21/12/11

Chichicastenango: Guatemala profunda

Hacía frío y chorreaba una llovizna finita. No había viento, sin embargo las nubes corrían apuradas y cada tanto mostraban un pedacito de cielo. Entonces el sol hacía brillar los charcos, las paredes mojadas, las cintas de colores de los tocados de las mujeres quichés.
Chichicastenango está metido en un hueco entre cerros verdes. Es grande, pero de tan apretado parece pequeño. Entre calles adoquinadas y muros blancos la gente se arracima en un enorme mercado. Los domingos y jueves llegan de los alrededores indígenas a surtirse de lo que necesitan y a vender sus productos, gente de otros pueblos y muchos viajeros, pero lo cierto es que Chichi tiene alma de mercado todos los días de la semana.
Antigua y sus comodidades turísticas quedaron atrás, lo supe ni bien entré en la Posada Los Arcos: mi habitación estaba helada y olía a humedad. Bienvenida al viaje, me dije, y salí a caminar las calles con guantes y gorro de lana. Chichi es difícil de describir. Podría decir que es sucia y pobre, que es un enorme comedero, que huele a sopa y cilantro, a carne y pollo fritos, que el aire está continuamente enturbiado por las cenizas del palo santo que se quema en la plaza, que los perros famélicos hurgan las bolsas de basura, que jamás en mi vida vi viejos tan viejos, que los niños andan desgreñados y tienen los piececitos pegoteados de barro. Todo esto es cierto y sin embargo falso. Nada es sólo lo que se ve, si no más bien lo que se siente. Chichi es hipnótica. Una y otra vez enfoco y saco la misma foto, me siento en los escalones de la iglesia a pesar de que decidí irme porque el humo del palo santo me hace arder los ojos y tengo frío. Basta ya, me digo, sin embargo me quedo. La plaza, la blanca iglesia de Santo Tomás adornada con banderitas de colores porque llega la Navidad, los fogones donde espuman grandes cacerolas de latón turquesa, las mujeres con precioso atuendo quiché haciendo tortillas alrededor de los braseros, las vendedoras de flores ocupando la escalinata de la iglesia, los innumerables puestos de ponchos, huipiles y fajas bordadas a mano, los pasadizos oscuros donde se venden parvas de maní, habas, trigo, maíz, chiles secos, frijoles, nueces…
Todo el día ando perdida en un radio de tres o cuatro cuadras. Me alejo un poco y llego hasta el cementerio de colores trepado en una loma, a la vuelta paso por una esquina donde huele a gallinero. Varias mujeres –cada una con una gallina, un pollo joven, o un gallo amarrado de las patas o dentro de un canasto- esperan a que un  comprador se fije en sus bien alimentados tesoros.  En la plaza me siento en un comedor y tomo un caldo de verduras con hueso de res. Las mujeres mayas uniformadas con telas bordadas color añil, sólo permitiéndose diferenciarse una de la otra por lo llevan en los pies, los hombres con sombreros de ala ancha, camisa rayada, pantalones de colores y anchas fajas sentados a mi alrededor. Seño yo speak english, Seño cómpreme, Seño de qué país es, Seño así que le gusta Chichi, Seño cómo es que usted parece gringa si no lo es…
Chichi se prepara para Navidad pero desde hace tres días y hasta mañana conmemora sus fiestas patronales. El dueño de la posada me ve regresar y aunque le digo que tengo frío y estoy cansada me manda nuevamente a la plaza. Seño se perderá los bailes, la misa, los cohetes. Así que me abrigo más y me vuelvo a ir. En una esquina baila al son de una marimba un grupo de enmascarados. Son increíbles. Están emplumados imitando al quetzal, sin embargo llevan máscaras de cortesanos, con bucles y rizados bigotes empolvados. En la plaza se han encendido las luces aunque el ritmo continúa febril como si fuera de día. En la escalinata de la iglesia conviven las floristas con familias, borrachos y mendigos. Un par de humildes indígenas balancean sahumerios de palo santo arrodillados frente a la puerta. Dentro resuena la música. Por un segundo dudo: aunque la letra es religiosa el ritmo es de un chachachá. Así es, la iglesia es una fiesta. Globos de colores cuelgan en racimos del techo, los santos están vestidos con sus mejores ropajes, una gran orquesta hace sonar marimbas y trompetas. Los fieles, vestidos con esmero, han rebalsado los bancos y hay sillas de plástico azul por todos lados. Por momentos la música cesa, se hace silencio, el cura habla y la gente aplaude. Después el chachachá,  con letra que habla de amor y esperanza, recomienza en Chichicastenango. 

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