Otra vez un
fresno en mi ventana. Verde brillante, primaveral, carnoso. Un fresno como el
que cubría el patio de mi Andoriña –allá en el Bajo de San Isidro-, sin embargo
tan distinto. El del Bajo crecía reparado entre las barrancas y el río, sólo
atormentado las tardes de verano por el franco Sudoeste; éste se hamaca
constantemente con un viento que no sé qué nombre tiene ni de dónde viene. Tal
vez ni siquiera es viento, sino tremendo remolino, torbellino citadino enloquecido.
Sí, así es la casi esquina adonde me he mudado, ventosa, sospecho que no
tanto porque es primavera sino porque así es la vida en este rincón de
Colegiales. Esta noche será la tercera aquí; tan desconocida todavía. Nada como
el thrill de un debut. Nada como que
nadie sepa de dónde vengo ni cómo me llamo. Podría inventarme una
personalidad, una historia, un pasado. Otra vida. Tampoco yo reconozco nada, ni sonidos, ni
olores, ni rostros, ni voces. Mi curiosidad y mi
intuición nuevamente exacerbadas. Una vez más barajo de nuevo. Veamos
qué hay acá. A ver cómo funciona este rincón de Buenos Aires. Imaginemos. A
quién voy a conocer. Quién me va a interesar. Con quién me voy a relacionar.
Nuevo, nuevo, nuevo, soy nueva en un pequeño mundo nuevo.
Estos tres
días han sido vertiginosos y agotadores. A pesar de eso he tenido momentos de
suprema felicidad. La copa de vino, el brie y las almendras cuando llega la
noche, la perspectiva de mi nueva
casa desde mi sofá, Satie o Chet Baker llenando con dulzura el silencio de mi nido. Lo más
sorprendente, una vez más a pesar de los años que pasan, es constatar que sigo
teniendo la facultad de laburar como una mula. Digna hija de mi padre y nieta
de mi abuela Lela, me sigue sorprendiendo mi tremenda capacidad de hacerlo todo
por mí misma. Llevo una vida destruyéndome las manos. Pinto, lijo, agujereo las
paredes con el taladro, levanto cajas pesadísimas, limpio, conecto cables
misteriosos, serrucho, acomodo, organizo, sí, todo lo hago sola, tengo la
fuerza y la voluntad de un titán. Digamos que la sangre gallega de los Varela corre
exultante por mis venas feliz de tenerme anclada a la tierra, aunque a diferencia de otras mudanzas, en que el hacer no me permitía pensar, esta vez mi espíritu me
susurra constantemente una idea a los oídos: construí nuevamente, pintá, pulí,
clavá, dejá todo precioso. Ésta será la última vez, te estás preparando, luego ya podrás
volar.
3 comentarios:
Cana, que bueno que seguís encontrando desafíos a cada instante y en cada lugar a donde vas a parar...éxitos en tu nuevo barrio y tu nuevo nido.
Te mando un beso, Cartoto.
Querida María, hace tiempo ya que te perdí en tus derroteros pero aunque duela, ¡qué maravilloso es renacer cada cierto tiempo!
Saludos desde el Mediterráneo.
Apreciada Maria, y es surges como el Ave Fenix de sus cenizas. Siempre me sorprendes con lugares que me encantan... Y me encanta leerte. Yo también, después de unos meses de letargo blogero vuelvo a escribir. Un abrazo.
Publicar un comentario en la entrada