22/10/10

Sola en Maputo

Camino Maputo con mis fantasmas. Sola. Tengo una pequeña lista de personas a las que podría llamar. XX, XY. Pero qué me importan todos, si yo así soy feliz. Antes que nada, siempre antes que nada, busco el mercado. Los mercados son como manuales de vida concentrados. Un vistazo al de Maputo y uno se acerca al alma de su gente, intuye su sentir, su soñar, su palpitar y hasta su amar. Doy vueltas en redondo, miro y me muero de hambre. No quiero comer, quiero absorber. La luz se cuela por los agujeros de los toldos viejos del techo. Las vendedoras de pescado espantan moscas y esperan clientes, las 'cangrejeras' hunden sus brazaletes de oro en los baldes donde conviven cientos de cangrejos embarrados, las 'camaroneras' pelan camarones y los acomodan primorosamente en latitas viejas -amarillas intensas- de Swcheppes. Miro con los ojos, con el gusto, con el olfato, con el tacto. Cómo ser blanca y pasar desaparcibida entre la lustrosa piel ébano y la sonrisa marfil.
Camino el mercado una, dos, tres veces. Encuentro un hueco y me atrinchero. Disparo fotos. Palanganas azules colmadas de camarones, pescados rosados todavía chorreando agua marina, baldes repletos de caracoles, langostas arrastrándose muy vivas por las mesadas de madera.
Más allá el pan dorado, más allá las castañas cajú, más allá los mangos, las bananas, las naranjas, los pimientos rojos y amarillos, los cocos, las negras hermosas de labios carnosos ofreciéndome lo que sea, con tal de vender. Senhora... Senhora...
Con mi pobre portugués les hablo a todas y a todos, les digo Eu estou trabalhando, eu nao sao uma turista. Ah, me dicen todos, tirar fotos, tirar fotos, está bem, senhora. Entonces enfoco vidas. Edades nuevas y muy añosas. Mujeres dormidas sobre sus mercancías. Niños criándose entre la fruta y la verdura. Hombres jugando a las cartas en los pasillos. Miradas enrojecidas. Manos encallecidas. Ojos jóvenes, llenos de chispas, y ojos a los que se les ha escapado toda esperanza.
Cuatro horas en el Mercado de Maputo.
Aquí, mansamente, late la vida.

2 comentarios:

Argonauta dijo...

Querida Serviajera, qué placer siempre caminar contigo. Sin hablar, escuchando tus pensamientos.

Besos desde el Mediterráneo otoñal.

Armando Dávila dijo...

Simplemente mágico. Disfruté mucho la lectura que hiciste del mercado y cómo los definiste. Yo también amo los mercados, para mí son la muestra más pura del pasado cultural de la región