21/12/10

La Guajira, o a donde me llevó el viento

Cuando no es un libro lo que me incita a viajar es una película. Fui a Colombia porque vi Los viajes del Viento. Me acuerdo que a los cinco minutos de estar en el cine yo ya quería ir ahí, ahí donde quedara eso, ahí que en realidad no era un solo lugar sino varios, todos fabulosos, remotos, vacíos, sólo posibles en la onírica Latinoamérica. Del cine fui directo a buscar información. La peli se había filmado en la fracción colombiana de la Península de La Guajira, una punta que se mete en el Mar Caribe y es la más septentrional de Sudamérica. La Guajira es una región perdida en el tiempo. Sus habitantes, los wayúus, al no haber sido colonizados por los españoles mantienen vivos su idioma y sus tradiciones. En la península no hay agua, no hay electricidad, no hay caminos. Los wayúus viven en paupérrimos caseríos dispersos en el desierto rojo o a orillas del mar. Son pastores de cabras o pescadores. Para internarse en esa desolada tierra ardida hay que contratar un 4x4 o viajar a los tumbos en rústicos camiones.

Sabiendo que existía La Guajira ya no pude dormir, así que me inventé un trabajo y me fui a Colombia. De Bogotá fui subiendo despacito y en zigzag. Anduve por todos lados, me enamoré de Cartagena y de los colombianos. En Santa Marta comencé a averiguar cómo llegar a La Guajira. La dueña de mi hostal me miró alarmada: ¿Sola bonita? No, no, no, si no pagas un tour en 4x4 no puedes irte así nomás. Tengo un guía conocido. Te vas con él. Como soy bien educada no le dije que la idea me horrorizaba y le prometí que lo iba a pensar.

Oh, la fuerza de los pensamientos: de pronto apareció en mi camino un fotógrafo austríaco. Guapo, simpático y aventurero. Jamás había escuchado hablar de La Guajira, pero mi entusiasmo lo convenció en seguida.

Partimos en un bus temprano a la mañana siguiente. Un bus y otro y otro. En Cuatro Vías nos bajamos y seguimos en la parte de atrás de una camioneta hasta Uribia. Desde este pueblo, declarado capital de la nación wayúu y dueño de un mercado fascinante, atestado de productos contrabandeados de Venezuela, salen los camiones que se internan hasta el mítico Cabo de la Vela.

Más allá del pueblo todo era tierra llana roja-anaranjada y el sol como un fuego. Mi amigo austríaco, una pareja de artistas ambulantes conformada por un español de Huesca y una dulce colombiana, un desastrado hippie argentino con guitarra incluida, cinco wayúus silenciosos y yo nos sacudíamos entre bolsas de harina, garrafas de agua y jaulas de gallinas. Íbamos por el medio de la nada a una velocidad de muerte. El polvo rojo que levantaba el camión flotaba entre las matas de arbustos raquíticos y el cielo. En algún momento bordeamos una fantasmal vía férrea. Por aquí sólo pasa un tren de carga, me dijo la colombiana. Después vimos bosques de cactus y espinos. El calor reverberaba e inventaba charcos de plata. Paramos varias veces en míseros caseríos de paja. De las chozas salían mujeres y críos; del camión se bajaban encargos y bolsas de comida. Después de dos horas de zangoloteo vimos el mar. Parecía otra alucinación; sólo se diferenciaba de la tierra dormida por su color azulado.

La aldea de Cabo de la Vela está emplazada en una bahía de ensueño. Las chozas son de paja y palos, están abiertas a los cuatro vientos y no tienen piso, sólo arena. Están esparcidas a lo largo de la única calle terrosa y de la orilla del mar. En el pueblo no hay hospital, ni hay agua corriente, ni teléfono. Tampoco hay electricidad. Las familias más pudientes tienen un generador que encienden cuando llega la noche. El agua la trae un camión cisterna una o dos veces por semana.

Nos pusimos a caminar por la calle desierta. Formábamos un grupo disímil pero divino. El español, la colombiana, el austríaco y yo habíamos adoptado de mil amores al hippie argentino. Es que inspiraba una inmensa ternura. Durante las horas de camión nos había contado que tenía 20 años y que había salido de Buenos Aires hacía varios meses. Desbordaba ingenuidad y parecía vivir en una nube. Desde que había comenzado su viaje preparaba su comida en un calentador y dormía en cualquier hueco. Su mochila estaba rota, su ropa gastada y agujereada. No tenía ni una moneda y mágicamente sobrevivía vendiendo artesanías.

Encontramos una casa de pescadores donde se ofrecía albergue. Atardecía y ronroneaba el generador. El olor del gasoil se mezclaba con el del mar. En Cabo de la Vela se duerme en hamacas. Nos acondicionaron 5, porque entre los cuatro decidimos invitar a nuestro adoptado. Las hamacas colgaban entre un montón de redes bajo un alero de palos, al lado del mar. En una barca dada vuelta apoyamos nuestras mochilas. El cuartucho que hacía de baño estaba unos metros más allá. No tenía luz y para bañarse había que comprar un balde de agua fría. Sin saberlo habíamos caído en la casa del mejor cocinero del Cabo. Así se autodefinió el dueño: nadie guisaba como él. Comimos unas enormes langostas rellenas acompañadas por arepas y tomamos cerveza tibia. Después nos acomodamos en nuestras hamacas. Al rato el motor enmudeció. A lo largo de la bahía titilaron unas pocas luces hasta que se apagaron del todo. La noche era fabulosa, honda y misteriosa. Brillaban mil estrellas y la espuma de las olas dibujaba iridiscencias. Los cinco estábamos en silencio; sólo se escuchaba el avance cadencioso de la marea sobre la arena.

Mi hamaca colgaba entre la de mi amigo austríaco y el hippie argentino. Así me sentía protegida. Estaba por dormirme cuando nuestro adoptado me dijo en un susurro, Qué mágico María. Supe que desde su hamaca estiraba su mano. Estiré la mía y nos encontramos. Así nos quedamos, amarrados, durante un instante.

3 comentarios:

Adalberto dijo...

Mágico relato sobre unos de los lugares más fantásticos de Colombia, donde tras dejar las frías caricias de la sierra, te embarcas en un viaje abordo de ti mismo.

Excelente entrada, me aclara porque tomaste una ruta tan alternativa por mi país.

Aventurer@ dijo...

Que bonito Maria, tu relato me conmueve, así me sentí yo en la Guajira, de la mano entrelazada con la naturañeza. Un beso guapa.

RUTAS EN MOTO dijo...

Yo también estuve en La GÜajira, en el año 2003. Todavía me duele la espalda de dormir en hamaca. Viajaba en mi moto, me perdí por elegir el camino de la costa en lugar de la carretera y, como siempre, la gente del lugar calmó mi hambre después de unas horas perdido y sin comer. Siempre la gente, la gente, la gente... Un saludo desde España. Alejandro.