19/12/11

Chicken bus a Chichi


Antigua es una belleza por donde se la mire, por algo ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Tan preciosa es y tan cerca está de Guatemala City que es un paraíso para muchos viajeros, especialmente estadounidenses, que se instalan aquí con la buena excusa de aprender castellano. Esto ha hecho que la ciudad, sin perder del todo su identidad, tenga cualquier cosa que puedas necesitar y un cierto aire cosmopolita. Lo diré sin vueltas: Antigua se siente un poco como una postal, y yo necesitaba sentirme de viaje.
Así que me fui. Las guías –Lonely Planet, Rough Guide, etc., etc.- y las agencias de viaje guatemaltecas aconsejan contratar buses privados para trasladarse de un lado a otro. La razón que dan es que el transporte público es peligroso (según ellos el país está plagado de bandidos y ladrones) y muy incómodo. Yo me fui una mañana hasta la terminal y descubrí que ardía de gente –en su mayoría indígenas- y que había buses que salían cada 10 minutos hacia todos los destinos posibles. Siempre digo que si uno hiciese caso a las guías de viaje no viajaría a ningún lado. Escritas en países del primer mundo, consideran peligroso lo que para una argentina (o viajero independiente con un poco de experiencia) es normal. Así como para ir a la India te aconsejan que te des 10 vacunas, para venir a Guatemala te sugieren que viajes con custodia o -entrelíneas- que vengas armado con un fusil.
Fuck Lonely Planet, me subí en un chicken bus. Mi destino era Chichi –Chichicastenango-, ciudad cuyo mercado (montado todos los domingos y jueves) es el más grande de Centroamérica. Los tours organizados llegan el mismo día del increíble espectáculo, a media mañana. Yo partí un día antes; quería amanecer allí y tener el mercado desde las 7 hasta las 10 todo para mí. En la terminal descubrí que los buses guatemaltecos llegan a todos lados, pero nunca en forma directa, si no haciendo varias combinaciones. Para ir a Chichi tuve que ir primero hacia Chimal – Chimaltenango-, bajarme en El Cruce y ahí sí, tomar el bus a Chichi.
El chicken bus es eso: un gallinero con ruedas. Los famosos school buses amarillos que en algún momento USA desechó vinieron a parar a Guatemala y son usados para el transporte público. Casi todos están pintados de estridentes colores, aunque no es extraño ver un school bus tal cual se los ve en las pelis norteamericanas transportando indígenas por el medio del campo. 
En el gallinero con ruedas hay filas de asientos separadas por un angosto pasillo central. Los asientos son para dos personas, pero obligatoriamente (nadie puede ir parado) se deben sentar tres. No importa si una de las personas lleva un gallo precioso en una jaula, un bulto enorme o una guagua colgando de la espalda. El amasijo es fenomenal, pero nadie se queja y todos viajan de buen humor. El problema es cuando el bus trepa o baja por un camino sinuoso: en cada curva el bamboleo se asemeja al de la montaña rusa. No hay de donde agarrarse y los asientos, de liso cuero gastado, son patinosos, así que al ritmo acelerado del conductor, para la izquierda vamos todos y luego para la derecha nos caemos todos, mujeres con guaguas, gallos, bultos, niños y ancianos. Lo peor es si te toca sentarte contra el pasillo, medio trasero apoyadito apenas y el resto en el aire. No sólo acabás en el piso cada dos por tres (o aplastada en el asiento al otro lado del pasillo), si no que tenés que lidear con los vendedores ambulantes que suben irremediablemente en cada parada. Pollofritopollofritopollofrito,  habitasconchilehabitasconchile, juguitosseñofresquitosjuguitosseñofresquitos,  tortillascalentitastortillascalentitas… eso es lo de menos. Me tocó un buen tramo del viaje a El Cruce un Testigo de Jehová dando una conferencia sobre mi cabeza. El hombre se despachó sobre el amor en Navidad y las virtudes de una crema que cura hongos, granos y alergias, producto que vendió a casi todos los viajeros del bus.
Fuck Lonely Planet, no le creo nada, aunque en cuanto a la incomodidad tiene razón. Pero ¿quién me quita lo bailado?