21/1/10

Mi hija Frani

Hay un mundo de distancia entre viajar sola y viajar acompañada. Este viaje esta signado por eso, por el hecho de viajar nada más y nada menos que con mi hija Fran. Hablamos, hablamos y hablamos. Nos reímos, nos reímos, nos reímos. En un punto es casi como viajar conmigo misma, aunque no, porque cuando viajo sola escribo; en cambio ahora hablo con Fran. La experiencia es absolutamente fascinante. Sé que soy una privilegiada, debe haber pocas madres que viajan durante dos meses con su hija de 26 años. Y qué hija. Fran no tiene nada de hija dócil, de ésas que dicen a todo que sí y siguen a la madre tipo ganado. La Negri, como le digo yo, tiene una personalidad arrolladora, una independencia asombrosa y una mirada sobre el mundo muy particular. Es extraño tratar de definir nuestra relación. En un punto somos tan iguales, y en otro somos tan diferentes. En el fondo no sé si eso es lo importante, lo fundamental es cuánto nos queremos, cómo nos respetamos, todo lo que aprendemos una de la otra. La Negri es intensísima, pero de pocas palabras. Yo soy un torbellino que no cesa. Ella es una luna plateada colgada de la más hermosa noche, yo soy un sol amarillo brillando sin clemencia. Ella es jovencísima, morocha y muy blanca, yo soy adulta, muy rubia y con una piel que tiende a ponerse oscura. Pero las dos somos muy altas (extremadamente, en este país de bajitos), así que a un kilómetro de distancia, y aunque estemos disfrazadas de lo que sea, se adivina que somos extranjeras.

La primera vez que nos pidieron sacarnos una foto fue en los Mughal Gardens de Srinagar. No conté que estos jardines son algo espectacular y que turistas indios de todas partes del país llegan a visitarlos. El primer pedido de posar para una foto nos sorprendió, después tuvimos que aprender a lidiar con ello. La situación resulta un poco estresante, pero en un punto súper interesante: la gente se abalanza como si fuéramos marcianas a pedirnos tímidamente sacarse una foto junto a nosotras, y nosotras vivimos en carne propia –y por primera vez en lo que va de mis viajes- lo que significa estar en la mira de una cámara o un teléfono móvil. Bichos raros, muy raros: eso somos. A snap, please, a snap please. Yo, que soy el sol, siempre me sonrío; Fran, que es la luna, a veces pone cara de total hartazgo.
-Mum, ¿cómo me los saco de encima?
El mundo de pronto está patas para arriba.
-And where are you from?
-Oh, very far away. Argentina. Ar - gen - t i - na. Yes. The southern country in Latin America. United States? Oh no. We have nothing to do with USA. We are a different country, almost as big as India.
Fran escucha mis explicaciones de maestra ciruela con un extravagante pañuelo rojo y dorado que sacó de una urna donde se depositan trapos para la gente que llega al Golden Temple con la cabeza descubierta. Parece una chiflada divina. Pero no me río y disimulo. En cambio le saco fotos cuando alguien le pide posar a su lado, y me entrego a la felicidad suprema de estar viajando junto a ella.

1 comentario:

Javier Adán dijo...

Estupendo relato.