4/3/11

Mompox, Bolívar y el gran Gabo

Navego por el mítico Magdalena como si navegara hacia el corazón de una novela. No sé qué veo y qué imagino; la realidad en estos parajes macondianos se me mezcla con la fantasía.

Voy hacia la remota Mompox, una ciudad hoy cercada por pantanos que fuera, durante los siglos XVIII y XIX, uno de los más prósperos puertos fluviales de Colombia. Bella, rica, culta, refugio seguro de los grandes señores de Cartagena cuando los piratas asolaban las costas del Mar Caribe, Mompox brilló con luz propia hasta que a principios del siglo XX la Naturaleza le jugó una mala pasada: su brazo de río se tornó innavegable. Entonces fue como si un pesado telón cayera sobre la fantástica escena. El puerto quedó abandonado, se acabó el comercio, los ricos abandonaron sus casonas y las iglesias fueron cerradas a cal y canto. Lejos de todo, aislada por el agua, Mompox se replegó sobre sí misma y comenzó a vivir de los recuerdos.

Como si la historia de Mompox no bastara para seducirme por completo, supe además que el gran Gabo la había descrito en su libro ‘El laberinto del general’. La novela narra el más triste de los innumerables viajes de Bolívar: el de su agonía. García Márquez cuenta que el Libertador viajaba por el río Magdalena rumbo a Santa Marta –donde moriría- sin una moneda, desacreditado y enfermo de tuberculosis. Desde Mompox, donde se detuvo una temporada a descansar, escribía cartas a su amante Manuela Sáenz y soñaba con seguir haciendo la revolución.

Perdida en tanto romanticismo y con mi imaginación exacerbada, tomé mi mochila y me puse en movimiento.

Siete horas demoró el bus desde Cartagena hasta el puerto fluvial de Magangué. Allí, después de atravesar un caótico mercado ribereño, me embarqué en esta chalupa vieja y despintada junto a una treintena de personas cargadas de bultos. Un hombre lleva un gran papagayo en una jaula de madera; otro, enormes ristras de bananas; otro, una televisión. El Magdalena brilla lustroso, entre amarillo y marrón. Vamos proa al sol, aunque el viento en mi cara alivia el cansancio de las horas que llevo viajando y atenúa el olor de la chalupa, un olor a barro, a frutas, a sudor, a tabaco y a alcohol. Los meandros del río descubren tierra verde y roja, siempre desierta. No se ven casas, ni animales, ni gentes. La vida en estos parajes olvidados discurre por el río.

Poco a poco voy acortando las distancias. Sé que mi próxima parada es otro puerto llamado Bodega, aunque para llegar a algún sitio marcado en el mapa falta un tiempo indefinido. Como me dijo un cartagenero de Getsemaní: “…y cuando la chalupa llegue al puerto de Bodega todavía usted no habrá acabado su viaje. Tendrá que subirse a un taxi, o esperarlo un buen rato, quién sabe cuánto, si es que alguna vez aparece uno. Entonces recorrerá un camino muy estropeado, lleno de pozos. Andará a los tumbos un largo trecho, hasta que entre los árboles, que en esta época estarán en flor, verá las torres de las iglesias. Lo que le digo es que no espere escuchar jolgorio, ni voces, ni risas, ni música, que a donde va usted ni tantito se parece a Cartagena. No escuchará nada, ni siquiera el rumor del aire, porque Mompox, tan pero tan preciosa ella, está adormecida desde que un día lejano se quedó sin río”.

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