16/1/12

Musas

Son cinco mujeres. Una lleva tres críos, otra cuatro patos, otra un costal de semillas, la más vieja un atado de machanes –las hojas con las que se hacen los tamales-, la más joven (tan joven...) una guagua en el regazo y otra colgada a la espalda.  Salidas de algún rancho perdido en el vacío inmenso de los Cuchumatanes, suben a la combi repleta en un cruce de caminos entre Nebaj  y Cunen y se acomodan como pueden, alrededor mío. Se sonríen porque siempre sonríen, no me hablan porque son de pocas palabras, no me hablan porque parezco gringa. Mi pelo rubio y mi altura las inhiben. Pero poco a poco les explico: soy argentina, latinoamericana, del mismo continente que Guatemala. Tengo este color de pelo y de piel porque soy hija de inmigrantes, pero mi lengua es el español; hablo igual que ustedes.

Las observo todo el tiempo. Se me van los ojos atrás de sus movimientos dóciles y de sus maravillosos atuendos. Las miro en los mercados, en los chicken buses, trabajando al sol y a mano en las huertas, vendiendo sus habilidades en las calles, llevando flores a la iglesia, encendiendo una vela a un santo, haciendo tortillas alrededor de los braseros, revolviendo guisos en los fogones de los comedores populares, criando hijos, pollos y cerdos, y cuidando un marido que aunque sacrificado y trabajador, se emborracha de tanto en tanto para ahogar las penas. Sus tocados como recién hechos, sus manos de uñas cortas sin una mácula de tierra, sus huipiles como recién estrenados, sus “cortes” (polleras) sin una arruga. Pequeñitas, silenciosas, su pelo azabache siempre brillante y su andar de paso corto, van y vienen por los campos ondulados y las calles empedradas trabajando sin parar. Paren hijos, les dan la teta a toda hora hasta que se les acaba la leche porque el cielo ha querido mandarles un hijo más. Sin agua corriente en sus casas y sin embargo la ropa limpia, el fuego siempre encendido, sin dinero y sin embargo siempre un plato de comida. Pisos de tierra apisonada, sandalias aunque haga frío, niños que van a la escuela, el sueño atrasado, madres de sus hijos y de los hijos de sus hijos, de sus padres y hasta de sus maridos. Mujeres. Razón de vida y hacedoras de vida, sostienen el mundo, lo reinventan cuando ha perdido la poesía y cuando parece que se detiene, con su perseverancia, amor y sabiduría lo vuelven a hacer girar. 


1 comentario:

Paco Piniella dijo...

Qué bien escribes, qué bonito!