada, arrastrando mi bolso por la calle empedrada. A esa altura del viaje ya no buscaba información en mi guía, no tenía ni idea de dónde iba a dormir. Al llegar a Dattatraya Square vi el cartel de una guest house. Funcionaba arriba de una tienda que vendía papel artesanal y tenía sólo 3 habitaciones muy sencillas. Jaya Ram, el dueño, me mostró la mía: aunque era oscura y tenía el techo muy bajito, una de sus ventanas miraba al templo de Dattatraya -deidad que combina los poderes de Shiva, Vishnu y Brahma- y es el más antiguo de la ciudad. Cuando le dije ok me preguntó cuánto tiempo me quedaría. Le contesté I don't know, maybe one or two nights, aunque los días fueron pasando y dormí allí 9 noches.
Ya he escrito sobre Bhaktapur: la ciudad newari es mágica. Uno cruza una de sus puertas y entra en otra dimensión. Querría estar allí ahora, porque Bhaktapur es como un infinito cuento, como un sueño, y a mí me gusta vivir ensoñada.
Esa primera tarde salí a buscar todo eso que recordaba. Volví al hotelito en Taumadhi Square donde me había alojado con mi hija Fran y el manager me reconoció y se acordó de mi nombre. Me senté a comer en la terraza y pedí lo que comíamos con Fran: vegetable chow-mein y una cerveza Nepal Ice. Mientras esto sucedía anochecía y en el templo que honra al temible dios Bhairab comenzaba a sonar la música. Campanitas, platillos de bronce... Plin... plin... plin... Por las calles sin luz regresé a mi guest house sabiendo que estaba atrapada.
Durante los días siguientes acomodé mi habitación: saqué el polvo del ropero y guardé mi ropa, corrí los muebles y hasta pensé en lavar las cortinas. Me dije que con un litro de pintura blanca solucionaría la oscuridad de las paredes y que con un poco de lavandina el baño brillaría. No hice nada de todo esto, aunque me di cuenta de que fantaseaba con echar raíces. Cuando esta sensación me invade es que estoy muy enamorada.
Sin pensar, sin esfuerzo, casi como si caminara dormida, me entregué al ritmo de Bhaktapur. Me levantaba al alba y me iba atrás de las mujeres que recorren los templos con sus platitos de pujas, ofrendas de comida, semillas y flores para los dioses. Con rojas tikas pintadas en el entrecejo, sus atuendos newari -sari negro con bordes rojos y amarillos, el tradicional cholo (chaqueta que se cierra cruzada sobre el pecho, con lacitos) y grandes shawls de colores, eran como racimos de flores que se desperdigaban por las calles desiertas. Bajo la luz lechosa del amanecer quería seguirlas a todas, saber de sus vidas, dónde iban, de dónde venían. Hubiera querido multiplicarme, ser innumerables Marías, ya que yo no me bastaba: Caminaba a cierta distancia de un grupo de cuatro y en una esquina, hipnotizada, me iba en pos de dos ancianas que arrojaban granos de arroz al aire, honrando a la deidad de la mañana. Una mujer adornada con un tocado de flores y un platito de pujas cubierto delicadamente por una tela a cuadros me distraía y me iba tras ella, pero en el camino me cruzaba con una madre y una hija preciosas que en grandes jarrones de cobre acarreaban agua de una fuente y las seguía hasta que desaparecían en un callejón. A veces quedaba expuesta, arrinconada frente a un pequeño templo donde se amontonaban mujeres y tenía la sensación de que se incomodarían, que creerían que estaba espiando su intimidad, pero me miraban sin verme, como si yo no existiera. Entonces me quedaba muy quieta y las observaba con los ojos y el corazón. Todo lo que hacían me fascinaba: su murmurar frente a una imagen de Shiva o Garuda, la veneración con que pasaban sus manos por los dispensarios de roja tika y se pintaban la frente, su andar sin ruido por las calles vacías. Las mujeres de Bhaktapur a la hora de las pujas me parecieron de las más hermosas que he visto en mi vida. Después de tres días de seguirlas quise parecerme a ellas. Así que me compré un gran shawl de puro Cashmere y le expliqué a Jaya Ram que quería un cholo. Jaya Ram me recomendó una costurera que trabajaba en un sucucho con una máquina de coser a pedal y sólo hablaba newari y nepalí. Pero entre las dos nos entendimos, fuimos a comprar la tela juntas, me tomó las medidas y al día siguiente yo me paseaba por Bhaktapur con mi shawl nuevo y un cholo precioso.
Mi atuendo no hizo más que acentuar mi felicidad: sin dejar de ser yo, también era casi una mujer newari-nepalí. Como ellas andaba por los mercados y compraba manzanas, comía momos en los puestos ambulantes, me quitaba las sandalias y me sentaba a mirar pasar la vida en las explanadas techadas que están cerca de los templos. Un día una señora muy viejita me quiso enseñar a tejer con tres agujas. Otro día una chica me regaló una flor. La pescadera del mercado comenzó a decirme adiós con la mano. Muchos, mediante señas, me hacían entender que el cholo me quedaba muy bien.
Aunque ya no me perdía y me parecía que reconocía cada templo, cada pokhari (las grandes y antiguas piletas para almacenar agua que salpican la ciudad), cada callejón, mi vida en Bhaktapur se convirtió en un continuo vagar. Mi habitación -en mi imaginación ya pintada de blanco y con el baño inmaculado- era mi nido. Desde allí yo no planeaba nada, sólo disfrutaba. Me levantaba cuando todavía era de noche, deambulaba durante horas y me iba a dormir de día. Guardada en mi nido, metida en la cama, escribía mucho, editaba fotos y, sin moverme, desde allí mismo escuchaba a los hombres que todos los atardeceres tocaban música en el templo de Dattatraya. Plin... plin... plin, comenzaban, y yo me decía esto que me sucede es magia pura.

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