12/4/09

Mi mochila

Cuando estoy yéndome de algún lado, cuando estoy llegando a algún lado, mi mochila grande a mi espalda y mi mochila chica colgada sobre mi pecho me hacen sentir entera. Un universo con guantes, zapatillas y sombrero. Esa silueta agigantada soy yo y no necesito nada. Bueno, sí, me falta mi amado ordenador. Si lo tuviera sería un perfecto caracol.
Durante un mes mi mochila fue mi casa. Fue mutando o, mejor dicho, fue adaptándose a una consigna que creció a lo largo de las semanas: Cada vez menos. En Cusco regalé un buzo que jamás usaría; en Copacabana tiré dos remeras desteñidas; después del trip por Uyuni dejé en un hostal un pantalón y un pólar percudidos por la sal.
Poco, cada vez más poco. Las cosas supuestamente imprescindibles ya no son necesarias. Sólo cuenta pesar menos, andar liviana. Y tener espacio para esos objetos que a lo largo del viaje se convierten en bienes preciados. En La Paz no pude resistirme y me compré una mantón tejido a mano -de ésos tan elaborados que usan todas las cholas-, y dos alfombras antiguas. Pedro el portugués me enseñó que lo más pesado debe ir en el fondo de la mochila: acomodé allí el mantón y uno de los pullos, el otro, muy grande, lo acarreé de un lado al otro en una bolsa de plástico.
Así anduve hasta llegar a Tilcara. O a Purmamarca, ya no recuerdo en qué pueblo decidí que el viaje debía terminar.
Ahora, vacía, mi mochila cuelga mojada en el patio de Anduriña. La lavé, le saqué toda la tierra y la puse al sol. Me siento al mediodía y la miro mientras mordisqueo una manzana. Divago.
Le digo, compañera, tengo que engordar. Bolivia me dejó hecha un escracho.
Qué más da.
Por las que hemos pasado, compañera...
La mochila abierta suspira. Exhala visiones. La veo arriba de los techos de los buses bolivianos, llenándose de tierra y de soles. De pronto parece como si le hubiese abierto la puerta a todos mis recuerdos. De mi mochila salen un montón de voces, de colores, de olores. Un mes de mi vida, intenso, inolvidable, sobre mis espaldas.
Compañera, le digo, sos casi como mi memoria.
En el silencio de la tarde del Bajo mi mochila me habla. Hay cosas que jamás podremos olvidar.
Lima y mi hijo. El río 'salido'. El miedo en el hostal de Arequipa. Elías el guía. Las sombras del Cañón del Colca. La desolación de Malata. Alicja la polaca. El reflejo del sol sobre el Titicaca. Mi respiración entrecortada. Los bebes de La Paz. La comida de Felisa. El viento ululando en el Altiplano Boliviano. El resplandor de la sal. La levedad del aire a los 5000 metros de altura. Pedro el portugués. Las habas tostadas. El ceviche limeño. Los gallinazos de Barranco. Las noches heladas de Uyuni. El calor del mediodía en el Desierto de Siloli. Mi linterna de minero. Laurent el francés.
Mi mochila cuelga limpia, húmeda y vacía.
Sin embargo, compañera, te siento bien calzada, llena de polvo y pesada sobre mi espalda.

3 comentarios:

Argonauta dijo...

Brindo por tu mochila y por tu camino, Viajera. He disfrutado siguiéndote los pasos a través de tus palabras.

¡Salud!

Anónimo dijo...

qu'e lindo tu blog. Me necanta leerlo y aprender de el.

Me llamo Jorge y tambie' me gusta viajar. Ahora estoy intentando la vuelta al mundo en un 2cv.Este es mi blog:

http://blogs.lavozdegalicia.es/jorgesierra/

a ver que te parece. un saludo y suerte

pedro dijo...

me encantó este post! abrazos caracoleros desde São Paulo! :)