17/1/12

La señora Esperanza

Entré en el hostal como un náufrago: por favor deme una habitación decente, una cama con sábanas blancas, un baño con agua caliente, un laundry donde vaciar toda mi mochila. Mi ansiedad contrastaba con la calma chicha de la isla de Flores. Aquí todo funcionaba al compás lento de los ventiladores. Ovidio (quien después fue mi amigo) me dijo: disculpe seño, no tenemos disponibilidad. Yo estuve a un tris de ponerme a llorar. El viaje desde Cobán hasta la pequeña ciudad de El Petén había sido larguísimo, con un montón de trasbordos de combis-camionetas, incluido el cruce en Sayaxche de un río –el río Pasión- en canoa.
-Yo llamé, pero las líneas estaban mal.
-Así es, aquí eso suele suceder.
-Y ahora adónde voy.
-Pues seño, no sé.

Me quedé muda y me dije que el destino me lleve a donde me tenga que llevar; sino -la mochila como lastre- me suicido en las aguas del lago Petén-Itza. Pichón mojado, todavía abrigada aunque en Flores hacía más de 30 grados, una voz me habló. Veía televisión a un costado de la recepción, su gigantesca humanidad despanzurrada entre almohadones. 
-Y tú de dónde eres, española de Andalucía o qué?
La mujer tenía el pelo retinto, la piel blanca, los ojos color miel. Ladina le dicen en Guatemala a esta casta, mezcla de nativo y conquistador español.
-No soy andaluza, soy argentina. Mi nombre es María, encantada. ¿Es usted la dueña del hostal?
-Así es corazón, bienvenida. Yo soy Esperanza.

Esperanza no tiene cejas: se las ha depilado enteras. En vez de pelitos tiene dos trazos curvos café perfectamente dibujados sobre sus ojos. La boca como un bombón rojo, los pómulos llenos de colorete, una blusa con ristras de volados, un jogging azul y zapatillas blancas. Mamá no era gorda y no se parecía ni remotamente a Esperanza, pero de pronto lo único que quiero es volver a ser niña y que esta señora me proteja.
-Ya te ha dicho Ovidio, no hay disponiilidad.
-Pero duermo aquí, en cualquier lado, en un huequito. Sólo présteme un baño donde ducharme, Esperanza.
Esperanza ríe con su risa grave y dice que todas las argentinas, como las andaluzas, somos unas exageradas.
-Es que me gusta todo, su hostal, Ovidio, usted y su nombre. Me gusta esta isla, me gustan los techos de chapa de las casas, las barcas de colores. Quiero dejar mis cosas en algún lado e irme a un muelle a no hacer nada mientras murmuran enloquecidos los zanates.
La risa otra vez y a Esperanza se le sacunden las carnes. A que en tu tierra no hay zanates... Si los hubiera querrías una tarde sin ellos. Ah con estas mujeres lejanas, dice a un San Benito enmarcado en una pared, y luego da instrucciones a Ovidio para que me instale en la habitación número 6.
-Mañana te mudamos a una habitación como la gente-, me dice levantando una ceja café.
Yo me muerdo los labios para no llorar de alegría, vacío mi mochila entera en el laundry, me doy un baño, ceno frente a los muelles mientras arman delicioso barullo los zanates. Después me duermo rodeada de olor a limpio, porque la número 6 que me ha regalado Esperanza es una habitación extraña, más bien el depósito donde apiladas en estanterías se guardan las sábanas y toallas blancas.

3 comentarios:

lia dijo...

lole quièn escribió esto? dime que continuará!!! ya estuve sentada con esperanza y pude oler esas sábanas, que lindo momento!!
gracias por enviármelo
laura

Gustavo Llusá dijo...

Me hiciste volver a Flores con este breve relato. Soy un desmemoriado que nunca pudo olvidar que una noche en ese punto del mapa no durmió, ansioso por irse hacia Tikal a las cuatro de la mañana.

Tomas Portas dijo...

Te felicito. Por un momento me sentí en ese hostal. Y como que conocí a Esperanza cara a cara. Como dice un amigos.¡Buenos caminos!.