20/1/10

Desde el jardín del Grand Hotel de Amritsar

Oh milagro. Con una cerveza en la mesa y conectada a wi-fi, escribo en mi ordenador desde el jardín del Grand Hotel de Amritsar. Suena a primer mundo, ¿verdad? Casi, casi, aunque por el jardín corretean cuatro gatos detrás de innumerables y asquerosos ratones. Yo conviviendo con ratones, dónde se ha visto. Pero uno se acostumbra a todo, o al menos lo intenta.
La verdad es que no me puedo quejar. El hotel a donde llegamos anoche es de los mejores donde estuvimos alojadas. Nuestra habitación tiene aire acondicionado, y el restaurante no está nada mal. Lo mejor que tiene el Grand Hotel es su silencio. Sí, es como un paraíso en esta ciudad caótica y terriblemente ruidosa. Me pregunto cuándo dejaré de usar las palabras caos/caótico/caótica, si alguna vez en India las olvidaré. A esta altura me parece improbable, la verdad. Por un lado –estuve releyendo todo lo que escribí hasta ahora- me doy cuenta de que mis descripciones son más bien repeticiones de todo lo que me falta, de eso que considero básico (un baño decente, una ducha caliente, una cama limpia), pero por otro lado ésa es la realidad: viajar por India es enfrentarse permanentemente con una vida medieval.
De todas maneras recién ahora, que hemos dejado el extremo norte, me siento en lo que yo me imaginé sería India. Srinagar es un universo aparte y Ladakh lo es más. Lamentablemente, al tomar el avión hasta Jammu nos perdimos la transición del mundo musulmán de Kashmir al mundo hindú/sikh de Punjab. No sólo eso: también nos perdimos las montañas convirtiéndose en llanos, el frío transformándose en calor. Mi admirado Paul Theroux, viajero incansable y feroz detractor de los viajes en avión tiene absoluta razón. Perdón Paul, pero el vuelo de Srinagar a Jammu nos salvó la vida.
Amritsar es la capital del pueblo sikh. El sikhismo es una religión derivada del hinduismo, y aquí tiene su Golden Temple, un templo que está entre los más fabulosos de India. Observar las distintas religiones de India y cómo conviven entre ellas es una de las cosas que me resultan más fascinantes de este viaje. Los sikhs, las cabezas envueltas en enormes turbantes y con aspecto de guerreros, son expresivos, se ríen con toda la boca, toman alcohol, y gesticulan al hablar. Son extremadamente abiertos, al punto que permiten que cualquier persona –sea del credo que sea- entre y disfrute del Golden Temple.
A la mañana siguiente a nuestra llegada partimos entusiasmadas a conocerlo. Pero el Golden Temple queda en el corazón de Amritsar, y la ciudad, a lo que menos se parece, es a un templo. Fea, muy deteriorada, horrible, la ciudad –otra vez- es un absoluto caos, una suciedad y una pobreza nunca vistas. Con la cabeza cubierta con un shawl, y túnicas y pantalones hindúes avanzamos por la calles. Es difícil describir la sensación de caminar constantemente sobre la mugre, sobre la basura que se arroja siempre a la vereda, difícil explicar lo que es llegar a una esquina y no poder cruzar la calle. Ya habíamos pasado por esta situación en Srinagar, pero aquí es mil veces peor. Amritsar es una ciudad más grande y la gente anda como enloquecida. Uno no puede dejar de pensar en lo poco que vale la vida de una persona, en que el resultado de un país desmesuradamente superpoblado es éste: yo, sin violencia y con toda naturalidad, paso primero, no avances porque te piso, porque te mato, no importa que vos tengas derecho porque el semáforo esté en rojo, aquí el derecho no cuenta. Una apela a la santa paciencia pero al final termina exasperándose. Mi hija Fran no sabe qué hacer conmigo. Al principio espero al borde de la vereda con calma, pero a los 20 minutos empiezo a agitar los brazos y a gritar como una loca: ¡STOP! Por supuesto nadie me hace caso y terminamos arriesgando la vida entre motos, autos, camiones y rickshaws. La India tiene eso: no hay tiempo de perserse en pensamientos profundos; constantemente estás conectada con las cosas esenciales de la vida, constantemente estás concentrada en lograr sobrevivir.

2 comentarios:

Argonauta dijo...

Querida Serviajera... te has hecho de rogar...

La última frase me parece genial, es probablemente la mejor descripción de la India que he leído. (Al menos desde nuestro punto de vista). Es contrastante cuando uno espera encontrarse allí con el misticismo y la espiritualidad.

Quizá sea esa la lección más importante que aprendí en la India.

Una vez más, besos desde el Mediterráneo.

el viajero impresionista dijo...

Coincido con el anterior comentario sobre la última frase, cuando poco se tiene hay que concentrarse en lo esencial.

Nunca he estado en la India, pero veo que te está desafiando, supongo que al sumergirte en esa realidad hace que te cuestiones todo, pero eso se supera.

Un saludo y adelante(en el comentario anterior le faltó un cero a los kilómetros, 250 ya es una distancia que se puede hacer larga en esos vehículos)