5/1/12

Los Garífuna, un puñado de sobrevivientes

Como en el Alka, el hotel sobre los ghats de Varanasi, una lagartija habita detrás del espejo del baño de mi choza-habitación. La lagartija india se llamaba Indra y yo sólo veía su estampida verde cuando encendía la luz; a ésta -mucho menos tímida, ya que es Garífuna- la bauticé con el nombre de Celia Cruz. Celia Cruz se mete en su escondite cuando mi presencia es muy evidente, sino anda de lo más campante por toda mi habitación. Mi choza de palos y paja, la luz titilante, la ducha fría y Celia Cruz suceden en Livingston, un puerto perdido sobre el mar Caribe a donde he venido a parar después de dos horas de lancha desde Río Dulce.

Podría engañarme diciéndome que ansiaba escuchar en vivo la música Garífuna –cosa en un punto muy cierta-, sin embargo sé que vine a Livingston porque me atraen las historias de sobrevivientes: A lo largo del siglo XVII cientos de esclavos huidos de naufragios se refugiaron en la isla de Saint Vincent. Allí se mezclaron con los Arawak, indígenas nativos del mar Caribe, dando origen a una etnia nueva: la de los Caribes Negros, o Garífuna. Famosos por su sangre aguerrida, los Garífuna le hicieron la vida imposible a los colonizadores ingleses, hasta que finalmente fueron vencidos y deportados a la isla de Roatán, en Honduras. Allí muchos murieron de inanición y los que lograron sobrevivir se trasladaron a distintos puntos de las costas caribeñas de Guatemala, Honduras y Belice. En Livingston vive la mayor comunidad Garífuna de Guatemala. 
El extraño dialecto de los Garífuna es una mezcla de lenguas africanas, Caribe y francés. También su música, basada en la percusión, es única. Los Garífuna son apenas unos miles, sin embargo, en esta península a donde sólo se llega por agua han creado un universo propio, tan distinto al resto de Guatemala que uno se pregunta si no ha errado el rumbo y ha desembarcado en Barbados o Jamaica. Eso es sólo la primera impresión, en seguida uno se da cuenta de que los Garífuna no se parecen a nadie. Son tan negros carbón como los etíopes o nigerianos, pero notablemente bajos y con tendencia a la gordura. Y a diferencia del pueblo maya, tan sumiso y silencioso, éstos hablan fuerte y gesticulan con vehemencia, como si estuvieran siempre a punto de guerrear. Sin embargo los Garífuna son muy pacíficos, adhieren al rastafarismo e idolatran a Bob Marley.
Livingston no es lo que una guía de turismo catalogaría como idílico paraíso, es apenas un humilde puerto sobrevolado constantemente por enormes pelícanos donde duermen viejos barcos de hierro y lanchas despintadas. Tampoco el mar es el Caribe de postal: aquí todavía tiene el color que al gran Golfo de Honduras le arroja el río Dulce. El pueblo es un racimo de casitas de tablas de madera remendadas con chapas, paja o cemento. Las gallinas y los pavos conviven con las guaras y los loros; los gatos, con los cerdos y los perros. Todos buscan comida en las veredas, en los muelles, en las cocinas cuando encuentran una puerta entreabierta. La selva late ahí, siempre cercana; llueve finito y luego sale el sol, entonces los olores de la tierra mojada y de la fruta madura invaden las callecitas y huele a papaya y a pescado, a sal, a barro, a humedad y a aceite frito. Por la extrema pobreza, el calor y la costumbre, muchos de los Garífuna andan descalzos. Las mujeres, contrastando enormemente con el recato de las mujeres mayas, bambolean sus carnes bajo la lycra chillona, los ancianos llevan sombreros de paja de copa alta y los jóvenes, con rastas hasta la cintura, usan remeras con la estampa del Che o de Bob, pantalones oversize y boinas con los colores rastafari. En Livingston la corriente eléctrica va y viene cuando quiere y sólo algunas de sus casas tienen agua corriente: para lavar la ropa y asearse hombres y mujeres van al lavadero municipal. El lugar es el sitio más limpio del pueblo: una gran pileta de agua cristalina techada, con pequeños fregaderos individuales donde cada cual se higieniza o hace la colada.

En este lugar tan particular amanecí el 31 de diciembre. Durante la mañana caminé dos horas hasta las Cascadas de Siete Altares, me zambullí en los enormes pozones y dejé que el agua me limpiara el alma. Después regresé a mi habitación-choza, me duché, y a manera de homenaje me puse un vestido blanco, el único que llevo en mi mochila. Me preguntaba cómo festejarían los Garífuna el Año Nuevo, así que al atardecer fui hasta la calle principal del pueblo. Los puestos de comida y artesanías funcionaban como siempre. Las mujeres iban y venían ofreciendo llenarte la cabeza de trencitas, en las veredas se encendían los braseros para hacer tortillas y los pescadores remataban lo que quedaba de la pesca del día. Salvo los tambores que ya calentaban en el local Ubafu, no había vestigio de que esa noche fuera de fiesta, y justamente eso hacía que fuera especial. En la terraza de un restaurante cualquiera me senté a comer un tapado, plato típico hecho con leche de coco, curry y camarones. Y mientras ante mis ojos, en vísperas de Año Nuevo, sucedía la humilde vida cotidiana de los Garífuna, supe que estaba en el lugar correcto. No sabía por qué ni para qué, pero el 2012 debía empezar aquí.