Antigua es una belleza por donde se la mire, por algo ha
sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Tan preciosa es y tan cerca está de
Guatemala City que es un paraíso para muchos viajeros, especialmente
estadounidenses, que se instalan aquí con la buena excusa de aprender
castellano. Esto ha hecho que la ciudad, sin perder del todo su identidad,
tenga cualquier cosa que puedas necesitar y un cierto aire cosmopolita. Lo diré sin
vueltas: Antigua se siente un poco como una postal, y yo necesitaba sentirme de
viaje.
Así que me fui. Las guías –Lonely Planet, Rough Guide, etc.,
etc.- y las agencias de viaje guatemaltecas aconsejan contratar buses privados
para trasladarse de un lado a otro. La razón que dan es que el transporte público es
peligroso (según ellos el país está plagado de bandidos y ladrones) y muy incómodo.
Yo me fui una mañana hasta la terminal y descubrí que ardía de gente –en su
mayoría indígenas- y que había buses que salían cada 10 minutos hacia todos los
destinos posibles. Siempre digo que si
uno hiciese caso a las guías de viaje no viajaría a ningún lado. Escritas en
países del primer mundo, consideran peligroso lo que para una argentina (o
viajero independiente con un poco de experiencia) es normal. Así
como para ir a la India te aconsejan que te des 10 vacunas, para venir a
Guatemala te sugieren que viajes con custodia o -entrelíneas- que vengas armado con un fusil.
Fuck Lonely Planet, me subí en un chicken bus. Mi destino
era Chichi –Chichicastenango-, ciudad cuyo mercado (montado todos los domingos
y jueves) es el más grande de Centroamérica. Los tours organizados llegan el
mismo día del increíble espectáculo, a media mañana. Yo partí un día antes;
quería amanecer allí y tener el mercado desde las 7 hasta las 10 todo para mí. En
la terminal descubrí que los buses guatemaltecos llegan a todos lados, pero nunca en forma directa, si no haciendo varias combinaciones. Para ir a Chichi tuve que ir primero hacia Chimal –
Chimaltenango-, bajarme en El Cruce y ahí sí, tomar el bus a Chichi.
El chicken bus es eso: un gallinero con ruedas. Los famosos
school buses amarillos que en algún momento USA desechó vinieron a parar a
Guatemala y son usados para el transporte público. Casi todos están pintados de
estridentes colores, aunque no es extraño ver un school bus tal cual se los ve en
las pelis norteamericanas transportando indígenas por el medio del campo.
En el gallinero con ruedas hay filas de asientos separadas
por un angosto pasillo central. Los asientos son para dos personas, pero
obligatoriamente (nadie puede ir parado) se deben sentar tres. No importa si
una de las personas lleva un gallo precioso en una jaula, un bulto enorme o una
guagua colgando de la
espalda. El amasijo es fenomenal, pero nadie se queja y todos
viajan de buen humor. El problema es cuando el bus trepa o baja por un camino
sinuoso: en cada curva el bamboleo se asemeja al de la montaña rusa. No hay de
donde agarrarse y los asientos, de liso cuero gastado, son patinosos, así que al
ritmo acelerado del conductor, para la izquierda vamos todos y luego para la
derecha nos caemos todos, mujeres con guaguas, gallos, bultos, niños y ancianos. Lo peor es si te toca sentarte contra el pasillo, medio
trasero apoyadito apenas y el resto en el aire. No sólo acabás en el piso cada
dos por tres (o aplastada en el asiento al otro lado del pasillo), si no que tenés
que lidear con los vendedores ambulantes que suben irremediablemente en cada
parada. Pollofritopollofritopollofrito,
habitasconchilehabitasconchile,
juguitosseñofresquitosjuguitosseñofresquitos,
tortillascalentitastortillascalentitas… eso es lo de menos. Me tocó un
buen tramo del viaje a El Cruce un Testigo de Jehová dando una conferencia sobre
mi cabeza. El hombre se despachó sobre el amor en Navidad y las virtudes de una
crema que cura hongos, granos y alergias, producto que vendió a casi todos los
viajeros del bus.
Fuck Lonely Planet, no le creo nada, aunque en cuanto a la
incomodidad tiene razón. Pero ¿quién me quita lo bailado?
1 comentarios:
Genial
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