3/4/12

Oh, Bhairab

Aunque el misterio de la muerte me atrae sobremanera (supongo que debido a mi ascendente escorpiano), hay momentos como éste en que querría ser eterna.
Hoy cuando escribo es en realidad ayer, bendito ayer que con sólo 24 horas me regaló de todo. Nepal con sus montañas y valles, sus aldeas, sus etnias, sus tradiciones y su insondable sincretismo religioso te da eso: pura y magnética diversidad.
Hace días que vivo en Bhaktapur, inmersa en el medioevo. En este ex reino otrora poderoso el tiempo se ha detenido. No hay en Nepal un sitio como éste, ruinoso y a la vez majestuoso, paupérrimo y a la vez rico, real y a la vez increíblemente mágico. Habitado por los Newar, dueños originarios del fértil valle de Katmandú, Bhaktapur derrocha orgullo de etnia; como en todo Nepal sus gentes están divididas por castas -desde los brahim, la clase social más alta, a los sudras o intocables-, pero más que nada, lo que los diferencia del resto de los nepalíes es que son newaris.

Nepal tiene una historia apasionante que se pierde en un pasado varias veces milenario. Podría contar un montón de cosas, pero me quedo con las que más me impactan: A pesar de haber sido siempre paso obligado de las ricas caravanas que a través de los Himalayas iban y venían de Tibet y China a India, Nepal jamás fue invadido por sus poderosos vecinos. En épocas más modernas ni los ingleses lo hicieron cuando extendieron su colonialismo sobre India a principios de 1800 (en vez de eso prefirieron incorporar a su ejército a la aguerrida etnia Gorka -sí, los famosos Gurkas), ni los chinos lo hicieron cuando avanzaron sobre Tibet en 1950. Debido a tantos siglos de aislamiento, Nepal mantiene sus remotas costumbres. Posee tantas etnias y dialectos como la lejana Bolivia, un gobierno republicano que recién en 2008 dejó atrás una monarquía absoluta protagonista hasta hace muy poco de arcaicos y dramáticos episodios, una población que en su gran mayoría (65 %) vive por debajo de la línea de pobreza, un sistema educacional y sanitario muy precario, una economía tambaleante basada en la micro agricultura, una arquitectura onírica, donde altas pagodas de varios techos y templos hindúes rodeados de imágenes y estatuas de Brahma, Vishnu, el destructor Shiva, Ganesh y Garuda comparten espacio con las blancas stupas budistas tibetanas. Enmarcado por todo esto y por el paisaje fabuloso, Nepal es sobre todo un sincretismo religioso misterioso, donde el hinduismo, un antiquísimo animismo y el budismo tibetano se entremezclan como la trama y urdimbre de un infinito e hipnótico telar.
Bhaktatur es el lugar perfecto donde perderse en esta estela cosmogónica. Dicen que cuanto más ritual tiene una religión, más arcaica es. Pues entonces el hinduismo que se vive aquí se remonta a 1000 o tal vez más años atrás.
Pasé varios días levantándome a las 5,30 de la mañana sólo para ir atrás de las mujeres que todos los amaneceres del año llevan sus ‘pujas’ (ofrendas) a los templos. En pequeños platitos de metal llevan flores, semillas, comida y la pasta roja con la que se pintan el ‘bindi’ (llamado 'tika' en nepalí) en la frente. Verlas es increíble: no sólo dejan una puja en uno o varios templos y pintan con la pasta roja estatuas e imágenes de los dioses que encuentran en su camino, sino que arrojan semillas en cualquier sitio que consideran contentará a los dioses. La entrada de una casa, un hueco entre los adoquines de la calle, un árbol, una pared, la plaza donde se halla una imagen de Shiva, los escalones que rodean a una fuente de agua. Las he visto arrojar flores y semillitas de arroz hacia ninguna parte, como si el aire, la luz, el cielo, la lluvia, el sol, el calor y el frío debieran ser honrados. En Bhaktapur el ritual es una forma de vida. Todo tiene un fin y un porqué. A las pujas le sigue hacer la compra, buscar agua en las fuentes, lavarse en la calle con la mínima agua posible, sentarse al sol a conversar con la familia y los vecinos aunque sea un rato. A las 11, mujeres y hombres desaparecen para almorzar. Las calles vuelven a poblarse a las 3; los agricultores que a las 5 de la mañana llegaron hasta las plazas de la ciudad con su cargamento de verduras regresan a vender lo que las mujeres necesitarán para preparar la cena. Los viejos, sentados bajo los aleros que rodean los templos, conversan, juegan al ajedrez o no hacen nada. Las mujeres hilan en pequeñas ruecas, hacen madejas ayudándose no sólo con las manos sino con los dedos de los pies, tejen con tres agujas, atienden sus tiendecitas, vuelven a buscar más agua a las fuentes para cocinar. A las 6 ya oscurece y se corta la luz. Nepal tiene grandes deficiencias energéticas, así que todos los días entre las 6 y las 8 ó 9 de la noche los que no poseen un generador de electricidad viven a oscuras. Entonces, como amparado por la noche, comienza el ritual en su más sugestiva expresión. En los templos se encienden velitas y se queman inciensos. Lentamente comienzan a sonar las campanitas. Le siguen las flautas, unas extrañas trompetas y luego varios tambores. Al compás de la música, los hombres, durante 2 ó 3 horas, cantarán viejas canciones que mezclan palabras newari con otras derivadas del sánscrito.
A las 9 Bhaktapur es una ciudad desierta. El silencio es poderoso, bajo la protección de Shiva y sus incontables manifestaciones y encarnaciones los hombres descansan.

Esta pequeña introducción es la excusa para contar mis fabulosas horas de ayer. Después de estar tantos días en Bhaktapur decidí caminar hasta el monasterio budista tibetano que se encuentra en Namo Buddha. Fue duro: caminé tres horas cuesta arriba. Pero la sensación de verme nuevamente rodeada de banderitas de colores y monjes con sayas moradas y amarillas fue maravillosa. Otra vez la inigualable paz budista, esta vez en medio de un bosque que corona una altísima montaña. Estuve allí un rato largo, escuché los cánticos del monje encargado de la sala donde está la gran estatua de Buda, di vueltas alrededor de una antigua y sencilla stupa, toqué campanas e hice rodar las ruedas que la circundan. El regreso me llevó otras 3 horas cuesta abajo por un camino rodeado de preciosos campos sembrados. Pasé por caseríos newari habitados por campesinos que jamás han ido más allá de sus parcelas de tierra. Ya a la entrada de Bhaktapur lo único que quería era meterme bajo la ducha y comer. Pero en Nyattatola Square, la plaza principal, había un movimiento inusual. Las mujeres estaban vestidas con sus mejores atuendos newari y había varios grupos de música sentados en el suelo tocando música tradicional. La plaza, decorada con guirnaldas de flores y telas de colores era un gentío. Me olvidé de la tierra que traía y de mi hambre y me acerqué. Lo que vi me dejó helada: frente al templo del dios Bhairab (manifestación de Shiva en su forma más terrorífica, con poderes aniquiladores y muy venerado en Nepal) había una fogata donde se quemaba incienso y más allá una pila gigantesca de comida. La gente, en orden, caminaba alrededor de la montaña de comida mirando con admiración. Me había metido en un sueño, ésa era la sensación. Entre la muchedumbre me encontré con Simonne, una fascinante inglesa que hace 15 años vive aquí, de quien ya escribiré un post. Lo que me contó fue lo siguiente: hace unos meses robaron la imagen de Bhairab. La estatuilla, pequeñita y hecha en bronce, había sido reemplazada hacía unas horas, de ahí que se celebrara Chemma Puja, la impresionante fiesta con la que se intentaba calmar los ánimos del temible Bhairab por haberlo ofendido. Permanecí en la fiesta durante unas horas sentada en el suelo entre un montón de músicos, con el polvo que traía de mi trek y un enorme tika que me pintaron en la frente. Después me fui al restaurante que más me gusta y me pedí un Nepali Thali y una cerveza Everest. Regresé a mi guest house ya de noche. Me duché y me metí en la cama. Afuera todo era silencio y yo pensaba si no estaría equivocada, tal vez la cantidad de cosas que había vivido no habían sucedido en un día sino en varios. En eso estaba, ya casi dormida, cuando escuché un clamor lastimero que se acercaba. Me levanté y me asomé a la ventana. Por la calle oscura un grupo de hombres llevaba en andas a un muerto envuelto en ricas telas. Atrás lo seguían sus familiares y amigos cubiertos con trapos blancos llorando estridentemente. Iban camino a Brhamayani, el ghat sobre el río donde lo cremarían. Los llantos y lamentos retumbaban en la noche, dando cuenta a los vecinos de Bhaktapur y a los dioses de su muerte. El grupo se perdió en la oscuridad y el silencio volvió a caer como un manto pesado sobre mi calle.
Oh, Bhairab, aniquilador y por eso mismo hacedor de vida. Qué fino y misterioso hilo nos separa de la muerte.

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