17/12/11

Agua, Fuego y Acatenango


Amanece en Antigua. Agua, Fuego y Acatenango, los tres volcanes que rodean a la ciudad, se recortan nítidos contra el cielo. Éste es el mejor momento para apreciarlos; a media mañana una nube larga y esfumada seguramente los partirá al medio, con el correr de las horas llegarán nubes gordas y violáceas y les esconderán para siempre los cráteres. Agua y Acatenango parecen apagados, Fuego tiene una espumita blanca ronroneando a su alrededor. Está echando algo, me dicen, quizá sólo vapor.
El empedrado, vacío de gente, brilla negro como recién lustrado. El silencio de la mañana es tal que sólo se escucha el graznido ahuecado de un pájaro desconocido. Huele a jazmines, a azares, a aire humedecido, a selva cercana y  a café guatemalteco recién molido. Bordeo La Merced, toda barroca amarilla y blanca, y me detengo bajo el Arco de Santa Catalina. Desde allí las casitas bajan alineadas hasta que Antigua se acaba contra los cerros. Una es roja, otra rosa, la siguiente celeste, naranja, verde, azul. Antigua es un deslumbrante despliegue de colores, preciosas ventanas enrejadas, altos paredones desbordados por buganvillas y bignonias, tejados gastados, galerías bajo largos soportales, solitarias palmeras y patios floridos. Pero sobre todo la ciudad es lo que sus tres feroces volcanes le han hecho a lo largo de casi cinco siglos. Camino y a cada paso descubro iglesias. Enteras y reconstruidas muchas, dañadas algunas, en ruinas otras. Cada una de ellas, aunque sus columnas hoy sostengan un trozo de cielo, es maravillosa. Antigua me hace pensar en la fuerza incontrolable de la naturaleza y la perseverancia del ser humano: me han destruido, a flor de piel tengo las cicatrices, me duele tanto pero aquí me quedo y comienzo de nuevo. La belleza de la resiliencia hecha ciudad. 


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