29/4/12

Cincuenta días en Nepal (Primera parte: En bus desde Bodhnath a Bhaktapur)

Voy acumulando vidas; se me hace que este viaje se suma a las varias que ya he vivido. Había estado en Nepal tres años atrás, aunque lo había recorrido llevando a cuestas el cansancio de un largo trajinar por India. La situación era extraña: Volvía a un sitio que conocía con la sensación de que deseaba constatar lo que había visto o redescubirlo y verlo de otra manera. A diferencia de la primera vez, hasta que llegara el grupo Miramundo (grupo al que había organizado todo el viaje y guiaría), ahora era dueña del tiempo, el apuro no existía, así que me entregué, sin planes, sin horarios, sin itinerarios, a que Nepal me mostrase lo que me quisiera mostrar. Evité el turístico Thamel y me instalé en la guest house de un monasterio budista tibetano de Bodhnath; en la recepción dije que no sabía hasta cuándo me iba a quedar. No hacía nada extraordinario, a la mañana iba hasta la gran Stupa, miraba el circunvalar de los devotos tibetanos, a veces junto a ellos y haciendo rodar las innumerables ruedas de oración circunvalaba yo, a veces me ubicaba en un rincón y sacaba fotos. Un día decidí ir a Lumbini, a 7 horas de Kathmandu, cerca de la frontera con India. Saqué un pasaje con anticipación en la mejor compañía de buses que encontré, fui a las 7 de la mañana hasta Kalanki, me sumergí en el caos de una estación de buses que no existe y por esas cosas que tiene Nepal, terminé viajando a Lumbini en un viejo mini bus que rebasaba de gente. En Lumbini me alojé en el Korean Temple, alquilé una bicicleta y recorrí la zona -hoy salpicada de templos y monasterios budistas de todo el mundo- donde hace más de 2500 años nació Buda. Lumbini no me pareció gran cosa, lo que más me gustó fue el perfume a Dama de noche que extrañamente se olía bajo el sol y en pleno mediodía. Era intensísimo y me estremecía. Un día devolví mi bici y me tomé un bus local a Tansen, un viejo pueblo Newar trepado a una colina. En el trayecto me hice amiga de cuatro chicos nepalíes que recaudaban fondos para su escuela vendiendo lapiceras. En una parada comimos pepinos abiertos al medio rociados con comino; se los compramos a un vendedor ambulante a través de una ventana. En Tansen, y porque sí, me quedé sólo un día; partí a la mañana siguiente en un largo viaje lleno de conexiones hacia Pokhara. Viajé en la caja de un jeep, en mini bus, en un bus donde no cabía ni un alfiler y en cuyo techo se amontonaban personas, gallinas y cabritos.
El estar sólo conmigo misma y la lentitud con la que corría el tiempo hicieron que fuera mutando de piel y de ropa. Como en otros viajes me di cuenta de que se me habían agrandado los ojos, sensibilizado las manos, ensanchado la sonrisa. Podía mirar con todo el cuerpo. El silencio fue mi mejor amigo: callada siempre se ve mejor. También se intuye mejor. Se oye mejor. Se oyen cosas lejanas, palabras que nadie dice, se escuchan pensamientos ajenos y los latidos del propio corazón. Fue en la caja del jeep, rodeada de pastores y mujeres newaris, que me di cuenta de que me había convertido en una esponja que absorbe y mágicamente nunca chorrea, una esponja que aunque se colma de agua no pierde ni una gota. Todo lo llevaba en mí.
Llegué a Pokhara muy tarde y cansada. No había hecho ninguna reserva y por suerte encontré una habitación libre en Mike's, un sitio simple y precioso que recordaba de mi primer viaje. Mi cuarto daba al lago y tenía una silla y una mesa en la terraza. Estando allí me escuché hablar largo y tendido por primera vez en muchos días. Además tuve sorpresas. Erik, un chico vasco que junto a su madre estaba alojado en la habitación de al lado, resultó ser voluntario de Namaste, la misma ONG española con la que había contactado hacía tiempo y con la que me había propuesto colaborar. Los dos estábamos sorprendidos con la coincidencia, ya que él vivía en Kathmandu y estaba en Pokhara sólo por unos días, acompañando a su madre que desde Hondarribia lo había venido a visitar. La otra sorpresa fue reencontrarme con Kiran, mi guía durante el espectacular trek que tres años atrás había hecho por la cordillera de Annapurna. Había perdido sus datos de contacto y parecía imposible dar con él, sin embargo las cosas y los encuentros suceden cuando tienen que suceder.
Salvo inspeccionar el hotel donde nos quedaríamos con el grupo Miramundo, en Pokhara no hice mucho más que caminar a lo largo del lago y conversar con los refugiados tibetanos que venden artesanías. Un día volví a alquilar una bicicleta. La vendedora tibetana que estaba siempre en la puerta de Mike's me había relatado su penosa huida de Tibet en 1959, cuando siendo una niñita había cruzado con sus padres y sus hermanos los Himalayas, así que quise ir a conocer el campamento de refugiados donde todavía vivía. Pedaleé toda la mañana cuesta arriba y llegué a un barrio humilde adornado con miles de banderitas. En su centro había un gran templo con las puertas abiertas. Durante un rato escuché los cánticos de los monjes resonando en la penumbra y luego, el viento en la cara y los pedales libres, regresé a Pokhara.
El tema de los inmigrantes tibetanos ocupó mi atención durante varios días. Supe que una gran mayoría de ellos permanecía en Nepal indocumentados, lo que no les permitía acceder a buena educación y servicios de salud. También me enteré que la policía china tiene libertad para apresar a los huidos del Tibet y expatriarlos sin dar cuenta a la policía nepalí. Por otra parte, China está colaborando mucho con el gobierno nepalí en lo que sea sanidad (los hospitales de Kathmandu están llenos de médicos chinos), educación y otorgamiento de créditos para viviendas. A primera vista esto es muy bueno, aunque todos los que tienen un dedo de frente temen que éstos sean los primeros pasos de China para fagocitarse a Nepal, tal como hace más de cincuenta años hizo con Tibet.
Me encantaba mi cuarto en lo de Mike's, me gustaba tener señal de internet desde mi cama y el agua muy caliente que salía de la ducha. También me gustaba el Nepali Thali y el Palak Paneer que servían en el restaurante de abajo y la mesa y la silla de mi terraza. Así que me quedé hasta que me dieron ganas de moverme otra vez. Partí hacia Bandipur: otra vez un montón de conexiones de buses, otra vez la situación de estar parada al costado de la polvorienta "highway" esperando a que de algún lado apareciera un vehículo de cualquier tipo que me llevara. Llegué a Bandipur al atardecer. El pueblito Newar, perdido entre verdes colinas, me pareció mágico. Me alojé en una guest house de techos bajitos, ventanas pequeñitas y escalera empinada. Todo crujía, el piso y las paredes eran de antiguos listones de madera. Durante dos días compartí el único baño con una pareja canadiense y un francés. Los canadienses salían a trekear desde temprano, el francés se pasaba el día leyendo en el balconcito que miraba al valle. Yo me iba por ahí. Recorrí el pueblo cientos de veces, saqué fotos de cada recoveco y un mediodía bailé al son de campanitas invitada por unas viejitas que bajo un alero frente a un templo adoraban a Krishna. Bandipur, perdido en el tiempo, me enamoró. También me enamoró cenar en The Old Inn, una viejísima casa newari convertida en precioso hotelito, y tomar cerveza Gorka mientras caía la tarde.
La mañana en que me iba de allí hice algo extraño. Me subí al bus, mi bolso fue a parar al techo y mi mochila a un asiento. Pero el bus estaba vacío, hasta que no se llenara no partiría. Así que le dije al conductor que yo comenzaría a andar, que me recogiera en el camino. No sólo mi bolso quedó en el techo, conscientemente dejé mi mochila con mi pasaporte y demás documentos. Me di cuenta de lo que había hecho cerca de 40 minutos después, cuando aunque feliz con la caminata me empecé a preguntar por qué el colectivo no venía. Tenía toda mi plata en mi riñonera, pero si alguien se robaba mi mochila yo pasaría a ser una indocumentada rubia en Nepal. Lo sorprendente es que esta posibilidad no me asustó. Si sucedía, ya lo arreglaría. El bus finalmente me alcanzó, tocó bocina y frenó con grandes aspavientos. Estaba repleto, mi mochila sana y salva entre el chofer y el asiento de madera del ayudante.
Me había propuesto no detenerme en Kathmandu y seguir hasta Bhaktapur, emplazada a poco más de media hora de la capital. Difícil, porque todos los caminos en Nepal pasan y parecen morir en Kathmandu. Me dije que si había superado la prueba de la "estación" Kalanki podría con cualquier cosa. No sé en qué parte de Kathmandu el bus se detuvo, tampoco sé cómo di con un bus que me llevara hasta Bhaktapur. Creo que grité como una forajida a cada colectivo que pasaba: ¡¡¡Bhaktapur!!! Uno se detuvo; el ayudante me levantó al vuelo y arrojó mi bolso al fondo. Durante los primeros 10 minutos pregunté a todos los pasajeros: ¿Bhaktapur? ¿Bhaktapur? ¿Bhaktapur?, convencida que estaba yendo a cualquier lado. Es raro andar por carreteras desconocidas, no saber a dónde estás yendo y que nadie entienda lo que decís. Por eso, cuando a la distancia reconocí las torres antiguas de Bhaktapur me sentí exultante. Había amanecido en la ya lejana Bandipur, andado un buen rato por un camino boscoso y desolado sin equipaje ni documentos y esa noche dormiría en Bhaktapur.

Hacé click aquí para seguir leyendo la segunda parte de este relato: "Mi vida en Bhaktapur". 


2 comentarios:

Maria A dijo...

Gracias Me encanto!!!!!

La pagina de Daniel Peri dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.