13/1/12

Cuchumatanes: campesinos entre dos fuegos


Lejos de todo, de Guatemala City, de Huehuetenango –la cabecera del departamento-, de las guías turísticas y de los shuttles que sólo llevan extranjeros que no hablan una palabra de español, está Todo Santos Cuchumatán, un pueblito hundido en un valle rodeado por las montañas desoladas de la cordillera de los Cuchumatanes. La cordillera está emplazada en el noroeste de Guatemala, cerca de la frontera mexicana de Chiapas, en una de las zonas más recónditas de Centroamérica. Dos cosas me atrajeron sobremanera de los Cuchumatanes: La lejanía y dificultad para llegar –desafíos que siempre me resultan irresistibles-, y el hecho de que sus pueblos  -entre ellos Todos Santos, Nebaj y San Francisco el Alto- hayan sido escenarios de las mayores matanzas de campesinos durante la guerra civil que, aunque larga, tuvo su momento más álgido a partir de 1980. Yo había leído y quería ver.  
Cuentan cosas tremendas: los campesinos, en su mayoría de ascendencia maya, iletrados, paupérrimos, ajenos a lo que sucede más allá de sus pequeñas parcelas sembradas y olvidados desde siempre por todos, fueron usados por los rebeldes y los militares para hacer los trabajos más horrendos: torturar, matar, enterrar, degollar, desollar, perseguir, culpar, quemar, acusar. No importaba a quienes, hijos, hermanos, amigos, compadres, fueran de un lado o de otro, inocentes, culpables, sospechosos, ancianos, niños recién destetados y adolescentes; los trabajos asquerosos, los que ni un bando ni otro querían hacer, los campesinos de los Cuchumatanes debían hacer. 
Aunque en estas soledades viven pocos, cuentan que aquí murieron tantos que es imposible saber. Como en Perú con Sendero Luminoso (recuerdo "La hora azul", de Alonso Cueto), como en Colombia con las FARC, como en Ciudad Juárez con los traficantes de droga, como cuentan el paraguayo Roa Bastos, el guatemalteco Asturias, el mexicano Rulfo y tantos otros escritores latinoamericanos, los que pagan son los humildes, los que les da lo mismo la izquierda, el centro o la derecha, porque no tienen tiempo de andar con ideologías, porque sólo les preocupa el abrigo, una cama donde reposar los huesos y el pan de cada de día.
Tardé mucho en llegar a Todos Santos. Fue una vieja combi desde Huehue a Tres Caminos, luego otra más destartalada donde nos amontonamos 22 adultos y 7 niños, y, finalmente y cara al viento, la parte trasera de una camioneta. Durante dos horas nunca paramos de subir. Los Cuchumatanes empiezan de pronto, y las combis caracolean inclinadas a 20 km por hora echando un denso humo negro. En cada curva, como para que los motores descansen, el conductor se detiene, el ayudante abre la puerta corrediza y de algún lado siempre aparece alguien que quiere subir. Regáleme un lugar, vaya atrasito, por favor seño... Y la gente, callada, se aprieta para que quepa alguien más. Sube un viejo con sombrero y altas botas de goma embarradas, baja una mujer que huele a brasero y a campo, da de mamar a su crío una preciosa recién parida, se quedan dormidos hasta los que van parados, un hombre dice Conductor deténgase que tengo que mear. Otra curva, la puerta corrediza. Se bajan tres, suben cinco. Regáleme un lugar, por favor seño... Sin chistar todos se aprietan un poco más.
Desde la cima de los Cuchumatanes se tocan las nubes y el cielo. La tierra arada y sembrada baja en parcelas de colores hasta los ranchos. Ya en la caja de la camioneta atravesamos un meseta, después descendemos hasta Todos Santos. En lo que parece la plaza del pueblo el conductor de la camioneta frena y a manera de despedida dice Servidos señores.
Lo primero que veo es la arquitectura raquítica de Todos Santos rodeada de un paisaje fabuloso. Lo primero que veo es que ha sido día de mercado. Lo primero que veo es hombres vestidos todos iguales. No importa la edad, todos llevan pantalones blancos con rayas rojas, ancha faja de colores, camisa clara con la espalda y el cuello bordados. En la cabeza, un sombrero de paja con una cinta azul, amarilla y roja. Lo primero que pienso es que de alguna extraña manera he atravesado el espacio y he aterrizado en otro mundo. Pienso también y al mismo tiempo que es 24 de diciembre, son las 3 de la tarde y no sé dónde voy a dormir. La mujeres levantan los puestos, los hombres, acostumbrados a la soledad del trabajo en el campo, conversan entre sí con timidez. Alguien me indica una calle y una puerta. Con mi mochila a cuestas esquivo montañas de verdura, atados de leña, bolsas de semillas, cal en trozos, y un hombre -su atuendo perfecto- tirado en el piso, completamente borracho. En el hotel no hay huéspedes salvo, gracias a Dios, dos suizos y un canadiense. Decidimos pasar la Nochebuena juntos. En un almacén compramos cerveza, tortillas, frijoles, queso, semillas de marañón y chocolate. Son las 5 y se hace de noche en Todos Santos, titilan las lucecitas en los campos, el pueblo está desierto, hasta el borracho ha desaparecido. Yo escribo esto y recuerdo; es lo único que tengo, el recuerdo, porque a pesar de lo que me gusta, no saqué ni una sola foto. No fue miedo a una reacción, tampoco el temor de mostrar mi cámara en un lugar tan pobre. Fue la sensación de estar presenciando algo muy íntimo, algo que me producía inmenso pudor, la sensación de estar viendo las vidas de los campesinos de Todos Santos hasta los tuétanos.

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