7/4/09

Llegando estoy...

A pesar de que todavía estoy en Bolivia, en un bus boliviano, rodeada de bolivianos, hay algo en el aire que me dice que ya estoy, que falta poco para Argentina. Jujuy, allá voy, por Villazón. Mi idea siempre fue entrar a mi país por la Quebrada de Humahuaca. Recorrí sus pueblos hace mil años, en otra vida. O sea que recuerdo y no recuerdo nada.

El bus boliviano me dejó a 3 cuadras del puente que separa Villazón de La Quiaca, primer pueblo jujeño-argentino. Caminé cuesta abajo con mi mochila grande y mochila chica; en mis manos la gran bolsa con uno de los pullos (mantas) que compré en La Paz. Vengo cansada. Desinhibida. Despojada. Desapegada. Me miro a mí misma y me doy risa. El glamour is gone y no me importa nada. Es raro: tengo un aspecto deplorable y me siento poderosa.
Atravieso Villazón, gran mercado persa-boliviano; me acerco al puente. Hago Migraciones bolivianas, atravieso el puente. Y de pronto, me succiona un remolino de tierra. Lo juro. No me vuelo porque las mochilas y los pullos hacen de lastre. Pero durante un minuto quedo atrapada en el ojo de un intenso huracán. Desde Migraciones argentinas un gendarme me mira y se ríe. Fuck you, soldadito, vení a darme una mano. Llego a la ventanilla de Gendarmería. Tengo en la cara tres centímetros de tierra. ¿Por qué me hacen esperar? ¿Para qué sirve el Mercosur? De España paso a Francia sin mostrar un papel; desde Bolivia a Argentina hay que desnudarse y mostrar el alma.
Estoy a 1811 kilómetros de Buenos Aires, sin embargo La Quiaca, con todas sus diferencias, se siente tan argentina. ¿Qué es? No lo sé, pero lo percibo y en un punto me dan ganas de llorar. Siento que termina mi viaje. Que aquí no encontraré alimento para mi curiosidad.
Decido no dormir en La Quiaca y me voy cargada de polvo y kilos a Yavi. Lo recuerdo tanto a papá. Yo era chiquita y me contaba de Yavi, de Cachi, de Casabindo... Yo era grande y me hablaba de Uquía, a donde, pocos meses antes de su muerte, iba en su auto cargado de cosas desde Buenos Aires porque se le había ocurrido colaborar con un loco que intenta mejorar la vida de los chicos en ese pueblo perdido de la Quebrada.

Hola papá, estoy en Yavi. Estoy en Argentina, es el atardecer, estoy a 16 kilómetros de La Quiaca. Aquí, después de un mes de estar desconectada del mundo, no tengo señal en mi celular. Pero para recordarte no necesito aparatos, sé que me ves desde algún lugar. Te doy risa, ¿no? Sobre todo cuando una vez instalada en un hostal de Yavi decido que ahí esa noche no puedo dormir. Y vuelvo a cargar mis mochilas y mis pullos, le digo al dueño que me disculpe, pero que no puedo dormir sin tranca en la puerta de mi habitación. El dueño me dice que soy una chiquilina, que qué me va a pasar en esa tranquilidad. Reíte papá, yo de aquí me voy. Y camino por Yavi mientras se va poniendo el sol. Pago más, pero en el hostal Pachamama puedo encerrarme con llave en mi habitación.
Yavi tiene árboles... hace cuánto que no veo árboles. Y están amarillos, llegará pronto el otoño a la Quebrada. Yavi tiene una iglesia preciosa, mucho silencio, casas de adobe, callecitas desiertas.

A la mañana siguiente tomo un café con leche con medialunas, verdadera manteca y dulce leche. Me voy a La Quiaca y tomo un bus a Humahuaca. Bus semi-cama, inmaculado, moderno y en horario. En el celular ya tengo señal. No llamo a nadie, igual.
Me instalo en Humahuaca en el mejor hotel que encuentro. Me doy cuenta de que ya no resisto miserias. Llevo la ropa a la lavandería, me voy a la plaza, me recuesto contra un monumento y leo La Odisea. Sí, se me ha dado por releerla. Ulises, Telémaco y Penélope andan sueltos por Humahuaca. Me quedo dormida, apenas saco fotos. Pienso en mi proyecto loco de montar un bed & breakfast, paseo, pregunto precios. Decido que no será en Humahuaca, así que a la mañana siguiente sigo a Tilcara.
Pude ser Tilcara, me digo esperanzada. Pero ¿me veo viviendo aquí? Tilcara es precioso, pero aquí han desaparecido los extranjeros, son todos argentinos. Sumándole que se acerca Semana Santa y el pueblo se ha llenado de gente. Tengo miedo -pánico- de cruzarme con personas conocidas. Y no quiero. Me muero. Yo quiero todo nuevo.

Así que me disfrazo aún más y me voy del pueblo; llego hasta el Pucará y después sigo hasta la Garganta del Diablo. Camino 8 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta completamente sola por los cerros. Sol y viento, el río Grande cada vez más chiquito.
Qué belleza, qué dulce tristeza. No hay caso, siento que va terminando mi viaje.

2 comentarios:

JAVIER ADAN dijo...

Bolivia un pais tan inexplorado y con sitios encantadores. Que envidia de viaje. Un saludo

Anotaciones Viajeras dijo...

Cuando te entrevisté estabas volviendo a Argentina, ¿ya has iniciado otro viaje? ¿cuando veremos nuevas aventuras tuyas?

Un abrazo

Brenda Zaniuk