31/1/10

Attari, entre India y Pakistán

Hace 4 días que estamos en Amristar. Me quiero ir. La vida se ha convertido en un desborde: nuestra habitación con la ropa que lavamos en un balde tendida por todos lados, los ratones cada vez más numerosos, los cortes de luz cada vez más asiduos, la relación con los soñolientos empleados del hotel tan distendida que ya no disimulan y no se esfuerzan en nada de nada. Necesito moverme, avanzar. Pero falta ir hasta la frontera del Punjab con Pakistán. ¿Otra vez los tanques y la sensación de peligro que sentimos en Srinagar? No, me dice Fran, esto es distinto. El Punjab no es Kashmir, y en este Estado se ha convertido en un espectáculo ir hasta el puesto fronterizo de Attari a ver el cierre de la frontera al atardecer.

¿Cómo decirle no a mi hija, que con dos cámaras de videos en las manos y un gorro blanco calzado hasta las orejas parece una pistolera? Ok, Frani, let’s go.

A las 4 de la tarde partimos en un taxi compartido con 4 australianos. Típicos, de ésos que mascando chicle de la mañana a la noche en una semana y sin dormir recorrerán toda India. Dejamos atrás la ciudad y avanzamos por el medio de la nada. Los australianos cabecean aprovechando el frescor del aire acondicionado con la boca abierta. Una hora después el taxi aparca en un campo polvoriento donde hay estacionados un montón de camiones. Salvo las cámaras y vídeos, todo queda en el taxi. En la frontera está prohibido hasta llevar dinero. Caminamos con una multitud levantando un inmenso terragal. A medida que nos acercamos aumentan los soldados, las alambradas de púas, los registros.
Finalmente llegamos a una especie de mini estadio de fútbol. Las gradas que miran a los portones que separan India de Pakistán ya están llenas. Un grito resuena en el aire: ¡Hindustán! ¡Hindustán! ¡Hindustán! Como podemos trepamos, nos hacemos un hueco entre el gentío. El ambiente es de fiesta y muy popular. Hay familias con chicos, viejos, adolescentes, mujeres jóvenes y ancianas. Poniéndose en puntas de pie, a pocos metros se ve Pakistán, las mismas gradas que del lado indio repletas de paquistaníes vestidos de negro.
La ceremonia empieza con música. Baila en frente a los portones un montón de gente del público seleccionada previamente. Explota la tarde al ritmo de Slumdog Millonaire. Controlados por varios soldados, mujeres, chicos y hombres se mueven desenfrenadamente. Es increíble ver bailar a los indios: tras la fachada de recato y la vestimenta que lo cubre todo, derrochan una sensualidad maravillosa. Luego todos vuelven a las tribunas y comienza la parada militar. Los soldados, altísimos y tocados con unos gorros que los hacen gigantes, comienzan a marchar y a hacer gestos de guerra frente al portón que los separa de Pakistán. Al otro lado sucede lo mismo. Los movimientos exhalan puro machismo. Te mato, te odio, te aplasto, parecen decirse. La gente se enardece. Se agitan miles de banderas. ¡Hindután! ¡Hindustán! ¡Hindustán! Fran filma a cuatro manos. Tiene una sonrisa de felicidad que le va de oreja a oreja. Apretujada y sofocada, yo intento relajarme, pero la verdad es que todo esto me da un poco de claustrofobia. Además el ambiente es de fiesta, pero si a alguno de los soldados se le escapa un tiro esto se convierte en una carnicería.
Las puertas se abren y se cierran varias veces, cada vez con más estrépito. Los soldados paquistaníes e indios se miran a través de las rejas con ferocidad y cada vez desde más cerca. Finalmente, en el instante en que se pone el sol, las puertas se cierran definitivamente hasta la mañana siguiente. La fiesta se termina. Volvemos a caminar con la multitud levantando inmensa polvareda. En el taxi nos esperan los australianos. So cool man… It was like the fucking war, man…

Grand Hotel nuevamente, última noche. Nuestro cuarto huele a jabón. Hemos hecho una gran colada en el lavatorio y parece una lavandería. Mañana nos esperan 6 horas de bus hasta Chandigarh; guauuu, se reinicia la aventura.

2 comentarios:

el viajero impresionista dijo...

Que intensidad...valió la pena esos días en el hotel, sitiadas por los ratones. Tenían razón los australianos, como una guerra.

Argonauta dijo...

Religiones y fronteras. Por desgracia, una mezcla peligrosa...

Un abrazo desde el Mediterráneo.