Hacía frío y chorreaba una llovizna finita. No había viento,
sin embargo las nubes descubrían cada tanto un pedacito de cielo. Entonces el
sol hacía brillar los charcos, las paredes mojadas, las cintas de colores de
los tocados de las mujeres quichés.
Chichicastenango está metido en un hueco entre cerros
verdes. Es grande, pero de tan apretado parece pequeño. Entre calles
adoquinadas y muros blancos la gente se arracima en un enorme mercado. Los
domingos y jueves llegan de los alrededores indígenas a surtirse de lo que
necesitan y a vender sus productos, curiosos y muchos turistas, pero lo cierto
es que Chichi tiene alma de mercado todos los días de la semana.
Antigua y su aire de comodidad cosmopolita quedaron atrás, lo supe ni bien
entré en la Posada
Los Arcos : mi habitación estaba helada y olía a humedad.
Bienvenida al viaje, me dije, y salí a caminar las calles con guantes y gorro
de lana. Chichi es difícil de describir. Podría decir que es sucia y pobre, que
es un enorme comedero, que huele a sopa y cilantro, a carne y pollo fritos, que
el aire está continuamente enturbiado por las cenizas del palo santo que se
quema en la plaza, que los perros famélicos hurgan las bolsas de basura, que
jamás en mi vida vi viejos tan viejos, que los niños andan desgreñados y tienen
los piececitos pegoteados de barro. Todo esto es cierto y sin embargo falso.
Nada es sólo lo que se ve, si no más bien lo que se siente. Chichi es hipnótica.
Una y otra vez enfoco y saco la misma foto, me siento en los escalones de la
iglesia a pesar de que decidí irme porque el humo del palo santo me hace arder
los ojos y tengo frío. Basta ya, me digo, sin embargo me quedo. La plaza, la blanca
iglesia de Santo Tomás adornada con banderitas de colores porque llega la
Navidad, los fogones donde espuman grandes cacerolas de latón turquesa, las
mujeres con precioso atuendo quiché haciendo tortillas alrededor de los
braseros, las vendedoras de flores ocupando la escalinata de la iglesia, los
innumerables puestos de ponchos, huipiles y fajas bordadas a mano, los pasadizos
oscuros donde se venden parvas de maní, habas, trigo, maíz, chiles secos, frijoles, nueces…
Todo el día ando perdida en un radio de tres o cuatro
cuadras. Me alejo un poco y llego hasta el cementerio de colores trepado en una
loma, a la vuelta paso por una esquina donde huele a gallinero. Varias mujeres –cada
una con una gallina, un pollo joven, o un gallo amarrado de las patas o dentro
de un canasto- esperan a que un
comprador se fije en sus bien alimentados tesoros. En la plaza me siento en un comedor y tomo un
caldo de verduras con hueso de res. Las mujeres mayas uniformadas con telas
bordadas color añil, sólo permitiéndose diferenciarse una de la otra por lo
llevan en los pies, los hombres con sombreros de ala ancha, camisa rayada,
pantalones de colores y anchas fajas sentados a mi alrededor. Seño yo speak english, Seño
cómpreme, Seño de qué país es, Seño así que le gusta Chichi, Seño cómo es que usted
parece gringa si no lo es…
Chichi se prepara para Navidad pero desde hace tres días y
hasta mañana conmemora sus fiestas patronales. El dueño de la posada me ve
regresar y aunque le digo que tengo frío y estoy cansada me manda nuevamente a la plaza. Seño se perderá los bailes, la misa, los
cohetes. Así que me abrigo más y me vuelvo a ir. En una esquina baila al son
de una marimba un grupo de enmascarados. Son increíbles. Están emplumados
imitando al quetzal, sin embargo llevan máscaras de cortesanos, con bucles y
rizados bigotes empolvados. En la plaza se han encendido las luces aunque el
ritmo continúa febril como si fuera de día. En la escalinata de la iglesia conviven
las floristas con curiosos, familias, borrachos y mendigos. Un par de humildes
indígenas balancean sahumerios de palo santo arrodillados frente a la puerta. Dentro
resuena la música. Por
un segundo dudo: aunque la letra es religiosa el ritmo es de un chachachá. Pero así es, la
iglesia es una fiesta. Globos de colores cuelgan en racimos del techo, los
santos están vestidos con sus mejores ropajes, una gran orquesta hace sonar
marimbas y trompetas. Los fieles, vestidos todos con esmero, han rebalsado los bancos y hay sillas de plástico azul por todos lados. Por momentos la música cesa, el cura habla y la gente aplaude.
Después el chachachá, lleno de amor y esperanza, recomienza en Chichicastenango.
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