4/4/09

Un baño a 5000 metros de altura y 15 grados bajo cero

Jamás me imaginé que iba a hacer una cosa así. No lo tenía en mis planes, menos que menos cuando a las 4 y media de la madrugada, helados (el jeep no tenía calefacción) partimos hacia un impreciso rumbo oscuro. Ni desayuno nos dio Felisa. Apúrense, apúrense pues. Y a pesar de mi linterna de minero en la confusión perdí un sweater y mi pantalla solar.
¿A dónde nos llevaba la noche? De la negrura de las montañas brotaban nubes blancas. No flotaban, no bajaban: brotaban. Geisers. Allí estábamos. Por todos lados rodeados; vapores blancos brotando de la ladera de una montaña. No sólo era el mundo patas para arriba, también estaba el ruido. El sonido de una fuerza oculta escapándose de la tierra. Como una garrafa de gas abierta. Como mil garrafas de gas abiertas. Dónde estoy, dónde me he ido. Los primeros rayos de sol pusieron cierto orden en el mundo. Los geisers quedaron atrás y llegamos a una laguna hacia donde fluyen aguas termales. Muy calientes, 35 grados. Amanecía, y unos pocos locos de otros tours ya se habían metido en el piletón natural. La imagen era irreal, la laguna destilando vapores helados, el piletón exhalando vapores calientes, hombres desnudos, el sol que comenzaba a salir. Me bajé del jeep dispuesta a tomar el desayuno que en un albergue nos prepararía Felisa.
Pero de pronto escuché mi nombre.
-¡María!
Casi sin poder moverme -gorro, bufanda, guantes, campera, dos pares de medias-, me acerqué al piletón. Pedro el portugués disfrutaba feliz en el agua caliente.
-No te pierdas esto María. No puedes perdértelo.
-Pero hace demasiado frío. Me moriré.
-María, esto es increíble.

Tengo alma de niña, soy y seré siempre una niña grande, lo sé. Me quité los kilos de ropa detrás de un murito de piedras, me calcé mi traje de baño, y así, el cuerpo helado, allá fui. Pedro tenía razón: fue increíble. El agua corría trasparente y muy caliente, los vapores trepaban al cielo oscuro, comenzaba a salir el sol. Jamás olvidaré el momento. Jamás.

Después del desayuno hubo despedidas con enormes abrazos: las belgas y Laurent se quedaron en la frontera chilena, rumbo a San Pedro de Atacama. El jeep entonces fue todo para los encantadores noruegos y yo. Volvimos por un camino de ripio a Uyuni que nos llevó 5 horas. Yo iba adelante, medio dormida, con la sensación de estar saliendo de un sueño que nunca podría contar. Después fue llegar a Uyuni, devorar unos tallarines a la bolognesa, despedirme de los noruegos, ir al hotel y ¡bañarme! durante media hora.
La aventura de Uyuni quedaba atrás. Pero no había mucho tiempo de descansar: a las 6 de la mañana salía mi bus para Tupiza, última parada boliviana antes de cruzar a Argentina.
Argentina, ése es mi país, ahí, supuestamente, vivo yo.

1 comentario:

Peu Mané dijo...

Fue genial!