30/12/11

Tikal, la belleza de la espera

Escuchaba que de los árboles caían pesados goterones pero no llovía. La senda estaba resbaladiza de barro, raíces, hojarasca y musgo; una niebla blanca, inmóvil, velaba la tierra y el cielo. Sólo de cerca veía las ceibas gigantescas, los helechales mojados, las palmeras apretadas, las enredaderas florecidas, los líquenes que desde lo alto de los árboles aquí cuelgan como barbas de viejo hasta el suelo. Los últimos sonidos de la noche se mezclaban con los primeros de la mañana. Graznaban, silbaban, cantaban, piaban, batían alas pájaros invisibles, pequeños monos agitaban las ramas, un animal desconocido aullaba y su grito poderoso, como de bicho en celo, retumbaba en la selva.
Al llegar a la Gran Plaza de Tikal trepé al Templo de las Máscaras. Me senté en el escalón más alto, frente al Templo del Gran Jaguar. Ahora son las 5,30 de la mañana y aunque ha amanecido la ciudad maya está desaparecida. Los templos son gigantescos fantasmas negros, la niebla es la reina de la mañana. Me digo que hay que esperar, de eso se trata y me gusta: hace ya un tiempo que estoy de viaje y en algún lado, probablemente en las incontables horas de chicken bus, he perdido el apuro. Sentarme aquí, en la piedra húmeda, y aguardar a que el sol ahuyente a la niebla es lo único que quiero. Qué belleza la oscuridad blanca que me rodea, qué belleza este silencio lleno de extraños sonidos, qué belleza el olor húmedo de la selva, qué belleza el tip-top tip-top de los goterones de la lluvia que, misteriosamente, no me moja ni tampoco cae del cielo. 

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