23/6/09

Travelling without moving

Escucho a los gatos aullar. La humedad del Bajo trae sus alaridos desde no sé dónde. Hacen el amor a pesar del frío. Me los imagino: en una azotea, en las barrancas, retozan bajo un cielo negro, sin luna.
Una copa de vino, un poco de queso, la soledad elegida, la calefacción encendida, mis libros. Los gatos me hacen acordar a Colette. La amé mientras la leí. Aunque no me gustan los gatos. Pero entiendo que apasionen, entiendo que atraigan, que seduzcan. A mí, sin embargo -y a pesar de Colette-, me repelen. ¿Será que soy un poco gato? Tal vez mirarlos me espanta porque es como mirarme en un espejo. Yo, ¿gato? O mejor dicho, yo, ¿gata? Tuve un novio que me decía así: gata, gatita. Yo me imaginaba ojos amarillos y pelambre color gris. Y suavemente peluda, ronroneando, acariciándome contra todo lo que tuviera cerca, haciendo miauuuu. No me gustaba, no me identificaba. Definitivamente no soy gato.
La cuestión es que esto de estar varada en Buenos Aires, esto de no viajar, me ha hecho buscar soluciones. Al fin de cuentas qué es un ser humano mas que un superviviente optimista. No viajo, luego leo. No leo cualquier cosa, elijo cuidadosamente crónicas de viaje. Y cómo disfruto. Recostada en el sofá de Anduriña, cobijada bajo una auténtica manta riojana de Ezcaray y con mi linterna de minero calzada alrededor de mi cabeza (ya no puedo evitarlo, me he enviciado y leo siempre con mi linterna boliviana comprada en Potosí) me deleité con Ébano, de Kapusinski y ahora con The Old Patagonian Express, de Paul Theraux. Leo y miro un mapa, leo y busco palabras en el diccionario, leo y busco informacón en Google, leo y no puedo creer que sólo hace 30 años unos podía salir de Boston y llegar al sur argentino... en tren. Dios mío, ahora, según mis investigaciones, los trenes prácticamente han desaparecido. Quedan algunos, como el que intenté tomar hace sólo dos meses desde Uyuni (en Bolivia) hasta Villazón, en el norte Argentino. Envidio a Theroux. Con toda mi alma. No sólo por su viaje, sino por cómo lo cuenta. Cuenta todo: sus debilidades, sus añoranzas, sus inseguridades. Cuenta que quiere subirse a un tren -no importa a dónde vaya- sólo porque tiene un buen libro para leer. Cuenta que posiblemente se puso en marcha para escapar de la vida sedentaria frente a su escritorio y de una novela a la que le cuesta poner punto final. Ante el calor, las esperas, los olores insoportables, el gentío, el polvo, los retrasos, los mosquitos, grita: I'm homeseek! y maldice esas ansias irrefrenables suyas de viajar.
Yo me río. Lo entiendo tanto. Subrayo todo su libro, lo sigo. Allá voy yo también.
Y mi vida en el Bajo, en invierno, transcurre así, inventada, viviendo de viajes de otros viajeros. Está bien. Así deberá ser. Hasta que vuelva a llegar mi turno y me ponga en marcha otra vez.

3 comentarios:

Valkiria dijo...

Hola de nuevo, María!
Hace días -si no semanas- que espero (esperaba) que escribieras una nueva crónica. He descansado, te he leído otra vez. Pero entonces me pregunto: ¿por qué estás varada? Si te conozco bien -después de haberte leído tantas veces- diría que eres incapaz de quedarte quieta. Así que de nuevo pregunto: ¿por qué estás varada?

Un abrazo.

SerViajera dijo...

Querida Valkiria
Hay momentos en la vida en que hay que quedarse quieta. Aunque cueste. También se aprende mucho del 'no movimiento', sobretodo los que nacimos con alma y pies de nómadas. Ante la quietud, el viaje se vuelve esencial, uno constata que sin él no puede vivir. La quietud ratifica quién es uno... Y eso es bueno! Un abrazote!

Valkiria dijo...

Hola María,
Entiendo perfectamente lo que dices. Sin embargo, no veo la hora en que publiques una nueva entrada donde narres tus aventuras -estés quieta o no-, ya sabes que me encanta leerte.
Espero que algún día puedas venir a Colombia, es un país bellísimo y extraordinario -aunque muchos sólo conozcan la cara mala-.

Saludos.