4/10/09

Delhi: dormir para que esta vida pase pronto

Calor, calor, calor. Como nunca en mi vida había sentido. El pantalón mojado, la remera empapada, el cuerpo derretido. No hay otra opción si uno vuela desde Europa con la intención de recorrer el norte de la India y Nepal que llegar a Delhi. Yo tenía claro que la capital de la India, su polución, sus 13 millones de habitantes y su extrema pobreza no era lo que me interesaba ver; por eso había decidido sólo usarlo para sacarnos el cansancio del viaje larguísimo (llegar desde Bs As a Londres, donde me encontré con mi hija Fran, me llevó 16 horas, después siguieron 8 horas más de vuelo) y desde allí empezar el verdadero viaje. Fueron dos días instaladas en un hostel recomendado por la Lonely Planet en The New Tibetan Colony, a 20 minutos de la zona de Old Delhi. Jamás los olvidaré. La colonia de exiliados tibetanos está al borde de una autopista y tiene tres cuadras de largo. Los edificios han crecido de cualquier manera, muy apretados, con pasadizos oscuros entre sí. Por ahí, como encerrados en una jaula triste, se pasean un montón de monjes rapados, con túnicas moradas y camisas amarillas. Todo el tiempo se escuchan cánticos tibetanos, todo el tiempo los chicos te persiguen pidiéndote algo para comer, todo el tiempo tenés que espantarte un enjambre de moscas zumbonas idiotizadas por el calor. En el espacio estrecho no corre un gota de aire, mil vendedores ambulantes sentados en las veredas ven la vida pasar de la mañana a la noche sin hablar ni moverse. En la colonia hay tres o cuatro hoteles. El nuestro -4 pisos, una terraza desde donde se ve el río Jamuna, secos campos de arroz muy erosionados y chozas paupérrimas de campesinos- tenía en nuestro cuarto un ventilador de techo y un ‘cooler’ extrañísimo que para hacerlo funcionar había que llenarlo de agua con una manguera. El primer día nos la pasamos durmiendo y duchándonos con agua fría cada dos por tres. El cooler hacía tanto ruido que era una tortura, el ventilador no alcanzaba para nada. Doce de la noche y una ducha, tres de la madrugada y otra ducha. A las 6 de la mañana siguiente nos despertamos empapadas.

Nos fuimos a conocer Delhi. Rickshaw (a pedal) hasta el metro modernísimo, con soldados ocultos tras trincheras de bolsas de arena y un montón de seguridad. Aparecimos en Conaught Place. Fuimos directo al ente de turismo oficial de la India. Es que nos dimos cuenta que teníamos que hacer algo para irnos pronto de este caos de ciudad. Sabíamos perfectamente a dónde queríamos ir, pero no exactamente cómo convenía encarar el itinerario. Nuestros ángeles ya están atentos: un señor llamado Mr Happy nos puso al tanto de varias cosas y nos allanó los problemas. Esta costumbre mía de hacer todo por mi cuenta me iba a costar cara: había detalles esenciales que se me habían pasado por alto, como el cierre de caminos y cancelación de vuelos hacia Ladakh, en el extremo norte de la India, a mediados de octubre a donde yo calculaba llegar en noviembre. El resultado fue que el itinerario circular que habíamos programado en un santiamén quedó invertido: en vez de comenzar a avanzar hacia el este con destino Nepal, comenzaríamos por el extremo norte, en Jammu y Kashemira.

Recorrimos New Delhi, legado británico lleno calles arboladas anchísimas, mansiones y jardines exuberantes, estuvimos un buen rato en Mughal Gardens, un parque maravilloso con tres templos increíbles construidos por una de las dinastías más poderosas de la India, lleno de familias que aprovechaban el día festivo (ayer era el aniversario del cumpleaños de Gandhi) con picnics y juegos.
Después almorzamos en un lugar ‘extremadamente popular’ (por no decir muy sucio) y partimos hacia Old Delhi.

Cómo describir el Caos en su misma esencia. Miles de personas acarreando bultos, miles de personas yendo de acá para allá, los hombres medio desnudos, muchos durmiendo de cualquier manera y en cualquier lado. Todo lugar sirve: la angosta separación de una avenida, una vereda, el costado de la misma calle. Acá todos duermen. No sé si será el calor terrible o las ansias de que esta vida pase rápido sin que uno se dé cuenta. Entre el gentío uno ve cualquier cosa. Todas los vestidos, todos los tocados, todos los colores, todas las cabelleras –retintas, naranjas, blancas, teñidas con henna. Sikhs con turbantes y barbas, lánguidos hindúes, musulmanes, unos pocos budistas, locos, enfermos, mendigos, mujeres con saris glamorosos, hombres vestidos enteramente de blanco, otros de naranja, otros envueltos a penas con un diminuto pareo. Old Delhi parece un enloquecido hormiguero, una pesadilla, una bomba de tiempo a punto de explotar. Eso que vimos ayer a la tarde sucede todos los días desde hace una eternidad. Por otro lado se ven grúas construyendo torres en todos lados. También las obras de una enorme red de metro que atravesará la ciudad. Con el metro querrán aplacar el tránsito, el más inverosímil que he visto. Rickshaws a pedal o a motor, camiones, autos, motos y taxis, se cruzan de un lado a otro por las avenidas tocando permanentemente bocina. A esto hay que sumarle las vacas, consideradas sagradas, que andan solas o en manada por el medio de las autopistas.

Volvimos a la New Tibetan Colony con alivio y destruidas. Varias duchas de agua fría otra vez, una comida tibetana espectacular por 5 dólares (las dos) y a la cama. Estamos felices y ansiosas. Aunque no queríamos tomar aviones en nuestro viaje –sólo trenes y buses-, haciéndole caso a Mr Happy tenemos pasajes para volar al norte más lejano de la India para mañana a las 6 de la mañana. Huimos del caos, del calor y la humedad; nos vamos a Leh, una ciudad medieval en el valle del río Indo, en Ladakh, a pocos kilometros de la frontera con China.

3 comentarios:

MIGUEL NONAY dijo...

María¡¡¡¡
Qué aventura antes de la auténtica aventura, je je.
Desgraciadamente frente a la bella naturaleza, está la cruda realidad de un pais que, por una u otra circunstancia jamás verá la luz que ilumine a todos sus habitantes.
Yo he dicho muchas veces que no estoy preparado para visitar la India, para conocer y sentir la pobreza forzosa, pero también voluntaria a la que están sometidos sus habitantes.
Me quede con tus vivencias y con esa aventura que no ha hecho más que empezar.
Disfruta, María, disfruta con tu hija de esos paisajes, anécdotas y vivencias, que, espero, nos contarás con todo detalle.
Besotes desde España.
Miguel
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www.miguel-asaltodemata.blogspot.com

Anónimo dijo...

Impresionante, Flaquita. Un beso enorme a Fran.
Que bueno, esto de poder compartir un poquito tu viaje, tu sueño.
El otro dia mirando un programa de arquitectura sostenible mostraron cerca de Ladakh una escuela que estanhaciendo desde hace varios años. dado que3 solo pueden construir en verano. Que creo que vale la pena conocer, se llama The Druk White Lotus School.
Un beso enorme a las dos.
Esperando ansioso tus nuevas Felipe

Carlos Lisola dijo...

Hola María; me quedé impresionado con la lectura de tus narraciones de viajes y de vida, ya que me gustó mucho la riquísima descripción que hacés de tus Abuelos. En esos relatos puedo ver reflejada la personalidad del Tano, a quien conozco y de quien siempre me llamó la atención su paz, su desarraigo, su frugalidad.

Por otro lado, también me impresiona la empatía que puede generar el gusto por la aventura, el placer por descubrir el velo de lo desconocido, el ansia de aprender y aprehender, combinado con el cuidado sintáctico en la narración.

Percibo un sentimiento de sana envidia, por un lado, y admiración por el otro. Me da la sensación que el camino del alma que has transitado es más extenso, aún, que el terrestre.

Me siento como tu Abuelo leyendo y soñando con Nepal, o como vos misma viajando a través de las letras de otros en tu reposo en el Bajo (te recomiendo una novela muy liviana y nada pretensiosa de Somerset Maugham, que en español se llama “Al Filo de la Navaja”, que con un marcado tono masculino describe un derrotero muy parecido al tuyo).

Me avergüenza decir que estuve en muchos de los lugares que has estado, pero que no puedo afirmar que conozca, ya que siempre ha sido de “turista” o por trabajo.

Los estoy conociendo a través de tus ojos y espero con impaciencia tu llegada a Nepal.

No creo que necesites compañía ante tamaña catarata de conocimiento y de luz que te rodea, pero, si de algo te sirve, aquí estaré como un nuevo fan de tu blog.

Mucha suerte

Carlos Lisola