31/10/11

Mudanzas


Otra vez un fresno en mi ventana. Verde brillante, primaveral, carnoso. Un fresno como el que cubría el patio de mi Andoriña –allá en el Bajo de San Isidro-, sin embargo tan distinto. El del Bajo crecía reparado entre las barrancas y el río, sólo atormentado las tardes de verano por el franco Sudoeste; éste se hamaca constantemente con un viento que no sé qué nombre tiene ni de dónde viene. Tal vez ni siquiera es viento, sino tremendo remolino, torbellino citadino enloquecido. Sí, así es la casi esquina adonde me he mudado, ventosa, sospecho que no tanto porque es primavera sino porque así es la vida en este rincón de Colegiales. Esta noche será la tercera aquí; tan desconocida todavía. Nada como el thrill de un debut. Nada como que nadie sepa de dónde vengo ni cómo me llamo. Podría inventarme una personalidad, una historia, un pasado. Otra vida. Tampoco yo reconozco nada, ni sonidos, ni olores, ni rostros, ni voces. Mi curiosidad y mi intuición nuevamente exacerbadas. Una vez más barajo de nuevo. Veamos qué hay acá. A ver cómo funciona este rincón de Buenos Aires. Imaginemos. A quién voy a conocer. Quién me va a interesar. Con quién me voy a relacionar. Nuevo, nuevo, nuevo, soy nueva en un pequeño mundo nuevo.
Estos tres días han sido vertiginosos y agotadores. A pesar de eso he tenido momentos de suprema felicidad. La copa de vino, el brie y las almendras cuando llega la noche, la perspectiva de mi nueva casa desde mi sofá, Satie o Chet Baker llenando con dulzura el silencio de mi nido. Lo más sorprendente, una vez más a pesar de los años que pasan, es constatar que sigo teniendo la facultad de laburar como una mula. Digna hija de mi padre y nieta de mi abuela Lela, me sigue sorprendiendo mi tremenda capacidad de hacerlo todo por mí misma. Llevo una vida destruyéndome las manos. Pinto, lijo, agujereo las paredes con el taladro, levanto cajas pesadísimas, limpio, conecto cables misteriosos, serrucho, acomodo, organizo, sí, todo lo hago sola, tengo la fuerza y la voluntad de un titán. Digamos que la sangre gallega de los Varela corre exultante por mis venas feliz de tenerme anclada a la tierra, aunque a diferencia de otras mudanzas, en que el hacer no me permitía pensar, esta vez mi espíritu me susurra constantemente una idea a los oídos: construí nuevamente, pintá, pulí, clavá, dejá todo precioso. Ésta será la última vez, te estás preparando, luego ya podrás volar. 

3 comentarios:

Carlos Quiroga dijo...

Cana, que bueno que seguís encontrando desafíos a cada instante y en cada lugar a donde vas a parar...éxitos en tu nuevo barrio y tu nuevo nido.

Te mando un beso, Cartoto.

Argonauta dijo...

Querida María, hace tiempo ya que te perdí en tus derroteros pero aunque duela, ¡qué maravilloso es renacer cada cierto tiempo!

Saludos desde el Mediterráneo.

Merche Gallart dijo...

Apreciada Maria, y es surges como el Ave Fenix de sus cenizas. Siempre me sorprendes con lugares que me encantan... Y me encanta leerte. Yo también, después de unos meses de letargo blogero vuelvo a escribir. Un abrazo.