16/6/09

El pueblo más precioso del Algarve


Está rodeado de naranjales, almendros e higueras, es pequeño, tiene las callecitas adoquinadas, grandes jacarandás en las veredas, y buganvillas enredadas a sus portones de rejas. Cuando la sombra desaparece, el sol espejea en sus muros inmaculados, en sus desteñidos tejados a cuatro aguas, en sus 37 iglesias blancas. Tavira está sobre el Atlántico, aunque a sus inmensas playas se llega navegando a través de su río Gilão. Y es que el pueblo, como toda esta zona del Algarve, está bajo el influjo de la gran Ría de Formosa, un laberinto de islas, marismas y dunas que tiene su corazón frente a las costas de Faro.
Tavira tiene varios rostros, esconde sorpresas. Yo llegué al pueblo y anduve perdida por la abigarrada blancura de su casco viejo durante horas, sin darme cuenta de que allí nomás fluía un río. Cuando lo descubrí, manso y silencioso, me quedé ensoñando mientras miraba las barcas pesqueras meciéndose alrededor de un milenario puente romano. Después caminé hasta la antigua lonja, rodeada de restaurantes populares de pescados y mariscos. Tuve la suerte de llegar en época de fiestas; guirnaldas y flores de papel adornaban arcos, columnas y glorietas. Qué preciosa es esta tradición portuguesa.

El río tiene en la otra ribera una hilera de casas de pescadores y vistas entrañables de la zona más antigua de la ciudad, acurrucada contra los restos de su castillo. Tanta vejez destila el casco viejo que cuesta creer que sólo tenga entre 250 y 300 años. La Tavira de siglos anteriores, la que tanta importancia tuvo durante la ocupación mora, se desmoronó con un devastador terremoto en el año 1755. La ciudad se volvió a construir como la veo ahora, quién sabe sino más bella.
Difícil es describir una arquitectura a la vez simple y llena de detalles. Adornos muy elaborados rematan torres, chimeneas, fachadas, muros, portales y cúpulas. Según los entendidos, ésta es una clara influencia del Art Nouveau. Sin embargo, yo creo más bien que la gente que está en contacto permanente con el mar vive bajo su influjo ondeado. La divina Tavira parece que hubiera sido reconstruida siguiendo el vaivén de las olas del mar.