26/12/11

Atitlán y los conquistadores silenciosos

Atitlán se ha parecido siempre al paraíso. El enorme lago, rodeado de volcanes y laderas selváticas donde los indígenas cultivan pequeñas parcelas de maíz y café, está salpicado de pueblitos a donde sólo se puede llegar en lancha desde Panajachel, el pueblo con más servicios del lago. Atitlán está enclavado en Los Altos, una espectacular región montañosa donde la población es en su gran mayoría maya. El lago parece que tuviera vida propia. De mañana es pura calma, el sol, el cielo despejado y los volcanes reflejándose en el agua como si fuera un espejo. A media tarde comienza a soplar el Xocomil, un viento que arrastra nubes y hace saltar las barcas entre las olas. Los pueblitos del lago son varios. Mi plan era instalarme en Santa Cruz, en una choza frente al lago y en medio de la nada, pero mi cuerpo acusó recibo de la habitación fría y las duchas congeladas de Chichicastenango y decidí quedarme en Panajachel, tomando Optamox cada 12 horas. La idea resultó perfecta: todas las mañanas durante 4 días las dediqué a conocer cada recoveco de Atitlán. A eso de las 2 volvía a Panajachel, almorzaba-cenaba, me bañaba y me metía en la cama hasta el día siguiente. Fueron 4 días extraños, sol y paseos en lancha a la mañana, festines culinarios en los restaurantes Árbol de Fuego y  Jazmín y 12 horas de sueño. Es bastante probable que sin mi enfermedad me hubiera ido antes de Atitlán, así que de alguna manera le estoy agradecida: gracias a mi tos y dolor de garganta conocí todos los caseríos y pueblos del lago y entendí la conquista silenciosa de los norteamericanos.
Y de esto se trata este post. La humanidad está buscando algo que a mí me gusta llamar serenidad. Al menos eso busco yo: serenidad de espíritu. No sucede en determinadas culturas, a determinada edad o dependiendo de determinada posición económica: nos pasa a todos. Ya conté que los estadounidenses han descubierto Guatemala desde hace un tiempo y con la intención de aprender castellano se pasan aquí largas temporadas, a veces sólo estudiando, y otras -especialmente la gente joven y con una generosidad loable- haciendo trabajos de voluntariado. Pero en Atitlán la cosa es diferente. Con la creencia de que este lugar tiene una energía especial, llegaron para quedarse. Los norteamericanos zen (casi todos retirados) han montado hoteles –rústicos, acordes con el lugar en donde están- con saunas, clases de yoga, pabellones de meditación, huertas orgánicas y slow food. Hasta aquí genial. El tema es su inserción en la comunidad Tz’utujil, que vive desde tiempos inmemoriales en San Juan, Santiago, San Marcos, San Pedro, Jaibalito o Santa Cruz, por sólo nombrar algunos de los pueblos de Atitlán.
Los Tz’utujil viven, visten, trabajan y hablan como hace una eternidad. Las mujeres son preciosas: visten huipiles azules bordados, cortes (faldas largas) y rebozos y llevan cintas de colores en el pelo. Son increíbles tejedoras, madres tiernas, cocineras maravillosas, incansables trabajadoras. Los hombres, con pantalones rayados rojos y blancos a la rodilla, camisa, faja ancha, sombrero de paja y sandalias de cuero, trabajan la tierra, reman en endebles barcas de madera aunque sople el Xocomil, cargan leña, y de vez en cuando, para olvidar las penas, se agarran unas terribles borracheras. Todos ellos, mujeres, hombres y niños hablan cotidianamente en Tz’utujil y usan el español como segunda lengua.
Durante mis recorridas por el lago, durante mis festines culinarios en Árbol de Fuego o en Jazmín, fui entendiendo que la mayoría de los norteamericanos que se han instalado en Atitlán sólo buscan aprender el suficiente español necesario para pedir algo u ordenar. Han formado un gueto, no pretenden asimilar nada, aprehender una cultura: son conquistadores, y como conquistadores, todo el mundo acaba hablándoles en inglés.
Estaba ya harta de sus peroratas (Oh, I found THE place, now I meditate and play the flute…) cuando me pasó lo siguiente:
Desembarco en San Marcos. Entro en un hotelito cuyas cabañas, muy rústicas, me parecen una preciosura. Me atiende el dueño, a la legua norteamericano. Me hago la tonta.
-Buenos días señor.
- Good morning.
-No habla castellano?
-No, I don´t.
-So I guess I should speak in English.
-Yes.
-Do you have availability? May I see a room?
-Lupita!- le dice a una hermosa mujer Tz’utujil que barre el patio- Show room number 3 to the lady!

No me gustan, no me gustan, nunca me han gustado. En una de sus increíbles crónicas de viaje, Paul Theroux habla de lo engañoso que es el turismo como fuente de trabajo: los ingresos económicos mejoran, pero la calidad de vida (sobre todo la de la gente que sólo puede acceder a los puestos de trabajo más básicos) se deteriora de una manera irreversible. Lupita ahora no sólo tiene que aprender inglés (¿con los años olvidará su Tz’utujil?) sino que en vez de tejer maravillas trabaja de mucama. Cuando me siento mejor, hago mi mochila, tomo un tuc-tuc hasta la calle principal de Panajachel y me subo en un chicken bus rumbo a Sololá. Desde lo alto miro el lago por última vez y pienso que de Atitlán recordaré a las tejedoras Tz’utujil del precioso pueblito de San Juan y los platos increíbles de Árbol de Fuego y Jazmín. ¡No quiero ver más  norteamericanos zen!

Mientras estuve en Atitlán recordé permanentemente a mi queridísima amiga Eva. Eva es española y hace unos 5 años fuimos juntas a Mallorca por primera vez. Yo tenía que escribir un artículo para Audi sobre la espectacular costa Tramuntana y la pasamos increíble, salvo cuando entrábamos en algún hotel que nos gustaba y prácticamente nos echaban porque no hablábamos alemán. Eva estaba desconsolada, decía, cómo es que ha sucedido esto, soy extranjera en mi propio país...

1 comentario:

MarOceano dijo...

Los describio Fannon en Los condenados de la tierra. El colonialismo interior de los parias que se quieren liberar siendo como el colonizador. No hay cura.