23/10/09

Oh, Lamayuru...

Lamayuru tiene la gompa más antigua de todo Ladakh, y para mí, la más impresionante y sugestiva. Como el resto de los monasterios budistas está sobre un peñón, con una aldea alrededor. Llegamos allí por un camino de tierra y piedras desde Dha, que bordeó durante dos o tres horas un arroyo sombreado por álamos dorados y después conectó con la 'highway'. Los indios la llaman así, highway, y uno no sabe si reírse o llorar. Los caminos en esta parte despoblada y montañosa de India son tremendos. Altísimos, cerrados por metros de nieve durante 5 meses al año y con un tránsito de camiones constante, los miles de paupérrimos bihars (trabajadores golondrina) que llegan de toda India durante el verano no dan a basto para mejorarlos un poco. Cada dos por tres hay que detenerse, esperar a que los bihars despejen el camino porque hubo un desmoronamiento, o desviarse por un indescifrable camino provisorio.
Los bihars dan dolor. Sólo con lo que tienen puesto, desposeídos, siks, musulmanes e hindúes conviven en condiciones inimaginables. Mucho sol y polvo durante el día; mucho frío durante la noche. Sus campamentos enormes, desolados y barridos por el viento, salpican la aridez de estas montañas.

Tres horas para recorrer 60 kilómetros. Ese es el tiempo que lleva moverse por la 'highway' de Ladakh. Lamayuru está perdido en esas soledades, y ahora, que ya terminó la temporada turística, sus pocos hoteles están cerrados y la aldea parece vacía. Sí, la gompa se ve magnífica, pero nos pareció que allí no encontraríamos sitio donde dormir. En Lamayuru terminaba el trabajo de nuestro conductor. Habíamos planeado que desde allí seguiríamos en bus. Pero bajo el sol del mediodía no encontrábamos nada: ni guest house, ni lugar donde comprar comida, ni bus, ni taxi para que nos llevaran a alguna parte. Imploramos al conductor que continuara con nosotras, pero no hubo forma de convencerlo: tenía que regresar a Leh. Finalmente una mujer nos dijo que aunque su guest house estaba cerrada nos alojaría por esa noche.

Aquí tendría que detenerme y contar cómo son las casas de Ladakh. Las muy antiguas fueron alguna vez de madera y piedra, preciosas, pero hoy se caen a pedazos; las nuevas están construidas con ladrillos y cemento y son muy precarias. Dentro todo es feo: los pisos, las camas, las lámparas, las sábanas, las mantas. La fealdad no sería nada si fuese sólo eso: el problema mayor es que todo está bastante sucio. Lo peor son los baños. El estilo occidental aquí no existe. Existe (a determinada hora de la tarde, convenida con la dueña de la casa) un balde con agua caliente y una jarrita para tirarse el agua encima. Tampoco existen las bañaderas, así que al bañarse al estilo ladakhi se empapa todo el baño.

Dejamos nuestras cosas en la guest house resignadas y con mal humor. Pero conseguimos una coca cola bastante fría y un paquete de papas fritas Lays que milagrosamente había llegado a un almacén de Lamayuru. Entonces nos olvidamos de todo y entramos en otra dimensión. El pueblo antiguo es muy pobre, sólo quedan viejecitas muy gastadas vestidas al estilo ladakhi dormitando u orando a la sombra de un árbol. Parece que fueran centenarias, aunque tengan sólo 70 ó 75 años.

La gompa resultó una espectacular maravilla. No había nadie, estábamos solas, cada una andaba perdida entre las torres y patios que se asoman a las montañas. Yo estaba extasiada con los ocres, narajas y amarillos recortados contra ese cielo único y con el sonido de las campanitas de bronce que agitaba en viento. Después de recorrer el monasterio un monje nos abrió un salón bellísimo y en la penumbra nos convidó con un poco de pan y queso. Recuerdo que de algún lado llegaban, como ahuecadas, las voces de invisibles monjes entonanado cánticos.

Cuando salimos de la gompa el sol rozaba el filo de las montañas y ya hacía frío. Estábamos cansadas, muertas de hambre y con enormes ganas de bañarnos y sacarnos la sensación de suciedad de la noche anterior pasada en Dha. A las 5 de la tarde cenamos lo que nos preparó la dueña de la guest house. ¡Qué delicia! Sopa de vegetales muy especiada, un arroz con dall, una típica salsa hecha a base de lentejas, y chapatis calentitos.

Lamayuru terminó siendo una experiencia única. Al mediodía habíamos querido huir hacia cualquier lado; ahora estábamos muertas de risa intentando bañarnos con 1 solo balde de agua hirviendo y dos jarritas. Lo logramos, y aunque parezca mentira, hasta nos lavamos el pelo.

4 comentarios:

MIGUEL NONAY dijo...

Que historia, María.
Siempre consigues hacerme vibrar con tus bellas y, a veces, duras historias. Historias reales, que es lo que las hace más bellas.
Seguid disfrutando de esta aventura y seguid haciéndonos vibrar.
Besotes.
Miguel Nonay
------------
www.asaltodemata.com

Louis dijo...

Amazing, esto de estar lejos de la civilizacion por un lado y en el centro de la espiritualidad por el otro . . . Imagino el contraste. Me puedo transportar, atravez de tu relato, casi a la situacion vivida por ambas. Keep it up. Fascinante. Kiss to both(?)
fb

Luis G. dijo...

HOLA, MARIA.HACIENDO UN RECORRIDO BLOGUERO, HE VISITASDO TU BLOG. ENAMORADO DE LOS VIAJES Y ESCRITOR, SEGUITE TUS PASOS POR LA BELLEZA DE TUS RELATOS VIAJEROS. ENHORABUENA.

CON UN CORDIAL SALUDO.

Javier Adán dijo...

Interesante tu relato. Te enlazo desde mi blog.
un sld.