24/11/11

Nepal: La felicidad de entregarse al camino

El comienzo de una inolvidable aventura
A pesar de que mi hija Fran y yo ya acusábamos el cansancio de las fascinantes aunque duras semanas de viaje por el extremo norte de la India, las historias de otros viajeros hicieron que al cruzar a Nepal fuéramos directamente a Pokhara, decididas a internarnos a pie por la cordillera de Annapurna. En la agencia recomendada pedimos un trek corto, aunque el encantador nepalí que nos atendió resultó tan convincente que terminamos contratando la ruta a Poon Hill, o sea 5 días de caminata y 4 noches durmiendo en albergues de montaña. 
A la mañana siguiente partimos en taxi con Kiran, nuestro guía, y Bishnu, nuestro porteador, hasta Nayapul (punto de partida de todos los treks por el Annapurna). A las 10 comenzamos a caminar. El sendero -de prolijas lajas escalonadas- cruzó algunos puentes colgantes y atravesó valles estrechos salpicados por caseríos de madera pintados de colores fuertes. La sensación era que estábamos en un mundo vacío y remoto, aunque cada tanto nos cruzábamos con porteadores cargados de una manera inhumana (llegan a comer un kilo de arroz por día para soportar su trabajo) y largas filas de mulas acarreando bultos. Después del almuerzo atravesamos valles sembrados con arroz y mijo. El camino resultaba muy fácil, apenas tenía un poco de pendiente, así que nos dijimos (¡qué equivocadas estábamos!) que el trek sería cosa de niños. Esa tarde paramos a dormir en un albergue pequeñito en la aldea de Hille, muy cerca de Ulleri. Antes de cenar un exquisito nepali set (arroz, dall, pickles, patatas, curry y repollo) salí a dar una vuelta por la aldea. El sol se ponía y doraba el paisaje. Las mujeres, sus larguísimas cabelleras azabache sujetas con pañuelos y vestidas con largas faldas de colores, trabajaban dobladas en dos en los campos de arroz.


Cuando el cansancio es pura salud
Arriba a las 6, desayuno a las 6 y media y a las 7 estamos caminando. Sólo ha pasado un día y todo ha cambiado. Primero, la relación con nuestro guía y nuestro porteador se ha hecho más íntima e informal. Los dos son una dulzura y poco a poco nos vamos enterando de sus vidas, de sus costumbres. Es nuestro primer contacto con nepalíes y su forma de ser nos fascina. Kiran, el guía, de casta sherpa y budista, va cantando todo el día. Bishnu, el porteador, hindú y muy joven, salta y trepa como una cabra a pesar de su gran mochila. Jamás preguntan nada, pero les encanta contestar nuestras preguntas.
Nos habían anticipado que el segundo día era el más largo y agotador del trek. Luego del relajado primer día creímos que esto sería una exageración. Pero así es: la senda no deja de subir y subir. El paisaje, a medida que uno trepa, cambia de una manera espectacular. A la mañana caminamos por campos cultivados salpicados por minúsculos caseríos pintados de colores vivos. El día es precioso; contra el cielo azul se recorta la impresionante silueta del Annapurna South. Luego del mediodía dejamos de ver aldeas, desaparecieron los campos trabajados y apenas nos cruzamos con gente. El camino, sombreado, húmedo, casi selvático, está vacío. Sólo se escucha, siempre, el murmullo de algún río. Cada tanto, en algún recodo solitario, aparece un banco tallado en la piedra. Allí descansamos. Kiran nos cuenta que en esos sitios los muertos de la aldea más cercana pasan la noche antes de ser enterrados. La cuesta hacia arriba continúa, parece que Ghorepani, el pueblo donde dormiremos, está en el cielo. Cuando al fin llegamos hace mucho frío. El pueblo, habitado por gente de la etnia Magar, está enclavado sobre un impresionante precipicio. Tejados de lajas oscuras y muros de madera recortándose contra las montañas. Gorephani es un sitio neurálgico. Aquí se cruzan varias sendas que recorren esta zona del Himalaya. Nuestro albergue está lleno de viajeros de todas partes del mundo, jóvenes y gente asombrosamente mayor que está, probablemente, realizando el mayor desafío de su vida. Nos duchamos y nos calentamos sentadas alrededor de un gigantesco brasero junto a otros trekkers. Un cansancio extremo, aunque saludable, y mucha hambre; ésa es la sensación que flota en el ambiente a las 4 de la tarde. Tomamos sopa, comemos un plato de pasta y luego tarta de manzana. Devoramos todo lo que nos ponen en frente y no alcanza. Ya son las 6, está oscurísimo, nos vamos a la cama. Mañana, tercer día del trek, nos despertarán a las 5 menos cuarto de la madrugada. Treparemos hasta Poon Hill para ver el amanecer entre las montañas.

Horizontes de nieve y fuego
Bishnu golpeó a la puerta a las 5 menos cuarto de la madrugada: Mum (así me llama, imitando a Fran), Fran, wake up... Sueño y frío, mucho, mucho frío. Cómo salir de la bolsa de dormir. Nos abrigamos con todo lo que tenemos a mano y nos calzamos nuestras linternas de minero, que han llegado al Himalaya desde la lejana Potosí. Salimos a la oscuridad. Somos varios. Muchos. Subir hasta Poon Hill a presenciar el amanecer es una ceremonia. Caminamos en fila india cuesta arriba durante 45 minutos. Nadie habla, todos están concentrados en la senda, en no resbalar. Al fin llegamos. Todavía no se ve nada, todos miramos expectantes hacia el este. De pronto el horizonte se quema con fuego. El mundo se tiñe de naranja. Las siluetas de las montañas comienzan a dibujarse, primero grisáceas, luego azules. El momento es mágico. Poon Hill, a 3200 metros de altura, es un logro, una indescriptible belleza. Unos a otros nos sacamos fotos, no importa que no nos conozcamos; como en otros caminos -Santiago de Compostela, el Cañón del Colca o Machu Picchu-, comulgamos todos con la emoción del peregrino.
Abajo, en el albergue, nos espera un suculento desayuno. Nos ponemos en marcha nuevamente a las 8 de la mañana. El día está espectacular. Minúsculas avionetas surcan el cielo volando bajito. Son las que van y vienen de Jonson. Ponemos rumbo a Tadapani, la aldea en donde pasaremos la tercera noche. Está mucho más abajo que Ghorepani, así que el camino va en bajada. El paisaje vuelve a cambiar otra vez. Poco a poco nos introducimos en una selva, cruzamos una y otra vez el precioso río Saranga; Bishnu, el porteador, lanza un grito y cientos de monos salvajes saltan de rama en rama enloqueciendo las copas de los árboles. La cuesta, en el bosque, está cubierta por tierra húmeda y suelta, así que resbalamos varias veces. Bajamos, bajamos tanto que ahora se sienten otros músculos, como si antes no hubieran existido, como si recién los identificáramos.
Tadapani está emplazado bajo la sagrada mole de Machhapuchhre, o Fishtail, un pico de casi 7000 metros, siempre nevado. Aunque cuando llegamos está nublado, las vistas desde la aldea son impresionantes. Hace frío; en el albergue, pintado de rosa estridente, nos apretujamos junto a otros trekkers cerca del fuego. Como sucede siempre entre viajeros, todos contamos historias de viajes. Nos bañamos con un chorrito de agua caliente, cenamos y salimos afuera. La luna llena, con su fuerza, disipa las nubes y me regala increíbles fotografías. Mum, me dice Bishnu mirando al cielo, mañana amanecerá despejado.

Un mundo amarillo
“Firiri…”, Kiran, nuestro guía, canta mientras camina. Partimos de Tadapani con un día de sol radiante, el Fishtail recortado contra el cielo azul. Tengo la sensación de que soy sólo mis piernas, soy un ser que sólo camina. Bajamos, seguimos bajando, esta vez por infinitos escalones de piedra. Parece mejor que resbalar cuesta abajo como el día anterior, aunque después de horas de ritmo metódico mis piernas empiezan a quemar. Pero, ¿qué importa? Vamos llenas de energía, hemos aprendido que el desayuno es vital, así que a las 7 de la mañana devoramos huevos fritos, chocolate, tostadas con miel y fruta con curd (yogourt).
La selva frondosa, las sombras húmedas se acaban al mediodía. Recargamos fuerzas almorzando al sol unos increíbles spaguetti en Ghandruk, una aldea de la etnia Gurung cuya gente conserva rasgos de su origen mongol, su dialecto y su ancestral religión animista. Ghandruk mira desde lo alto a un paisaje sin igual. De pronto se ha acabado el bosque y a nuestros pies aparecen valles dorados recortados en infinitas terrazas. El color del arroz maduro parece irreal. Brilla en la tarde y el mundo es amarillo. A medida que descendemos atravesamos más y más caseríos. La gente, siempre acarreando grandes cestas sostenidas por una faja a la cabeza, va y viene por los campos. Mujeres vestidas de colores vivos se secan el pelo negro, larguísimo, al sol. Algunas, en grupo, se despiojan, costumbre que no supone ninguna vergüenza. La tarde cae y lo que vemos parece pintado por Van Gogh. El Mudi, un río que bordeamos durante el primer día del trek, vuelve a acompañarnos, aquí mucho más ancho y torrentoso. Asomado a sus aguas llenas de espuma se emplaza la mínima aldea de Syauli Bazaar, donde pasaremos la cuarta y última noche. La tarde es perfecta, hemos bajado tanto que ya no hace frío, incluso no nos importa la ducha tibia. Cenamos como princesas. En la cocina, la dueña del albergue y Kiran, que a veces hace de cocinero, preparan una sopa de calabaza y un nepali set memorable. Nos dormimos antes de que la luna aparezca en el cielo.

El final, o la promesa de otro comienzo
Último día… Nuevamente huevos fritos, curd con frutas y chocolate para el desayuno. Recorremos los últimos kilómetros que nos separan de Nayapul, donde un taxi nos está esperando para llevarnos de regreso a Pokhara. La sensación es terriblemente contradictoria. Por un lado muero de ganas de dormir bien, cambiarme de ropa, bañarme y lavarme el pelo con litros de agua caliente. Por otro, tengo ganas de que esto nunca se acabe. ¿Cómo es la vida sin la dulzura de Kiran y Bishnu? ¿Cómo se vive sin caminar? No sé qué piensa Fran, yo tengo la sensación de que quiero seguir andando por estas montañas hasta la eternidad.

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