12/11/11

Friendship is a nice thing

No recuerdo cómo llegué a Benarés. No sé si fue en tren desde Haridwar o en bus desde Rishikesh. Pero sé que llegué a media mañana, cuando ya las calles eran un hervidero y el calor húmedo que emana el Ganges flotaba denso en el aire. El conductor del moto-rickshaw que me traía de la terminal o de la estación frenó en una esquina y me dijo que el Alka Hotel estaba en el barrio del Viejo Bazar, así que tendría que caminar. Con la mochila grande sobre mi espalda y la mochila chica sobre mi pecho intenté seguí sus indicaciones. A los dos minutos estaba desorientada y perdida. Hacía más de un mes que viajaba por India, sin embargo no me había acostumbrado al caos de sus ciudades. Por las angostas galis del Bazar avanzaban hordas de gente, bicicletas, hombres cargados con enormes bultos, vacas y carros. Me metí en pasadizos sin salida, tuve la sensación de que pasaba por los mismos sitios una y otra vez. Un enjambre de niños me seguía. A cambio de unas rupias todos prometían guiarme hasta el hotel. Me resistí, hasta que me di cuenta de que jamás saldría de ese laberinto sin ayuda. Elegí a uno de ellos al azar. El niño espantó al resto, tomó una correa que colgaba de mi mochila, y me condujo hasta el Alka tironeándome suavemente, como si yo fuera un burro al que llevaba de una rienda. En la puerta del hotel le agradecí y le di una propina. Entonces me dio la mano, esbozó una enorme sonrisa y me dijo que estaría siempre cerca para servirme. Ése fue el primer encuentro que tuve con Dhawal.
El hotel adonde había llegado resultó una increíble sorpresa. El Alka no sólo era barato y bueno, sino que tenía una ubicación espectacular sobre el Ganges. El edificio formaba una U alrededor de una enorme terraza abierta al río. Estaba muy elevado, así que parecía un palco privilegiado desde donde observar la mágica ciudad de Shiva. Apoyada en la balaustrada observé por primera vez la larga línea escalonada de los Ghats, el ir y venir de la gente, los palacios corroídos por el verdín, los cometas que remontaban los niños volando por el cielo, el incesante movimiento de las barcas, el horizonte barroso que en la orilla de enfrente formaba el río. Un escalofrío me erizó la piel. El universo que se desplegaba allá abajo era hipnótico; la antigua Benarés parecía una alucinación.

Lo primero que uno aprende es que aquí jamás verá el cielo. Está siempre desaparecido, velado por el vapor caliente que emana el río. El sol es sólo nítido cuando amanece. Durante ese tiempo, mientras sadhus y brahmanes se dan sus baños rituales y se entregan a la meditación, es una bola de fuego. Luego, a medida que trepa por el cielo, se convierte en una mancha difusa, como si estuviera eclipsado. El Ganges es marrón, los palacios amarillentos, los Ghats rojizos, negro el humo que caracolea desde los crematorios de Manikarnika y Harishchandra. Si sopla el viento el humo se posa en la orilla de enfrente enturbiando el horizonte aún más, pero a veces, cuando hay calma, permanece sobre los Ghats. Entonces se lo huele, acre, tóxico, irrespirable. Sólo de cuando en cuando, cuando la familia del muerto es rica, huele suavemente a sándalo, la madera más preciada. Pero los cuerpos de la mayoría son incinerados con madera barata, que más bien parece artificial, como si estuviera hecha de plástico. 
Comienza el día y la rueda de la vida y la muerte gira lenta y eternamente en Benarés. Cientos de hindúes devotos llegan a la orilla del Ganges. Muchos se sumergen hasta la cintura y permanecen estáticos, orando, algunos sólo se mojan la cara y hacen una puja de flores y fruta a la Maa Ganga, otros se quitan la ropa y antes de introducirse en el agua se friegan el cuerpo con jabón. Los hombres, luego de purificarse, acuden a acicalarse a las altas salientes de piedra, donde sobre esteras los barberos despliegan peines, tijeras, navajas, cepillos de dientes, y tinturas a base de pasta de sándalo, ceniza y cúrcuma para adornarse la cara. Las mujeres salen del río con sus preciosos saris empapados, pegados a la piel. Su pelo negro, que las casadas llevan dividido en dos por una raya roja pintada en el cuero cabelludo, reluce como si estuviera untado con aceite. El agua resbala por sus rostros y hace brillar el bindi rojo que decora sus frentes. 
Mendigos, perros famélicos y vendedores ambulantes ya vagan por los Ghats. Con sus escobillones de paja, las barrenderas levantan nubes de polvo que escalones más abajo se vuelve a posar. Rodeadas de canastos repletos de flores y de platillos con pequeñas velitas, las vendedoras de pujas enhebran guirnaldas. Los lavanderos ya han hecho la mitad de la colada. Se los ve en grupos, con los torsos desnudos y el agua a las rodillas, lavando en las zonas más estancadas del río. Para sacarle la suciedad a la ropa la golpean con fuerza contra grandes piedras chatas que afloran de la orilla. Luego la enjuagan en el agua turbia y la extienden a secar en los escalones altos de los Ghats. 
Al mediodía aparecen los niños. Son cientos. Saltan de barca en barca, se zambullen al río, improvisan partidos de cricket, y desde las azoteas entablan batallas de cometas. El cielo no cambia: sigue desaparecido. El calor reverbera en los muros color arena, en las escalinatas rojizas. Los palacios y los edificios se ven como a través de un vidrio esfumado. Los sadhus buscan refugio en las recovas que están al ras del agua, los mendigos se cubren la cabeza con sus pobres trapos, los vendedores de fruta y flores se arraciman bajo las grandes sombrillas de tela y bambú. Parece que todo movimiento cesa, sin embargo por el Ganges navegan barcas atestadas de gente. Van y vienen continuamente, tan cargadas que sus cubiertas rozan el agua. 

El ventanal de mi habitación, la gran cama con sábanas realmente limpias, las alfombras cubriendo el suelo y los ventiladores del techo me parecieron un lujoso regalo. Tuve una idea loca: no tomaría más buses ni trenes, no acarrearía nunca más mi mochila, no regresaría a ningún lugar. Para siempre me quedaría a vivir en Benarés, en el Alka, en esa habitación. Vacié mi mochila, desparramé mis cosas, apilé mis dos libros, mi cuaderno y mi computadora sobre la mesa de luz, acomodé cremas y demás potes femeninos en la repisa del baño. El toque supremo fueron los saris que había comprado en Amritsar colgados de los barrales de las cortinas. No descansé hasta hacer que el lugar fuera muy mío, aunque descubrí en seguida que tenía compañía: en el baño vivía una lagartija. Tenía los ojos enormes, la cola larguísima y un color entre turquesa y azul. Se escabullía detrás del espejo cuando yo entraba, pero al irme volvía a aparecer. Aunque Indra –así la bauticé- no parecía muy interesada en mi vida, yo le decía Hello Indra, cada vez que, durante un instante, me la cruzaba.
La terraza del Alka tenía vida propia. El Ganges, Benarés y su cielo cambiante, viajeros de todas partes del mundo y los fabulosos camareros. Con el consabido ritmo indio, sus camisas siempre llenas de manchas y el pelo negro peinado con algún tipo de gel aceitoso, trabajaban de sol a sol, aunque se cayeran de sueño. Siempre agotados pero solícitos, en el Alka oficiaban de botones, reparaban cualquier desperfecto, hacían la limpieza, y espantaban a hondazos a un enorme mono que con insistencia quería aprovisionarse con las sobras de las mesas. La cocina del restaurante estaba abierta siempre. A cualquier hora se podía comer un thali, un arroz con dhal, o un plato de vegetales con phulkas recién horneadas. En las mesas reinaba un constante desorden, ya que los camareros solían confundir las comandas u olvidarse de los pedidos.
Una larga escalinata comunicaba la terraza directamente con los Ghats. La primera vez que bajé me encontré con Dhawal. Estaba junto a otros niños que aguardaban a los huéspedes del hotel para ofrecerles sus servicios. Cuando me vio se le iluminó la cara. Me dijo que desde hacía mucho tiempo me estaba esperando y que la noche anterior me había buscado en la ceremonia del Ganga Aarti. ¿Dónde me había metido? ¿No había estado enferma, verdad? Sin darme tiempo a decir nada arremetió con más preguntas. ¿Me gustaba Benarés? ¿Ya había recorrido los Ghats? ¿Había paseado en barca? ¿Quería que me guiase hasta el Templo de Vishwanath o visitar Manikarnika? Dhawal hablaba sin parar, seguía proponiéndome paseos, y yo pensaba en cómo me lo sacaría de encima.
Llevaba una camisa amarilla, un pantalón azul demasiado grande y unas sandalias de plástico muy gastadas. Tendría siete u ocho años y no sobrepasaba mi ombligo. Su piel era color chocolate, su pelo muy negro, lacio y duro. Tenía el cuerpo menudo y la cabeza grande, como los niños a los que todavía les queda mucho por crecer. Su rostro era una preciosidad. Dhawal sonreía y el mundo resplandecía. Traté de explicarle que quería descubrir la ciudad sola. Le dije que me quedaría varios días y le prometí que no contrataría a ningún otro niño; cuando necesitase ayuda, él sería mi guía. Creí que había dejado a Dhawal conforme, sin embargo, a los diez minutos lo tenía a mi lado. Me paré en seco, lo miré con cara de enojada y le pregunté si me había entendido. Por toda respuesta me dijo que quería ser mi amigo. No guide, me dijo, just your friend. Friendship is very nice, ha? 

Camina a mi lado dando pasitos cortos, apurados. Le miro los pies, pequeñitos. Voy con mi cámara de fotos, me detengo todo el tiempo. A veces me siento en los escalones de los Ghats y me quedo sin hacer nada, sólo mirando. Dhawal intuye que prefiero estar en silencio, sin embargo no puede con él y me habla. Quiere saber de mi cámara, a qué le saco fotos. Quiere que le diga por qué vine a Benarés. Dónde vivo. Si soy hindú y venero a Shiva y Ganesh. Si estoy casada, si tengo hijos, si mis zapatillas son cómodas, si tengo una casa, si conozco el mar, si alguna vez vi una montaña, cuántos años tengo. Al principio sólo le contesto, después yo también empiezo a preguntar. Dhawal me responde, pero se las arregla para ser evasivo. Vive allá, cerca de las tiendas de seda del Viejo Bazar. Ha aprendido a escribir, aunque ahora no va a la escuela. Tiene varios hermanos, pero no viven con él. Su padre está lejos, en Allahabad, donde confluyen los ríos sagrados Ganga, Yamuna y Saravasti. The Saravasti is magical, me explica muy serio, porque no se ve, es invisible. De su madre me dice que era preciosa y que para las ocasiones importantes usaba un hermoso sari de seda color rojo con bordes amarillos.
Dhawal espanta a las enormes vacas que se nos cruzan en el camino, acaricia el lomo de los pobres perros vagabundos, mira las batallas de barriletes y me asegura que ganará ése y no éste. En el Ghat de Dasaswamedh se encuentra con una amiga. Se llama Sita y vende cajitas de tinturas. Sita habla sólo un poco de inglés. Me toma una mano, moja un palito en una de las tinturas y me dibuja una estrella dorada. Please buy, me dice. Es de la misma estatura de Dhawal, aunque tiene la piel clara, el pelo castaño y enormes ojos color miel.
Somos tres ahora, caminando sin rumbo por los Ghats de Benarés. Hablamos y nos reímos. Yo disimulo sacando fotos, pero tengo el corazón encogido. Me pregunto qué debo hacer con estos niños, por qué Dhawal y Sita se me han cruzado en mi camino.

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